Mitología e historia se mezclan en la región del Egeo turco

Turquía clásica

Éfeso, Halicarnaso, Pérgamo, Mileto... Cuna de filósofos y científicos presocráticos, vestigios de los orígenes de la civilización occidental

Fachada de la biblioteca de Celso, en Éfeso.
Fachada de la biblioteca de Celso, en Éfeso.

Con un pasado esplendoroso bajo dominio griego y romano y un presente turístico y comercial brillante, la región del Egeo, la más occidentalizada de Turquía, es una de las más bellas e interesantes del país.

Mitología e historia se mezclan en este territorio ocupado por las antiguas colonias jónicas. En esta tierra nacieron filósofos, matemáticos y científicos presocráticos como Tales de Mileto, Heráclito o Diógenes, el historiador Herodoto o el poeta Homero; dos de las siete maravillas de la Antigüedad estuvieron localizadas en esta zona del mundo: el Artemisón, el templo dedicado a la diosa Artemisa, en Éfeso, y la tumba del rey Mausolo, en Halicarnaso.

Los restos de dos de las bibliotecas más antiguas de la civilización occidental se encuentran en Pérgamo y Éfeso, ciudad esta última en la que predicó San Pablo, escribió su evangelio San Juan Evangelista y donde pasó sus últimos años la Virgen María. Son nombres registrados en nuestra memoria ancestral y lugares que acogen numerosos vestigios de los orígenes de nuestra civilización.

Solo Éfeso merece la pena un viaje. Más allá de la biblioteca de Celso, la dimensión de esta antigua metrópolis es tal que es posible perderse a pesar del continuo goteo de turistas de crucero que la invaden. Para apreciarla en su plenitud conviene acercarse a primera hora de la mañana y emplear todo un día.

Éfeso es una de las ciudades mejor conservadas de la Antigüedad

Esta ciudad, quizá una de las mejor conservadas de la Antigüedad, alcanzó su máximo esplendor en la época romana gracias a su puerto, cegado desde hace siglos por los aluviones del río Caistro; actualmente se encuentra a unos seis kilómetros de la costa.

Iniciando el recorrido en el Ágora Superior y bajando por la vía de los Curetos, aparece una perspectiva extraordinaria, con la famosa biblioteca de Celso al fondo, cuya fachada, como un gran decorado, es una de las imágenes más emblemáticas de Éfeso. Tiberio Julio Aquila mandó construirla en el año 135 d. C. en honor a su padre, Tiberio Julio Celso, gobernador de la provincia de Asia. En el frontispicio se aprecian las estatuas que simbolizan la sabiduría, la virtud, la ciencia y la fortuna.

Por la vía de Mármol se llega al Ágora Inferior, una gran explanada rodeada por los restos de antiguas galerías porticadas donde, podemos imaginar, se mezclaban filósofos, discípulos, comerciantes... Y es que por esta plaza pública seguro que paseaban Tales de Mileto, considerado como uno de los siete sabios de Grecia, o su discípulo Anaximandro.

Atravesando el Ágora aparece el teatro, probablemente el más grande de la Antigüedad, con capacidad para más de 30.000 personas. Desde las últimas gradas se puede ver la avenida que desembocaba en el antiguo puerto de la ciudad, llamado Panormo.

Cabeza de Medusa, en el templo de Apolo (Didyma).
Cabeza de Medusa, en el templo de Apolo (Didyma).

A la salida de Éfeso se encuentra una de las siete maravillas del mundo antiguo, el Artemisón, el templo de Artemisa, la diosa de la fertilidad y de la caza, que fue destruido en varias ocasiones. En el museo de Selcuk, la nueva Éfeso, situada a unos 17 kilómetros de la antigua, están las mejores piezas arqueológicas encontradas, como la estatua de Artemisa.

Aquí también se localiza un lugar importante para el cristianismo: la casa de la Virgen María. Según la tradición, María, acompañada de Juan, se desplazó a este lugar tras la crucifixión de su hijo. En 1896 fue declarada lugar santo por la Iglesia católica. Ha sido visitada por Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Al norte de Éfeso se encuentra Pérgamo, una urbe con una historia al menos tan rica como la de Éfeso. Acogió la segunda biblioteca más importante del mundo clásico después de la de Alejandría, que se hallaba en la parte oriental de la ciudad, entre el templo de Trajano y el vestíbulo norte del santuario de Atenea. Fue construida en tiempos de Eumenes II (197-159 a. C.).

