Editorial

Los tipos de cambio deben ser predecibles

La Gran Recesión y las políticas activadas para combatirla han transformado muchas economías y han agitado las aguas tranquilas de muchos mercados, como las de las divisas, que han respondido con la velocidad de un resorte a los estímulos o la pasividad de los gobernantes. Los cambios bruscos en las cotizaciones suelen ser mal encajados por los agentes económicos y financieros, aunque el grado de conocimiento a nivel global que hoy existe de las herramientas que cada zona monetaria va a utilizar en su territorio neutraliza en parte la violencia de los tipos de cambio, dando márgenes suficientes de reacción. La estabilidad, la paz absoluta en el mercado de las divisas, es la mejor de las opciones para el crecimiento mundial; pero romperla se ha convertido a veces en la mejor fórmula para cambiar la relación comercial entre zonas económicas y ganar ventaja. Ahora existe un grado de colaboración suficientemente consistente en el G20 entre todas las zonas monetarias como para temer por una auténtica guerra de divisas, aunque los maremotos en los tipos de cambio no han sido evitados fundamentalmente porque los ritmos de aplicación de las políticas monetarias han sido descompasados. Consciente o inconscientemente.

Los tipos de interés, al contrario que en el pasado, han dejado de funcionar como motor primero del tipo de cambio y este se ha construido más con la capacidad de crecimiento de cada economía y con la dimensión del balance de los bancos centrales de cada zona, que a su vez se ha movido al son que han marcado cuestiones tales como la ausencia pertinaz de crecimiento (Estados Unidos, Japón o Reino Unido) o riesgo real de deflación y crisis de deuda pública (Europa).

El último en mover ficha, y obligar a todos los vecinos a hacer lo propio, ha sido el Banco Central Europeo, con el anuncio de compra masiva de deuda pública y privada para reactivar la economía y combatir la deflación, siguiendo el ejemplo que Estados Unidos ha explotado con éxito en los últimos años. El presidente del BCE, Mario Draghi, ha puesto en marcha la oxidada máquina de hacer billetes de euro y pondrá en el mercado 1,14 billones adicionales hasta octubre de 2016, y más dinero si fuere necesario, a juzgar por los mensajes con los que ha acompañado a esta nueva política monetaria. A renglón seguido, los pequeños bancos centrales del continente europeo, incluido el influyente Banco Central de Suiza, han corregido sus políticas para evitar la apreciación de su monedas respecto al euro, que supondría una súbita pérdida de competitividad en un mercado en el que comercian la inmensa mayoría de sus bienes y servicios.

Los efectos de la nueva política monetaria-fiscal de Draghi han sido inmediatos tanto en las rentabilidades de la deuda como en la cotización del euro, que se acerca a la paridad con el dólar, valores que no tenía desde principios del siglo XXI. La rentabilidad de los bonos de los grandes países europeos cotizan en mínimos históricos y algunos de ellos se colocan en tasas negativas, lo que empuja necesariamente a los inversores hacia otros productos, fundamentalmente la renta variable, cuya revalorización bien puede reactivar la demanda de nueva inversión o de consumo en Europa. Además, la compra masiva de deuda puede limpiar los balances de la banca, tenedora principal de los bonos soberanos en Europa (salvo que decida retenerlos para estabilizar su cuenta de resultados con activos de rentabilidad aún aceptable si fueron captados en el mercado primario), y facilitar la concesión de crédito.

De confirmarse las tendencias del dinero de las últimas semanas, la renta variable experimentará un alza notable durante los dos próximos años, tal como ha ocurrido en EE UU, donde los índices han logrado nuevos récords. Pero los inversores deben ser selectivos y buscar las empresas con potencial exportador, así como las que tengan presencia en el exterior, que mejorarán su cuenta de resultados por la simple conversión de las divisas de origen en euros. En todo caso, los bancos centrales deben evitar las fluctuaciones rápidas y extremas de sus divisas, y mantener la política de transparencia en su proceder en el futuro. Es fundamental para que empresas, inversores, Gobiernos y particulares puedan tomar sus decisiones sin incurrir en riesgos excesivos de sus activos.

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