Editorial

El tren del futuro que tiene España

Cuando los españoles conocimos los primeros trenes de alta velocidad, en la vecina Francia y de la mano de Alsthom (ahora, Alstom), la compañía que entonces pujaba por el primer contrato del siglo del sector, descubrimos un mundo nuevo que acercaba distancias de forma inusitada y que, sobre todo, rompía barreras de una manera y con una celeridad impensables salvo en la ciencia ficción. Los TGV (train à grand vitesse), que empezaron a unir París y Lyon a principios de los ochenta, se presentaban como un posible modelo vertebrador para la España que el Gobierno de Felipe González recogía de la transición desde el antiguo régimen. Una década después de la llegada de los socialistas al poder, el tren de alta velocidad se convirtió, en medio de críticas falaces y dudas inciertas, en la insignia modernizadora de la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Hoy, dos décadas largas después, los usuarios del conocido en España como AVE saben que es un sistema de transporte de viajeros sin competencia ni parangón en distancias en torno a 600 kilómetros. La ministra de Fomento, Ana Pastor, reconoció ayer mismo la alta velocidad ferroviaria como generadora de cambio en España. Errores aparte, que los ha habido, los simplistas que ven en la alta velocidad inversiones poco rentables deben subirse ya al tren del futuro.

 

 

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