Inés Rosales vende sus productos en 30 países

¿Por qué triunfan las tortas sevillanas en Estados Unidos?

Las ventas en el país norteamericano ascienden a dos millones de paquetes anuales

El 80% de su cuota de mercado está en España y el 20% restante en el extranjero

Trabajadoras de la fábrica en los años cuarenta o cincuenta.
Trabajadoras de la fábrica en los años cuarenta o cincuenta.

En 1910 Inés Rosales tenía 18 años y un destino, pasar penurias toda la vida. Solo una opción para escapar del hambre, marcharse de su pueblo en lo alto del Aljarafe sevillano, Castilleja de la Cuesta, para bajar a la cercana capital a servir en alguna casa. No había más esperanzas en una Andalucía rural y sin industria. Y, sin embargo, ella quiso cambiarlo. Para ganarse el jornal rescató una receta heredada de su abuela y de su madre: las tortas de aceite. Las mismas que hoy triunfan en EE UU y se venden en 30 países.

Harina de trigo de Alcalá de los Panaderos (nombre con el que se conocía a Alcalá de Guadaíra), aceite virgen extra de Dos Hermanas, azúcar, ajonjolí y matalahúva eran los ingredientes básicos de este nostálgico dulce que entierra sus raíces en la Andalucía mestiza de árabes, judíos y cristianos. Los mismos componentes de la receta actual.

Cronología

La fundadora con su familia en 1920.
La fundadora con su familia en 1920.

1910. Inés Rosales comienza a elaborar y vender tortas de aceite como medio para ganarse la vida en Castilleja de la Cuesta (Sevilla).

1934. Muere la fundadora. La empresa pasa a ser dirigida por su hermano Esteban.

Años cincuenta. Francisco Adorna Rosales, hijo de Inés, se une al negocio de la familia.

1983-1985. La empresa es vendida a un grupo de inversores. En 1985, cuatro accionistas, relacionados con el sector, compran la compañía. Juan Moreno asume la dirección.

1987. Comienza la fabricación en proceso continuo de las tortas de aceite.

1991-1995. Se produce la mudanza de la fábrica desde Castilleja a un nuevo edificio de 1.500 metros cuadrados en Huévar del Aljarafe, a 15 kilómetros de la anterior localización. En 1995 se cierra definitivamente la antigua planta.

1999. Se crea el departamento de exportación. Las tortas comienzan a venderse por Europa.

2003. Inés Rosales comienza a exportar a Estados Unidos.

2004. La totalidad de la compañía es adquirida por el grupo familiar de Juan Moreno Tocino.

2007. Inés Rosales implementa los sistemas de calidad estandarizados ISO 9001 e ISO 1400.

2010. Las tortas de aceite de la marca ya pueden ser compradas y consumidas en países de los cinco continentes.

2014. La empresa obtiene la certificación BRC.

2015. Apertura de su primera delegación en el extranjero, en la ciudad de Washington.

Un lebrillo de barro de Lebrija, una lata de hornear pan y el rescoldo de un horno de la Plaza alixeña fueron los materiales para el amasado, cochura y horneado que utilizó la joven Inés. Con los años se sustituyeron por una cinta mecánica y un horno eléctrico. Se mecanizó el proceso, aunque las labradoras –las operarias que elaboran las tortas– siguen amalgamándolas a mano.
Inés empezó vendiendo sus dulces entre las vecinas, de calle en calle y de puerta en puerta, con su canasto. Su simpatía y la calidad del producto lograron hacerla popular. Decidió entonces explorar allende los límites municipales. Acompañada por un puñado de mujeres canasteras, de economía también precaria, al solano, bajaba a pie la cuesta, la que lleva a la encrucijada del barrio cameño de La Pañoleta y a Sevilla, al otro lado del cauce del río grande, el Guadalquivir.

