Editorial

La virtud del presupuesto prorrogado

El Presupuesto de 2014 que el Consejo de Ministros aprobará el viernes será el más aburrido de los últimos años, y parecerá hermano gemelo del vigente este ejercicio por el comportamiento similar de casi todas las variables. Bien pudiera parecer un presupuesto prorrogado. No habrá alegría alguna en la inversión publica, no se permitirá experimento alguno en los capítulos de gasto que tradicionalmente estimulan el carácter social de las cuentas, no se incrementará el sueldo de los funcionarios, aunque sí cobrarán las dos pagas extraordinarias hasta ahora cuestionadas, y los pensionistas salvarán la congelación de las cuantías de sus pensiones con unas décimas de subida cuasi demagógicas. Un presupuesto prorrogado para honrar el rigor fiscal exigido por las circunstancias.

El Gobierno tiene la senda marcada para llegar al 3% de déficit en 2016 por las autoridades comunitarias, así como por su propia convicción liberal, que fundamenta la mejora de la financiación y el crecimiento de la economía en el control del gasto y déficit públicos. Tiene, por ello, poca holgura para ofrecer unos números ni siquiera limitadamente expansivos, y el Parlamento volverá a aprobar un presupuesto con un crecimiento del gasto inferior al avance del PIB nominal, pero en el que las partidas malditas de la factura financiera y del desempleo podrían reflejar ya una primera contención cíclica. Si el crecimiento va por la estimación revisada ayer por Rajoy (0,7% real en 2014), bien podría descender el desempleo, y si prosigue la bajada paulatina de la prima de riesgo (a lo que contribuye de forma muy directa la propia restricción de gastos), y pese a que habrá déficit y avance de la deuda pública, bien podría descender la carga de intereses absoluta y relativa.

La reiteración en el castigo al bolsillo de los funcionarios, que desde 2010 solo han visto contracción en el capítulo primero de los presupuestos; la sequedad de la inversión pública, que ha vuelto a los niveles paupérrimos de la década de los ochenta, y la estrechez de todas las políticas de estímulo fiscal a la investigación o a la simple generación de empleo son políticas que no pueden mantenerse indefinidamente, y no debe pasar un año más (2015 es electoral) sin un explícito cambio de sesgo en todas ellas.

Pero aún no es el momento de un giro en la política de rigor de los últimos años, porque no están plenamente despejadas las dudas sobre la sostenibilidad financiera del Estado y sus hermanos menores (las regiones), y la presión de los mercados de deuda puede volver en cualquier momento si se relaja la disciplina. Sigue siendo vital para abaratar la financiación, estimular el crédito, cambiar las expectativas y generar crecimiento, empleo y bases imponibles nuevas. Solo así, y a ello contribuirá esta especie de presupuesto prorrogado, podrá volver a pensarse a medio plazo en la palanca gasto público para reforzar el crecimiento.

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