Aunque buena parte de las piezas arqueológicas encontradas están en el museo de Berlín (la ciudad fue excavada por arqueólogos alemanes en la década de los años setenta del siglo XIX), en Pérgamo se percibe su pasada grandeza. En la acrópolis, ubicada en la parte alta de la ciudad, se conservan restos de templos tan relevantes como el de Trajano, Atenea, Dionisio o el altar de Zeus, hoy en Berlín, por el que el Imperio alemán pagó al otomano 20.000 marcos de oro. Y, sobre todo, hay que visitar el impresionante teatro construido en la ladera de la montaña.

En Pérgamo nació Galeno, fundador de la medicina moderna

En la parte baja de Pérgamo permanecen los restos del ágora, los caminos empedrados, el santuario de Deméter, el gimnasio, las murallas, el templo de Serapis y el santuario de Asclepio, una amplia zona, construida en el siglo II d. C. en honor de Asclepio, dios griego de la medicina y la curación. Aquí ejerció Galeno, uno de los fundadores de la medicina moderna, y acudieron a curarse los emperadores Adriano, Marco Aurelio y Caracalla. En Pérgamo también se difundió el pergamino, tras la prohibición de exportar papiros de Egipto.

Otra ciudad, Mileto, fue un gran puerto jónico que tuvo una influencia económica y cultural decisiva debido a que comerciaba con el lejano Egipto. Fue cuna de Tales de Mileto, Anaximandro e Hipodamo, este último autor del trazado hipodámico, un hito del urbanismo, que organiza las ciudades mediante el diseño de sus calles en ángulo recto.

Mileto conserva un formidable teatro del siglo IV a. C. con capacidad para 15.000 personas, las termas de Faustina y varios templos en la Vía Sacra, como el de Dionisio. La Vía Sacra, de unos 20 kilómetros, unía Mileto con el templo de Apolo, en la ciudad de Didyma, muy venerado en su época y tan célebre para consultar al oráculo como Delfos.

El templo, impresionante, llegó a tener 120 columnas jónicas. Es, sin duda, uno de los grandes edificios de la Antigüedad que mejor se conservan. No muy lejos de este colosal templo se encuentran las playas de Altinkum y Akbük.

Piscinas naturales y espectacular necrópolis del siglo II a. C.

Atardecer en las piscinas de Pamukkale.
Atardecer en las piscinas de Pamukkale.

Al noreste de Éfeso, a unas tres horas en coche, se encuentra la ciudad balneario de Hierápolis y Pamukkale (castillo de algodón, en turco), ambos enclaves Patrimonio de la Humanidad desde 1989.

Pamukkale es una de las postales más conocidas de Turquía. Una catarata de espuma blanca petrificada, que parte de una fuente termal en lo alto de la colina, cae sobre la ladera.

Durante siglos se ha creado una sucesión de piscinas naturales que desde lejos parecen una creación humana. El visitante puede recorrer este escenario y bañarse en zonas donde está permitido. Hierápolis fue la ciudad balneario fundada aquí en el siglo II a. C. por el rey de Pérgamo.

De esta antigua ciudad se conservan el teatro, el templo de Apolo, restos de la vía porticada que la atravesaba, pero, sobre todo, una gran necrópolis. Un caos de bosques de columnas y cipreses, mausoleos, sepulturas y sarcófagos que se extiende a lo largo de una gran avenida de más de dos kilómetros.

Donde el Mediterráneo se encuentra con el Egeo

Castillo de San Pedro, museo de arqueología submarina.
Castillo de San Pedro, museo de arqueología submarina.

Bodrum, nada menos que Halicarnaso en la Antigüedad, fue el lugar de nacimiento de Herodoto y el emplazamiento de la tumba del rey Mausolo (siglo IV a. C.), considerada en su tiempo una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Justo donde el Mediterráneo se une con el Egeo se encuentra una las costas más bellas de Turquía. En Bodrum se inició el desarrollo turístico de esta zona pero, afortunadamente, ha sabido mantener su encanto.

El castillo de San Pedro, convertido en importante museo de arqueología submarina, separa la ciudad en dos bahías. En la de Salmakis se encuentra el puerto deportivo, adonde, el que se lo puede permitir, se llega en yate para disfrutar de sus lujosos restaurantes; a la de Kumbahce arriba el resto de los mortales a bañarse en sus excelentes playas o a bucear.

Bodrum está a cuatro kilómetros de la isla griega de Cos, con barcos diarios. También existe conexión con Rodas, aunque la travesía dura dos horas.

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