Editorial

Diversificar la financiación y reducir riesgos

La irrupción de nuevas fuentes de financiación alternativa a la bancaria en el panorama empresarial español ha supuesto una verdadera inyección de oxígeno para algunas compañías. El cierre del grifo del crédito bancario tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y el largo invierno económico que la economía española ha vivido después han provocado la desaparición de un gran número de pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas solventes, pero sin acceso a liquidez. Ello ha sido agravado por la enorme dependencia financiera que las empresas españolas –y europeas, en general– han mantenido siempre respecto a las entidades bancarias. Un fenómeno que en países como Estados Unidos, por ejemplo, donde el crédito bancario supone solo un 30% de los recursos financieros de las compañías, tiene mucho menor impacto y supone, por tanto, mucho menos riesgo.

Como coincidieron un grupo de expertos de distintos sectores reunidos hace unos días por este periódico para analizar este tema, la crisis ha puesto de manifiesto la necesidad de cambiar y diversificar el modelo de financiación que tradicionalmente ha seguido la empresa española. El primer paso en esa dirección ha sido la aparición de nuevos instrumentos, como los fondos de préstamo directo a las pymes, las emisiones realizadas por nuevas compañías y el éxito que ha supuesto la puesta en marcha del Mercado Alternativo de Renta Fija (MARF). La evolución del MARF, que se inauguró en octubre de 2013, ha permitido a 32 compañías nuevas, que no habían realizado nunca emisiones, salir al mercado de bonos. El año pasado, en lo que constituyó su primer ejercicio completo, este mercado acogió 14 operaciones con las que se captaron, en total, 550 millones de euros. Pese a que de momento este tipo de recursos suponen en torno a un 10% del mix de financiación de las compañías españolas, los expertos auguran que esa cuota podría llegar a un 25% o un 30% del total en un plazo de cuatro a cinco años. Ello permitiría a las empresas estar mejor preparadas para cualquier futura crisis que dificulte o encarezca el acceso al sistema bancario.

La financiación no bancaria tiene también sus asignaturas pendientes. Una de ellas es el precio –que resulta menos competitivo que en la banca– aunque este se ha visto rebajado notablemente tras las intervenciones del Banco Central Europeo en el mercado. Otro de sus puntos flacos es el hecho de que resulta más accesible para las empresas grandes o medianas que para las pequeñas, aunque esa barrera probablemente se eliminará con el tiempo. Más allá de esos inconvenientes, parece que estos nuevos instrumentos financieros han llegado para asentarse y todo apunta a que a lo largo de 2015 y 2016 comenzarán a verse sus efectos. Ello redundará en una mayor diversificación de la financiación, más competencia y menor riesgo.