Editorial

Premio al control de la deuda y la diversificación

Siete años, siete, hace que comenzó la disolvente crisis financiera que postró a todas las economías del mundo como nunca antes otra lo había hecho, salvo la que ochenta años atrás, en 1929, unió las suertes de Estados Unidos y Europa. Siete años desde que el virus de las hipotecas subprime norteamericanas infectó a una muy buena parte de la banca internacional, acostumbrada a operar con sofisticados productos híbridos para potenciar el beneficio ante la laxitud supervisora y reguladora de las autoridades. Siete años en los que los bancos centrales han tomado las riendas de la situación en todas las zonas monetarias y en los que han cambiado ortodoxia por heterodoxia para mantener vivas las economías, con la inyección de ingentes cantidades de dinero cuyos efectos primarios conocemos, pero cuyos secundarios, tememos.

Siete años en los que los inversores han estado tan en vilo como lo han estado los asalariados industriales y de los servicios, desorientados, tras ver cómo el tinglado del capitalismo se tambaleaba porque lo hacían los bancos. Finalmente, la conclusión ha cambiado poco, y la economía de mercado sigue siendo la que más riqueza genera y la que mejor la distribuye, y casi nadie cree que pueda haber capitalismo sin banca. Si generó la crisis, ha sido metida en cintura, aunque con salvedades; hoy está mejor regulada, mejor supervisada y mejor capitalizada, tanto como para mover las grandes ruedas de la economía mundial.

Eso sí, en muy pocos sitios ha recuperado el favor convencido de los inversores, y en algunos países, como en España, la banca mantiene un currículo de retorno negativo para sus accionistas en el periodo de los siete años completos de la crisis. Solo Santander, y más por su retribución al accionista que por la revalorización de sus acciones en el mercado, ofrece retorno positivo nominal, aunque modesto.

Es cierto que España tenía todos los vicios de una economía recalentada cuando estallaron las hostilidades financieras, en 2007; pero algunos de ellos los tenía corregidos y aumentados, como el sobreendeudamiento de los agentes para financiar algo tan limitadamente productivo como el equipamiento residencial. Y eso hacía a la economía nacional más vulnerable, y más vulnerables a sus bancos. De hecho, una tercera parte del sistema financiero devino en insolvente y tuvo que ser el dinero público, prestado por Europa, el que recapitalizase las entidades para evitar males mayores. Esta circunstancia, junto con errores políticos de diagnóstico y de solución, ha retrasado la salida de España de la crisis, y el coste lo han soportado sus ciudadanos y sus empresas.

Un vistazo rápido a la Bolsa de valores, a las empresas que componen su índice más selecto, revela que todavía solo una de cada dos empresas cotizadas han recuperado el valor que tenían antes de la crisis, han vencido, por decirlo de forma gráfica, a la crisis. Además de la banca, muy intensiva en el índice bursátil español, siguen atenazadas unas cuantas compañías que tenían una parte muy importante de su negocio en territorio nacional, además de la mayoría de las constructoras y las energéticas (en algunos casos son mixtas), puesto que basaban su cuenta de resultados en negocios ahora muertos o dependientes de subvenciones públicas, ahora en revisión.

Pero aquellas corporaciones con gestión global, con diversificación geográfica y centradas en actividades industriales, en la alimentación o distribución, así como algunas con modelos de negocio innovadores en servicios de mercado (ocio) o de transporte de energía, han logrado un desempeño muy notable, con retorno para sus socios apreciable, tanto tomando solo sus cotizaciones nominales como sus distribuciones de dividendo. Lógicamente, además de trabajar en negocios con demanda creciente y estar bien diversificados territorialmente, si el endeudamiento era limitado o la gestión de la deuda se ha realizado con acierto y celeridad, sus gestores pueden exhibir hoy un desempeño apreciable.

Estas circunstancias son las que explican que aún hoy, siete años después de llegar la desconfianza a los mercados financieros, en España los índices estén todavía a un 40% de sus máximos, lo que proporciona una idea tanto de lo que resta por hacer como de las posibilidades reales de revitalizar el patrimonio financiero de los accionistas.