Editorial

El reto de hacer más y mejor Europa

No estaba previsto, pero el calendario a veces depara coincidencias así. Los ciudadanos españoles llegaron a votar ayer a las urnas con una dosis extra a favor del PP proporcionada, paradójicamente, por uno de los ogros de la economía española en los peores momentos de la crisis, una agencia de rating. S&P mejoró el viernes la nota española en lo que a todas luces es un refrendo a la política de Mariano Rajoy. Con ese bagaje y tras una pobrísima campaña llegaron los votantes españoles a las urnas. Y lo han hecho con una magra participación, que solo mejora por una elevada participación en Cataluña que impulsa a los soberanistas de ERC en detrimento de CiU de Artur Mas.

Las urnas han dado un verdadero varapalo al bipartidismo y han fragmentado el espectro en España: un rechazo a la política de ajustes del PP –ganador formal– y un serio aviso al PSOE, de la mano de la subida de Izquierda Plural (IU). Además, como se preveía, de un respaldo a grupos más pequeños como UPyD. Llama la atención el buen resultado de Podemos, la formación ultracrítica con las políticas de austeridad y con el actual enfoque de Europa, que en unas generales sería la cuarta fuerza política. Pero los ciudadanos han lanzado una seria advertencia a los grandes partidos, que juntos no llega al 50% de los votos, y si no toman nota y ponen los pies en la tierra y lejos de la corrupción deben empezar a ver el futuro con verdadera preocupación.

En términos europeos también ganan formalmente los conservadores y se mantienen los socialistas, pero se disparan peligrosamente las opciones extremas –muy intensamente la ultraderecha– y un preocupante euroescepticismo, cuando no antieuropeísmo a secas. Se abre ahora un compás de espera, con la elección de presidente de la Comisión como primera incertidumbre, sobre todo después de que Angela Merkel lanzase el debate de si los Gobiernos han de pactar ese nombramiento, y no salir de las urnas. Como quiera que sea, la nueva Comisión, que no estará constituida hasta dentro de semanas, debe afrontar ineludible y urgentemente importantes retos para hacer más Europa.

La tarea más urgente, y con más interlocutores será más difícil, es apuntalar definitivamente la zona euro, rematando las reformas iniciadas a raíz de una crisis financiera que, tras mutar en crisis de deuda, puso en peligro hasta la moneda única. Algunas de esas reformas ya están encarriladas, como una unión bancaria que, tras los test de estrés de este verano, estrenará el 1 de noviembre el Mecanismo Único de Supervisión. Ese paso histórico se debe completar a lo largo de 2015 con un nuevo fondo europeo de resolución bancaria que, a partir de 2016, sufragará los posibles rescates bancarios.

Los nuevos instrumentos de solidaridad supranacional deberán ir acompañados de una supervisión presupuestaria más estrecha, en la que la nueva Comisión dispondrá de instrumentos muy poderosos de control. Su uso requiere una legitimidad democrática mucho mayor, por lo que Alemania y otros países ya plantean la posibilidad de un nuevo tratado para transformar la zona euro en una Unión mucho más perfecta, con elementos propios de un Estado, como un ministro de Economía o un Tesoro. Esa transformación, si llega a rematarse, obligará a replantear la relación en el seno de la UE entre los países del euro y el resto, muy en particular con Reino Unido. Esta reorganización interna se presenta como el reto más decisivo de la UE en el próximo lustro. Una auténtica refundación en la que nadie quiere perder a Londres, pero en la que tampoco se acepta ya que un solo país frene la integración del resto. Con este panorama, la definición sobre la disyuntiva entre austeridad o crecimiento, el desempleo, la mutualización de la deuda con eurobonos, la lucha contra el fraude fiscal y el desarrollo de las infraestructuras y, sobre todo, una política energética común en la que España debe jugar un importante papel son deberes a acometer sin demora.

Pero nada podrá salir adelante si la Comisión y el Parlamento europeos no acometen un serio plan de austeridad en su funcionamiento. Los ciudadanos han visto con asombro cómo quienes desde Bruselas les exigían sacrificios y más impuestos disfrutaban de una holgada existencia en una urna de cristal inadmisible. La crisis al menos ha servido para sacar a la superficie esa incoherencia, en la que se asienta gran parte del escepticismo sobre una Europa que hoy, y más con la deriva geopolítica internacional, resulta más necesaria que nunca.