Editorial

Planificar la jubilación necesita más certezas

La recomposición de la confianza en una economía abierta nunca está plenamente conseguida. Basta que uno de los colectivos que componen la comunidad no encuentre satisfacción a sus expectativas, o que una sola corona del engranaje se fatigue, para que la duda vuelva a expandirse. En España sabemos que la profundidad de la crisis requiere una larga cura para alcanzar un saneamiento suficiente como para recuperar el crecimiento y hacerlo sostenible. La aguda acumulación de desequilibrios, sobre todo el sobreendeudamiento y la acelerada pérdida de competitividad, son de purga lenta, y aunque se han dado pasos sorprendentes en los últimos trimestres en ambos aspectos, quedan sesiones largas de penitencia. La sostenibilidad del sistema de pensiones ha surgido súbitamente como uno de los grandes obstáculos a la consolidación fiscal en el medio y largo plazo, así como uno de los temores potenciales que pueden condicionar las decisiones de inversión y consumo de los particulares en el futuro. Por ambas circunstancias debe ser resuelta cuanto antes, puesto que la experiencia dice que una demora en tales asuntos imprime un efecto devastador sobre las expectativas que puede llegar a paralizar la economía.

Alemania es un buen ejemplo de este comportamiento colectivo. Tras acometer en los noventa el coste de la integración de todo su territorio, los costes del estado de bienestar alcanzaron tal nivel, que la propia población comenzó a considerarlos insostenibles, y paralizaron sus decisiones de gasto de medio y largo plazo hasta que una severa cadena de reformas devolvió los compromisos financieros del Estado a un formato sostenible. El resto, con un control estricto de los costes laborales y la apuesta por un abaratamiento del factor trabajo para la entrada en el mercado laboral, ya lo conocemos.

España está ahora en parecida encrucijada, porque tiene un ritmo de afloración del baby boom diferente que Europa, y aún tardarán casi diez años en llegar al retiro las voluminosas cohortes de los nacidos en los sesenta y su desarrollismo. Y ahora es, por tanto, cuando tiene que despejar las dudas que siembra sobre el funcionamiento futuro de la economía el sistema de pensiones. Y tiene que hacerlo para convertir al mecanismo de retito en un estimulador de la actividad, equilibrando la responsabilidad pública y la privada de tal guisa que se complementen y que proporcionen certeza a la ciudadanía en su renta de jubilación, tanto si opta con una combinación de dos fuentes de renta como si sólo se sirve de la pública.

Los experimentos de capitalización pura para los mecanismos de pensiones no cuajarán en España, porque toda Europa tiene como uno de sus sellos de identidad la solidaridad entre generaciones y entre niveles de renta para atender la vejez, y en ninguno de ellos se ha hecho dejación de la corrección continua de sus parámetros para despejar las dudas financieras. España tiene que hacer frente a mayores obstáculos, por el simple hecho de que tiene una sociedad parca en ahorro, tanto porque nunca han existido estímulos explícitos que lo engorden, como por la absorción de renta futura que ha generado la explosión residencial de los últimos quince años.

La crisis se superará como ha sucedido con otras en el pasado. Pero el coste del envejecimeinto debe ser encajado por el sistema de pensiones con retornos inferiores sobre la renta regular (ahora está en el 80% y lo lógico es que descienda hasta el 70%, que es la media europea), y deben despajarse también con parámetros fiscales claros y duraderos las alternativas para complementar la renta púbica, ya se trate de fondos de pensiones, de inversión o seguros.

El patrimonio alojado ahora en fondos de pensiones es muy modesto, y está estancado desde que en 2006 se modificó la fiscalidad, especialmente la que afecta al rescate de la plusvalía generada en el momento de la jubilación. Estimular el crecimiento de este tipo de instrumentos quita presión para poder hacer una reforma más ambiciosa en la Seguridad Social, y, además, genera ahorro adicional, fundamental para capitalizar una economía que está bien necesitada de ello. La relativa endeblez del modelo productivo del país solo puede ser combatida con la acumulación de capital físico, financiero y formativo, y todo ello depende, en parte, del ahorro.

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