El Foco

Apariencia y realidad

Hay que aprender que se es un necio” afirma Michel de Montaigne en el ultimo capitulo de sus Ensayos. Y bien cierta parece tal reflexión cuando, gracias a la experiencia, nos damos cuenta de que en nuestro diario discurrir, por mucho dinero que se invierta en tareas cosméticas y aunque algunos se empeñen, ni las apariencias ni las palabras remiten a la realidad, algo de lo que ya nos habían avisado los clásicos –con Platón a la cabeza– sin que hayamos sabido aprovechar tan sabia conseja. Los seres humanos somos muy contradictorios y esto de caer en la cuenta de algo o bajarse del guindo (versión pedestre y profana de la caída del caballo de Pablo de Tarso) no es algo que suceda todos los dias; ocurre de tarde en tarde porque, en ocasiones, los engaños duran años, muchos años, incluso toda la vida.

Y hay asuntos o acontecimientos que tienen una muy difícil explicación y ningún encaje razonable. Por ejemplo, se cumplen en 2014 diez años desde que a los originales nueve principios del Pacto Mundial de Naciones Unidas, que data del año 2001, se añadió un décimo y, por ahora, ultimo, la lucha contra la corrupción: “Las empresas deben trabajar contra la corrupción en todas sus formas, incluidas extorsión y soborno”, reza literalmente el texto.

El Pacto Mundial, como es sabido, es un instrumento que compromete voluntariamente a empresas e instituciones a adoptar, apoyar y promulgar, dentro de su esfera de influencia, un conjunto de principios fundamentales (deberes morales, es decir, valores, pero también normas positivas) en las áreas de derechos humanos, preceptos laborales, medio ambiente y lucha contra la corrupción. Considerando el total de empresas e instituciones que han suscrito los principios del Pacto en todo el mundo (mas de 12.500 en 145 países), los firmantes del Pacto en España, incluidas 30 empresas del Ibex, son casi 2.600 entidades, mas del 20% del total y, como es lógico, tal circunstancia nos permite sacar pecho y presumir de la red local con mayor número de adhesiones. Ahí queda eso...

Al tiempo, por notorio, es sabido que después del desempleo, el segundo problema que más preocupa a los ciudadanos españoles, según las encuestas del CIS, es la corrupción política, un delito en el que la autoría es múltiple: corrompido y corruptor, uno que trinca y otro que da; una persona que ostenta algún cargo publico (y que “acepta y busca doradas propinas”, como escribe Antonio Gala) y otra que con intereses espurios habitualmente actúa por cuenta de una empresa o de una institución, vaya usted a saber si acaso una de las 2.600 firmantes del Pacto Mundial en España; un político que no atesora la virtud de ser honesto y un donante que tampoco lo es.

Dos personas, en fin, que olvidaron que rendir cuentas no es una humillación, sino una señal de respeto y que la reciprocidad no es recibir dinero a cambio de otorgar ilícitos favores sino, como bien define el profesor Stefano Zamagni, algo tan hermoso y tan sencillo como “dar sin perder y recibir sin quitar”.

Aunque en estos tiempos pareciera el bálsamo de Fierabras, esa poción que todo lo cura, la transparencia que ahora tanto se demanda es algo más que una vacuna contra la corrupción, pero no llega a ser una respuesta definitiva a esa lacra. Ha surgido en nuestra actual sociedad de la desconfianza y de la sospecha una exigencia penetrante de transparencia que, como afirma el filósofo y profesor de la universidad de Berlín Byung Chul-Han, nos “indica precisamente que el fundamento moral de la sociedad se ha hecho frágil, que los valores morales, como la honradez y la lealtad, pierden cada vez más su significación. En lugar de la resquebrajadiza instancia moral se introduce la transparencia como nuevo imperativo social”.

Y como la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero y, además, siempre goza de una tremenda utilidad práctica, como la corrupción sigue campando a sus anchas, uno no sabe que decir; porque ninguna ley arregla por sí sola los problemas, si acaso apunta soluciones, como la reciente Ley de Transparencia, que dificultará la corrupción pero no acabará con ella. Necesitará de mucha ayuda educativa y, como dice Antonio Garrigues, de una inyección de virtudes cívicas. Y esa tarea nos corresponde a todos, sabedores de que el camino será largo y tortuoso. Ángel Gonzalez, poeta grande, escribió unos hermosos versos que reflejan el actual estado de ánimo de muchos de los que –antes y ahora– creímos que el cambio era posible: “Por raro que parezca/ Me hice ilusiones/ No sé con qué, pero las hice a mi medida/ Debió de haber sido con materiales muy poco consistentes”.

Se me ocurre que, como la civilización occidental es por tradición perdonadora, juzgados y condenados los corruptos, y una vez cubiertas ciertas exigencias ineludibles y no negociables (cumplir siempre la pena impuesta y devolver el dinero), tampoco se trata de que colguemos a los delincuentes el sambenito de por vida o pongamos su nombre en la picota para toda la eternidad; o a lo mejor sí. Pero algo deberíamos hacer porque, aunque el propio pecado arrastra su penitencia, no estaría nada mal que con una simple mirada pudiéramos identificar a los corruptos/corruptores para evitar mas engaños y reincidencias.

Por ejemplo, podríamos invocar la magia y dejar que actúe de forma relativamente molesta pero, a estos efectos, siempre efectiva: “Las mentiras, hijo mío, se reconocen enseguida porque suelen ser de dos clases: hay mentiras que tienen las piernas cortas, y mentiras que tienen la nariz larga. La tuya, por lo que veo, es de las que tienen la nariz larga”, le dijo el Hada a Pinocho.

Juan José Almagro es Doctor en Ciencias del Trabajo y Abogado