Editorial

Subvencionar, pero con medida

Toda subvención distorsiona el mercado: condiciona el precio, amanera la demanda, desequilibra la competencia, anestesia a quien la recibe y discrimina a quien la desea. Hay ejemplos explícitos en todas las épocas y en casi todas las actividades, unas veces con distorsión en los costes, otras con incentivos fiscales, otras con desembolsos directos. El sector del automóvil, que tiene un peso específico determinante en la economía española, pero no más que otros no manufactureros, ha recibido impulsos públicos en varias ocasiones (Prever, PIVE, etc.) y en los últimos meses ha logrado al menos parar la sangría de ventas en la que había entrado con esta larga crisis.
Pero dada la envergadura del problema, las subvenciones no han supuesto sino una muy pequeña parte de la solución, y solo la devaluación interna de costes ha logrado que las grandes multinacionales renueven sus compromisos de producción con las plantas españolas, junto con la alta calidad tanto del capital humano del sector como de la logística. A fin de cuentas, Industria solo ha ayudado con los programas de incentivos a quien se ayuda a sí mismo con una evolución sensata de las condiciones industriales. Y ese debe ser el criterio básico para dispensar subvenciones, siempre que tengan un carácter finito.

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