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Protegidos por una posible adquisición

Una posible adquisición puede empujar los ejecutivos a tomar decisiones difíciles pero útiles. Eso es tan cierto en el sector farmacéutico como en cualquier otra industria. No es probable que la ciencia de Reino Unido ni las empresas británicas en general se beneficien si los jefes de las compañías, como AstraZeneca, sienten que pueden confiar en los escándalos públicos para mantenerse en su puesto pase lo que pase.

Wellcome Trust, una fundación benéfica británica que se dedica a la investigación médica, ha sido el último órgano influyente en buscar garantías para que la oferta de Pfizer por la farmacéutica anglosueca no dañe la inversión de la nación en investigación y desarrollo. Es una cuestión legítima –quienes realizan una adquisición a veces sacrifican inversiones a largo plazo por complacer a los accionistas impacientes–.

La nueva dirección de AstraZeneca revisó la estrategia, consciente de que el fracaso le costaría el puesto

Aun así, las adquisiciones son parte de la evolución corporativa, como bien sabe William Castell, presidente de Wellcome. Vendió Amersham, un fabricante de equipos médicos de alta tecnología, a GE por 10.000 millones de dólares (7.300 millones de euros) en 2003 –un acuerdo que no despertó muchas, casi ninguna, protestas–. GE Healthcare mantiene su sede en la ciudad de Amersham, sin duda debido a que el capital intelectual es sobresaliente.

AstraZeneca era hasta hace poco una empresa con un pobre rendimiento que luchaba contra una baja productividad en I+D. La nueva dirección –muy consciente de que el fracaso le costaría el puesto– revisó la estrategia. Se ganaron inversores y el precio de las acciones subió. Normalmente, eso habría sido una buena defensa contra una posible adquisición, pero el régimen fiscal especial del Reino Unido implica que los ahorros fiscales permitirán a Pfizer ofrecer una prima sustancial por la operación.

Pase lo que pase con AstraZeneca, las pasiones despertadas por el enfoque de Pfizer podrían, en última instancia, perjudicar a la economía de Reino Unido. Si los potenciales compradores extranjeros sienten que es demasiado molesto intentar comprar una empresa británica de alto perfil, la alta dirección tendrá menos de qué preocuparse. Eso no es bueno para las empresas.