Una vez por semana, de mañanita y al atardecer, con la fresquita del verano o las nieblas heladas del invierno, con los azahares de la primavera o los dorados del otoño, pregonaban las tortas de aceite en los patios de vecinos de Triana, en las casas burguesas y en los palacetes aristocráticos del centro. También las ofrecían en la antigua estación de Córdoba –hoy convertida en el centro comercial Plaza de Armas–, donde viajeros, viajantes, trabajadores y personajes varios se deleitaban con ellas.

Por los raíles del tren viajó la fama de las tortas. Se hizo necesario aumentar la producción y levantar, por lo tanto, una fábrica como tal. En la calle de García Junco, en la casa chica, ahí estuvo la primera Casa Inés Rosales, en la que trabajaban 10 personas a sueldo en turnos intensivos. Trece mil reales costó la primera inversión en activos. A los pocos años se trasladaban a la calle Real.

En 1934, durante la Segunda República, muere Inés. Fallece joven, con 42 años. Detrás dejaba una pequeña industria de dulces envueltos en su característico papel parafinado, con la inscripción que aún mantiene: Las legítimas y acreditadas tortas de aceite de Inés Rosales. Marca registrada. Calle Real, 102. Castilleja de la Cuesta.

Al cargo de la misma, que ya repartía por otros pueblos de la provincia sevillana, se pone su hermano Esteban, el Tito. A él le tocará lidiar con la escasez de materias primas y el estraperlo de posguerra. Los paupérrimos años cuarenta afianzarían, sin embargo, la marca. A una perra gorda se vendía el manjar, que, de vez cuando, endulzaba los desayunos y meriendas de pan frito con azúcar o gachas, comidas de pobre. Una perra gorda, un dispendio que los bolsillos podían permitirse de tiempo en tiempo.

En los cincuenta, se incorpora al negocio el hijo de Inés, Francisco Adorna Rosales. Las tortas empiezan a expandirse por España. Su sabor y recuerdo viajaban en las maletas de los inmigrantes andaluces con destino a regiones más industrializadas. También acompañaban a algunos exiliados. En esa época se introducen otros dulces: la torta de polvorón, la de almendra, la bizcochada.

¿Probó Rita Hayworth los dulces del pueblo paterno?

Un camión de reparto en 1955.
Un camión de reparto en 1955.

Son muchas las anécdotas ligadas a la marca, pero quizás la más llamativa es la que une a la meca del cine con Castilleja de la Cuesta, lugar de nacimiento del actor Eduardo Cansino.

¿Llevaría este consigo a Nueva York las tortas de su pueblo natal? ¿Se las daría a probar a su hija, Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth? Una morena andaluza, nacida en Estados Unidos, y que pasó a la historia como la pelirroja más sensual de todos los tiempos.

No sé sabe. Nadie lo ha contado. Lo que sí se conoce es que los hermanos de su padre intentaron que esta visitará la localidad paterna. Que conociese a la sangre de su sangre. Corrían los años cincuenta y Rita Hayworth andaba de visita por Sevilla. Se alojaba en el lujoso hotel Alfonso XII, al ladito de la monumental Plaza de España y del romántico Parque de María Luisa.

Con el envío de una tarjeta, un ramos de flores y, por supuesto, una tortas de Inés Rosales intentaron seducirla para que acudiese a cumplir con la familia. A conocer sus orígenes. No tuvieron mucho éxito. Cuentan que la famosa sobrina salió escopeteada. Huía de la persecución a la que la tenía sometida el príncipe Alí Khan, el que luego se convertiría en su tercer marido.

Quince días después, les enviaría una breve tarjeta de disculpa, en la que les aseguraba que iría a conocerlos en cuanto volviera a viajar a Sevilla alguna vez. Nunca acudió.

Llegan los setenta y el declive. La conflictividad laboral, la crisis del petróleo, el descenso de las ventas... llevan a vender la compañía a extraños que fracasan. En 1985 entran nuevos propietarios, los que han llevado a las tortas de Inés Rosales a venderse por el mundo. El 80% de su cuota de mercado está en España y el 20% restante en el extranjero. Los que han logrado abrir hace apenas una semana la primera delegación en el extranjero, en la capital de EE UU, país en el que sus ventas ascienden a los dos millones de paquetes anuales.

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