Tribuna

Máscaras rotas

Era y es, por el momento, el penúltimo órdago del nacionalismo catalán. Nacionalismo ya independentista en su totalidad. Ya no hace falta apelar a sempiternos eufemismos, medias verdades y manipulaciones ciertas. Una fecha. Dos preguntas. Un referéndum que asevera el Gobierno que no se va a llevar a cabo. El partido continúa. El jaque está presentado. O recular o seguir adelante. Y la bravuconada sigue en medio de zarandeos apócrifos y neófitos historiadores del conflicto y la pérfida España. Es la política, descarnada, dura, aviesa. No la que soluciona los problemas de los ciudadanos. La de una autonomía endeuda hasta los tuétanos y que es rescatada por esa misma España que con una cara desprecia y con la otra humilla continuamente.

Tres décadas de nacionalismo gobernante, aunque algunos años también con los socialistas en tripartitos escorados hacia el nacionalismo radical, han dado para mucho. También para reescribir historias bajo la bandera falsa del victimismo. Demasiada hojarasca, arrogancia y cainismo político. Hojarasca sobre un permanente caldo de cultivo basado en confrontación y conflicto falsamente dialéctico. Hojarasca que no nos deja ver bajo su alfombrado manto caduco de un otoño permanente. La hojarasca que envuelve la cotidianidad de la política. La cotidianidad de unos políticos que se han lanzado en una deriva institucional y política engañosa. De la ausencia de autocrítica. Responsables de la situación que vive ahora mismo Cataluña.

Del lamento vano y vacuo, la reflexión estéril y el cinismo mordaz. La que no nos deja ver, tampoco respirar. Anteojeras que nos ciegan voluntariamente. La hojarasca que nos devora. Dignifiquemos la política, el espacio de lo público, donde estamos todos, gobernantes y gobernados, Estado y sociedad. Recuperemos la credibilidad, la convicción, la capacidad, la confianza. Algo que en el Govern soluciona con su planteamiento independentista. De ruptura. Saltándose la legalidad vigente. La constitucional y la jurídica. Por mucho que los hermenéuticos del Derecho afirmen con velada parcialidad la legalidad de una consulta ilegal, dañina y que generará aún más controversia y confrontación.

Es hora de asumir una responsabilidad ética, límpida y nítida, objetiva y veraz. También de exigir responsabilidad, a todos, empezando por nosotros mismos. Un nítido realismo de una situación erosionada y donde los valores se han devaluado. Donde el juego político y partidista atrapa como rehenes pasivos y silentes al ciudadano. Que se cree a pies juntillas la historia reescrita e inventada sobre base de humillaciones, falsedades y mitos que nunca lo fueron. Se oculta y silencia lo común, se defenestra lo español y se ensalza lo diferenciador. La nueva sociedad excluyente y el nuevo estado paraninfo de identidades y pararrayos de lo no catalán. Limpieza demagógica, pureza sentimental. Recuperemos la dignidad, la decencia, la honestidad. Basta de tanta mentira y tanto descaro sin siquiera sonrojo.

Máscaras rotas. Perfiles nítidos. Nadie de perfil. Tampoco Duran y su Unió que nada y guarda la ropa. Espadas en alto. Y la pregunta es: ¿ahora qué?, ¿qué va a suceder en los próximos meses llenos de jaques, órdagos, envites, medias verdades y chantajes varios? Sabe Artur Mas que el techo jurídico y constitucional no le dejará celebrar ese referéndum, pero sabe también que ya ha jugado y seguirá jugando con la sensibilidad de la ciudadanía. Empieza a ser hora de que muchos empiecen a definir a qué lado están de la propuesta. No solo los políticos, también otros actores y asociaciones que conforman la sociedad civil. También empresarios y sindicatos.

Empieza una tensa espera, de cauces, de rechazos y de enfrentamiento. Empieza un tiempo donde todo se erosionará, donde algunos no tendrán sentido de responsabilidad y donde el Gobierno no debe apartarse un ápice de la legalidad. Es el mayor pulso al que se enfrenta el Estado español. Una comunidad trata de ponerlo en jaque. Alguna otra espera. Analiza el movimiento y piensa tal vez como buen ajedrecista. Habrá enroques. Pero estos son solo de un movimiento y de una vez. Artur Mas acaba de hacerlo.

El tiempo corre en su contra, políticamente. Buscará el aplauso de la calle, el aliento de las banderas independentistas y también de editoriales comunes, como hubo a propósito de una multitudinaria manifestación en contra de la sentencia del Constitucional que cortó el vuelo al Estatut, aunque esto no importó verdaderamente a los políticos catalanes, si bien fue la excusa perfecta, permanente y unidireccional. Rechazo a lo que no nos conviene. Firmeza y apuesta a lo que sí conviene. Deriva, frentismo, confrontación y enanismo político. ¿Se puede dialogar con quién no quiere dialogar o concibe el diálogo como afrenta y exigencia permanente, equívoca y egoísta e insolidaria? Las máscaras se han caído definitivamente. También las imposturas y las medias verdades de algunos.

 

Abel Veiga es profesor de Derecho mercantil de ICADE

Normas
Entra en El País para participar