Editorial

Cuando vale más el negocio de lo que cuesta

El simple perfil de rendimientos del bono a diez años público o de cualquier compañía reputada, comparado con el que ofrece el dividendo de esa misma empresa, proporciona una ingente cantidad de información económica y una imagen fiel del momento en que se encuentra un país. Un bono público con rentabilidad elevada revela una fuerte necesidad de financiación y un apetito limitado por sus emisiones.Por contra, una economía saneada y con buenas perspectivas de crecimiento suele ofrecer mucha más demanda por los bonos públicos por la seguridad en su recobro, y todo ello reduce considerablemente su remuneración.

Cuando se produce el primero de los escenarios, de forma paralela, las empresas tienen dificultades para financiarse y sus cuentas de resultados distan mucho de estar en la mejor de las posiciones, de tal guisa que buscan recursos con emisiones de bonos caros (como el Estado), no pueden atender sus compromisos de remuneración a sus socios accionistas y la rentabilidad por sus dividendos puede descender hasta desaparecer. Pero con el segundo, con una economía y finanzas públicas saneadas, desaparece el efecto expulsión (crawding out) que genera el Estado sobre la financiación privada, de tal manera que los tipos bajan, y con ellos la rentabilidad de los bonos públicos y privados, y las cuentas de resultados de las empresas engordan sus números negros hasta abonar jugosos dividendos. Es el apalancamiento financiero positivo: la rentabilidad de la inversión es superior al coste de financiarla. Es el mejor de los escenario para los negocios y la economía en general.

Y a tal paisaje se está acercando ahora España, aunque no tenga plenamente resuelta, porque no la tiene tampoco Europa, la financiación de la ingente cantidad de deuda pública y privada. El apetito mostrado por el mercado en las emisiones primarias del Tesoro, así como en el secundario, han llevado los tipos de interés a diez años por debajo del 3%, una cota jamás vista en España, lo que supone una referencia de financiación para la banca y para las empresas muy cercana al óptimo, y con la que no sirven las excusas para no tomar crédito, salvo las restricciones que la propia banca pueda poner en el proceso. Esta situación ha reactivado ya la demanda de forma incipiente y las empresas elevan sus ventas también en el mercado interno.

Por ello, la expectativa es de una mejora de sus cuentas de resultados, que lleva inevitablemente a una mejora de sus cotizaciones y a una elevación de los dividendos pagados a los accionistas. Hoy hay unas cuantas empresas, algunas de las mayores del país, que pagan más por dividendo de lo que ofrecen a cambio sus propios bonos o los del Tesoro. Es la mejor señal de que los precios de las acciones van a subir y se convierten en una oportunidad de inversión con aceptable seguridad.