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El único modo es el ético

Es relativamente fácil reunir a 120 personas en un elegante edificio en el centro de Londres para discutir cómo las empresas pueden servir mejor a la sociedad. Blueprint for Business, un grupo organizado por la diócesis católica de Westminster, hizo exactamente eso el pasado jueves. El objetivo del grupo es ofrecer una agenda realista sobre la virtud corporativa.

 La virtud podría incluirse en las agendas de la mayoría de los directores ejecutivos y consejos de administración. En general, todos ellos tienden a medir el éxito en términos financieros: las tasas de crecimiento de los ingresos, la rentabilidad del capital, el valor del accionista. Mientras las empresas alaban la responsabilidad social, la realidad es que la consideran poco más que pelusa. La ética, piensan, es el negocio de otros.

A menudo, es peor aún. Las compañías tienden a centrarse en una definición muy estrecha del concepto de valor para el accionista. John Kay, columnista de economía, y Justin Welby, arzobispo anglicano de Canterbury, argumentaron durante la conferencia que poner énfasis en los objetivos financieros a corto plazo provoca división social. Kay afirmó que eso perjudica a largo plazo a los accionistas.

La alternativa Blueprint supone introducir más formación formal ética y análisis en las empresas. Unilever está probando una versión preliminar del programa. El punto de partida es una comprensión aristotélica (y católica) extremadamente práctica sobre la virtud como hábito de la excelencia. La primera cuestión es dilucidar qué se considera bueno. ¿Qué hace que algo –sea una cosa, una persona o compañía– sea bueno?

Usted no tiene que ser filosófico o religioso para darse cuenta de que, para las empresas, la respuesta consiste en pensar más allá de rentabilidad a corto plazo del accionista. La respuesta correcta incluye centrarse en la producción de bienes que sean realmente buenos y de servicios que realmente presten un servicio. E incluye el desarrollo de las principales virtudes –la prudencia y la justicia– tanto en el interior de la compañía como en el trato con terceros.

Los líderes corporativos, incluso aquellos que apoyan la iniciativa Blueprint, deben tener cuidado. Una empresa que juzgue el éxito en términos de virtud y bien común podría parecer muy diferente a aquello a lo que ellos y sus patrocinadores financieros están acostumbrados. Hasta que el mercado castigue con contundencia la mala ética empresarial, la virtud no será recompensada.

 

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