Tribuna

El espejo alemán

Angela Merkel ha sabido como pocos llegar al corazón y la razón de los alemanes. Ha ganado sus terceras elecciones y lo ha hecho llevando a la CDU prácticamente al éxtasis. A los tiempos de Adenauer, más lejanos, pero de construcción de una nueva Alemania. Lo ha hecho también emulando a su padre político y valedor de otrora, Helmut Kohl. Hoy más distanciados sin embargo. Merkel además de política es líder. Así lo han visto los alemanes que mayoritariamente le han dado un respaldo casi arrollador, a unas décimas de la mayoría absoluta, algo extraño en el país germano, acostumbrado al pacto y la gran coalición. Visión de la realidad como pocos, radiografía fidedigna. Y una sencillez de gestión con un rumbo decidido, claro y nada titubeante. Ante las aventuras y las promesas vanas del SPD los alemanes han aplaudido la firmeza, el rigor, la austeridad y el bagaje de la Bundeskänlerin.

Nadie en Europa puede discutir su liderazgo. Ahora más que nunca. Aunque ésta sea quizás, su última legislatura. Gustarán más o menos sus decisiones, pensadas sin duda en clave alemana. Lo que es bueno para Alemania debe y ha de serlo para Europa. Ese es el mimetismo, el magnetismo de una política que concibe centrípetamente el poder y el juego electoral. Sabe que la solución no es hoy más Europa, sino más austeridad, más rigor presupuestario, más control y más seriedad. No se han cansado de repetirlo en los últimos años. Sobre todo a esa Europa del sur más zigzagueante y al borde del abismo. Sus recetas se han aceptado, a regañadientes, pero se han aceptado a pesar de la diversidad y menor simpatía con Barroso. Europa sigue el paso alemán. Firmemente.

Ha sabido analizar, y su equipo con ella, sobre todo el ministro Schäuble, las debilidades y las dificultades, no en Alemania, que no está en recesión, sino en el resto de Europa. Ha exigido porque podía hacerlo, compromiso y sacrificio, recortes y austeridad. Lo ha exigido a los países que necesitaban el rescate. No ha negado esos rescates que se votaron uno tras otro en el Bundestag. Pero sí la contrapartida a países que edificaron su estado de bienestar más con lo que llegaba de afuera, Bruselas, y los países nórdicos, que lo que se aportaba desde dentro.

Pragmatismo y eficiencia. Discurso álgido y sencillo. Convicción y acción. Rigor y seriedad. Serenidad y enérgica decisión. No hay más milagro. Y esto lo han entendido tanto alemanes como europeos. Es por ello, que ante la zozobra, ante la incertidumbre, ante el recelo y el miedo, todos los ojos, europeos y alemanes, miran hacia la canciller. Los nubarrones siguen ahí. Pero la líder alemana no los rodeará, los atravesará con sus recetas y sus imposiciones al resto, y ante una inoperante Comisión Europea y unos titubeantes líderes que no lo son. La partitura es clara. Y la música será la que será. Con el guión trazado, con la receta clara, y con la imposición del diagnóstico sólo es cuestión de tiempo de que la enfermedad remita. Cuatro años por delante, donde Europa necesita reencontrarse así misma. Donde la unión política sigue siendo una utopía y, que a pesar de poner los ojos en Merkel, tampoco se alcanzará, pero sí quizás la cohesión, el robustecimiento, la fortaleza de una Europa monetaria y donde el euro cobre la firmeza y puesta en valor que perdió durante la crisis. Y aquí la clave no es tanto pensar en Europa y su Unión cuanto en Alemania y su economía. La debacle del euro lo sería también de la economía alemana, la gran beneficiada.

Merkel es la única líder europea capaz de exigir responsabilidad al resto de políticos. Lo ha hecho. Lo ha dicho. No le ha temblado ni la voz ni el pulso. Guste más o guste menos. La demonicen más o menos. Muchos culpan a Alemania de la situación que viven. Cuando con anteojeras y cínicamente no son capaces de ver y hacer autocrítica interna. No habrá eurobonos. Lo ha dicho siempre. No se capitalizará la deuda de los demás. Cada palo aguantará su vela. Y acierta en ello. Europa no se construye con una artificial solidaridad y sin responsabilidad. Así no.

Merkel, que guarda para sí sus emociones, es hoy una política feliz. Ha laminado a sus adversarios. Como también a quién con ella gobierna en coalición. Primero los socialdemócratas, que en 2009 sufrieron uno de los reveses más duros en su historia. Ahora los liberales, que además se quedan fuera del Parlamento. Máxime por un sistema electoral de doble voto, candidato y partidos que es, sin duda, el éxito del sistema político alemán. Seis décadas de democracia y ocho cancilleres, entre ellos Adenauer y Kohl, conservadores, con mandatos extraordinarios de duración a los que ahora sigue la canciller.

Cinco escaños la han apartado de la mayoría absoluta. Sólo cinco, pero la tragedia quizás sería haberla alcanzado en un país donde el consenso y el diálogo es clave. Es lo cómodo. Es la política viva y enérgica. Impensable una coalición de izquierdas entre las tres fuerzas ideológicas más afines aunque sumados los escaños les permitiría alcanzar el gobierno. Así es la política alemana. Seriedad y responsabilidad. Así es la capacidad de Merkel capaz de, sin perder el rumbo, sin perder su firmeza, equilibrar oportunidad y pragmatismo haciendo suyas las ideas del adversario que creen que son buenas para Alemania. Firmeza, rigor, seriedad e implacabilidad. Vino del Este, y sabe muy bien, cómo respirar y rezumar democracia y política. Ha sabido llegar a los alemanes. Se ha crecido ante la adversidad sin estruendos artificiales ni alharacas absurdas y evanescentes. No lo tiene fácil dentro a pesar de la victoria. Hay problemas, desde los social a lo energético, pero sin dudas los alemanes han confiado su presente y futuro a quién creen que es la única persona capaz de afrontarlos. Más de un 41 % de los votos. Tres legislaturas. Ahí es nada. Cuando todos los demás desaparecen y son derrotados en Europa, ella gana. Y con ella su modelo. El modelo alemán. Iniciado ya en los noventa con Schröeder y su agenda social y económica. Los resultados están aquí.

 

Abel Veiga es profesor de Derecho mercantil de ICADE

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