Editorial

Impulso para combatir el paro juvenil

Todos los líderes políticos que pasaron ayer por la jornada parisina organizada por el Instituto Berggruen para buscar soluciones al altísimo desempleo juvenil en Europa tienen una cosa clara: los logros de la Unión Europea en todas las materias desde su puesta en marcha son de importancia trascendental para la población (ausencia de fronteras, desaparición del fantasma bélico, Estado del bienestar, etc.); pero las generaciones jóvenes las tienen tan incorporadas a su acervo cotidiano como algo tan rutinario, que solo pedirán cuentas por las oportunidades de desarrollo vital, económico y social que les proporcione el proyecto europeo y que ahora les falta. Europa tiene casi seis millones de jóvenes en desempleo, con una concentración muy abultada en el sur (solo España tiene más de tres millones) y en todos los países se admite que seguramente es la generación juvenil mejor formada y más cosmopolita de la historia del continente, lo que supone un derroche de energía y de inversión sin precedentes que tiene que ser subsanada.

Tras la presión de países como España y Francia, que ayer perfilaron su estrategia para los meses venideros, se ha habilitado un paquete de presupuesto comunitario de unos 6.000 millones de euros para políticas de estímulo al empleo juvenil, pero cuya aplicación práctica debe ser decidida aún. La UE, tanto por su diseño como mercado único en el que los trabajadores pueden moverse libremente, tiene que velar por una aplicación correcta de esa libertad de movimientos que propicie el trasvase de parados de unas zonas hacia mercados en los que hay oferta de empleo. Hay varios ejemplos de movilidad de personas en la Unión como el que se produce desde hace meses entre España y Alemania, o el que en el pasado generó una fuerte entrada de europeos del Este en España al calor del boom económico previo a la crisis. Pero las autoridades europeas deben involucrarse más, porque nadie entendería que declinasen su responsabilidad mientras reclaman para sí las competencias que siempre han ejercido los Gobiernos nacionales.

Pero la responsabilidad sigue anidando más en cada país que en la síntesis comunitaria, que pocas cosas más puede hacer que poner fondos a disposición de empresas y Gobiernos para incentivar formación y empleo. Rajoy pidió ayer que Bruselas le libere de computar como déficit las ayudas destinadas al empleo juvenil, así como mayores esfuerzos del BCE para lograr financiación para las pymes, o cerrar el círculo de las nuevas instituciones financieras para devolver la estabilidad y confianza a Europa. Pero más allá de eso, es su obligación generar las mejores condiciones para el crecimiento, que es la única variable que sostiene el empleo existente y el nuevo sin costes adicionales. Es una condición primaria, aunque España necesita disponer de cuantas ayudas secundarias proporcione la UE.

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