Un liderazgo orientado a resultados

¿Qué tienen en común Aznar y Felipe González?

Zapatero destaca por su astucia para conectar con la opinión pública

Rajoy es resistente y muy habil en la gestión de los tiempos

¿Qué tienen en común Aznar y Felipe González?

Qué tienen en común Adolfo Suárez y José Luis Rodríguez Zapatero? Son los presidentes españoles más parecidos entre sí en estilo táctico de trabajo político. Son los que cuentan con índices más elevados de motivación hacia el poder, son prototipos del político puro.

Mariano Rajoy, aunque a algunos pueda sorprenderle esta afirmación, también tendría una motivación dominante hacia el poder; mientras que no sería para él prioritario la obtención de objetivos. En cambio, Felipe González y José María Aznar sí tendrían, como la mayoría de la clase ejecutiva, esa orientación al logro, aunque, al contrario de lo que se le exige a los directivos, escasa tendencia a la pertenencia. Ambos se situaron siempre por encima del partido, disponiendo los dos de un importante capital político.

 En cambio, “Leopoldo Calvo-Sotelo fue un presidente con orientación al logro, reflejado por su vocación empresarial pero con baja orientación a la pertenencia”, opina José Luis Álvarez, profesor de comportamiento organizacional de la escuela de negocios francesa Insead y autor del libro Los presidentes españoles (editorial Lid), donde analiza la personalidad y las claves del liderazgo político en España.

Son un ejemplo aplicable al mundo de la empresa. Por ejemplo, Suárez, fue un político transformador en ambición –cambió de régimen y se pasó de la dictadura a la democracia– y sobre todo táctico, o lo que es lo mismo, intentó poner orden en todo lo que le rodeó.

El poder idiotiza

Los presidentes comienzan su declive cuando están en el cenit de su poder porque, como recuerda el filósofo alemán Nietzsche, se paga un precio muy alto al llegar al poder, ya que este idiotiza. El filósofo, argumenta el profesor de comportamiento organizativo en la escuela de negocios francesa Insead, José Luis Álvarez, no utiliza la expresión idiotizar en tono peyorativo o con intención insultante, sino que pretende expresar que el poder “metamorfosea a los poderosos, transformándolos en más personalistas, particularistas o egoístas”. Y los mecanismos que transmite esa mutación psicológica en fracaso son, entre otros, la disminución de la vigilancia de su entorno, así como la euforia acompañada por la sensación de que jamás serán vencidos.

En cuanto al hiperliderazgo, muchas veces se cree son ellos, los líderes, los que determinan la historia, ya sea de un país o de una empresa. Una fantasía que se apodera de ellos, afirma Álvarez, justo cuando son más poderosos. Un error.

Del presidente Calvo-Sotelo se puede extraer otra enseñanza aplicable al mundo empresarial: ofreció su servicio al Estado en momentos difíciles, aun cuando sabía que su estancia iba a ser corta, ya que entregaría el testigo a los socialistas, y que no derivaría en fama o en agradecimiento. Porque recuperando una frase del político estadounidense Alexander Hamilton, “la energía es la característica principal en la definición del ejecutivo”. Precisamente este hecho y sus competencias para el liderazgo y su credibilidad capacitaron a Felipe González para ser el transformador institucional final de la Transición, además de otros logros como incorporar España a Europa. “Ha sido el más estadista de los presidentes españoles”, afirma el docente de Insead.

Pero fue José María Aznar quien mejor desplegó las dinámicas competitivas. “Entendió la importancia de la energía, fue el más hamiltoniano de nuestros presidentes. Quiso ser un líder transformador y fue el que más se rebeló contra la lógica implacable de los ciclos políticos”, prosigue en su análisis Álvarez, que destaca el ambicioso intento en 2004 de prolongar el periodo conservador, abdicando de su poder directo e intentando gobernar de manera indirecta, mediante su sucesor, Mariano Rajoy.

De Rodríguez Zapatero destaca su ágil astucia táctica para conectar con la opinión pública, incluso reconocida internacionalmente, “como por Sarkozy y el embajador estadounidense en España [Alan D. Solomont]”. Fue, junto con Suárez, así lo cree el autor del libro, el político más puro, más táctico y más cercano. “Y el único capaz de ganar dos elecciones generales contra el ciclo dominante, el conservador. Toda una hazaña”.

La retranca provinciana de Rajoy, “escéptica de las prisas y del estrépito capitalino, hace del presidente actual un grandísimo resistente e inigualable gestor de tiempos”. Es más, considera que el actual mandatario español sabe que, precisamente por ser los presidentes hiperlíderes, atraen toda la fricción posible sobre ellos mismos. Es Rajoy, junto con González, el político español que mejor reconoce aquella verdad esencial de la política democrática, advertida también por Maquiavelo, reflexión que se puede extrapolar al mundo de la empresa: la gente no soporta ser gobernada, siempre piensa que el poder es injusto y el único gobierno duradero posible es, por tanto, el indirecto, el nimio, el conservador, el no transformador.

La chaqueta de Pujol

El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol ejemplifica al líder intuitivo. Prepara sus intervenciones públicas con ideas garabateadas en trozos de papel, que lleva en los bolsillos de la chaqueta. No precisa más:tiene en mente lo que quiere comunicar.

“Por ello, Rajoy prefiere no ostentar su poder para no atraer aún más esa fricción antipoder. Es un consumado gestor del tempo político, y consigue alargar a conveniencia para que pasen menos cosas, y así diluir en un flujo temporal la fricción que todo presidente sufre”, describe en su libro Álvarez. Otro indicador del liderazgo es el tema de la sucesión. Y si algo tienen en común, y en su contra, todos ellos es que las dinámicas sucesorias de todos los presidentes del Gobierno españoles han sido todas ellas dramáticas, políticamente terminales para el saliente, acabando ese momento con su carrera política.

Y las sucesiones siempre han estado orientadas a la selección de candidatos con otro denominador común: lo más jóvenes posibles, sin historial que pueda ser utilizado en su contra, en decir, sin logros previos, ya que todo logro político implica críticas y enemigos. “Cuantos más logros políticos, más enemigos”, explica Álvarez. Apunta además que los que vengan en el futuro serán políticos de carrera, y no emprendedores o gestores. También advierte que en el futuro y debido a la pérdida de la relevancia de España, y de otros países, que ya no son potencias económicas de primer orden, el papel de los presidentes de gobierno dejarán de ser fenómenos relevantes. “Ni Zapatero, ni Rajoy, ni ninguno de los que vengan a continuación tendrán el impacto de Suárez, Calvo-Sotelo, Aznar o González”. ¿Sucederá lo mismo con los líderes empresariales?