Nikos Anastasiadis

El gobernante varado

Un mes después de ser elegido presidente de Chipre, su crédito se agotó

Aceptó y luego renegó de un rescate que golpeaba al pequeño ahorrador

Nikos Anastasiadis, presidente de Chipre
Nikos Anastasiadis, presidente de Chipre

Los analistas de todo lo que ocurre en la eurozona, y que tanto trabajo tienen desde hace un par de años, coincidían en que el ganador de las elecciones de Chipre debería afrontar, como primera tarea, la negociación para el rescate de su país. Lo que nadie preveía, ni siquiera los pronosticadores más arriesgados, es que la ayuda a una economía que representa una minúscula parte del total de la Unión Europea iba a poner patas arriba al continente. El elegido presidente chipriota hace un mes, Nikos Anastasiadis (Limassol, 1946), seguramente esperaba comenzar la tarea de gobierno, a sus 66 años, de forma menos tormentosa. No será el caso. Y siempre quedarán las históricas tensiones con Turquía para añadir un grado de dificultad.

En cualquier caso, Anastasiadis sabía de los retos que tendría que afrontar en su primera presidencia, algo tardía después de liderar desde 1997 la Unión Demócrata y estar en el Parlamento del país desde 1981. Y así lo expresó durante la campaña electoral, dejando claro que su primera tarea sería acordar un rescate con Europa. Pero no contaba con que este reto en particular se convertiría en un problema de primer orden europeo. Político experimentado con vitola de reformista, en el sentido que Bruselas le da hoy en día a la palabra reformas, su elección fue celebrada entre los líderes de la eurozona. En concreto, por Alemania, cuya canciller Angela Merkel conoce bien a Anastasiadis del Partido Popular Europeo. Ser el candidato conservador y moderado de entre quienes se presentaban a la presidencia le hacía ser visto como el ideal, el que se ajustaría de forma menos traumática a las imposiciones de la troika. Y, en un principio, así fue.

El sábado pasado, un día que no estaba señalado en demasiados calendarios, el Eurogrupo anunciaba un acuerdo con Chipre para rescatar su sistema financiero. Una semana después, ya nadie reconoce haber estado en esa reunión. Pero el que sí estaba al tanto de todo era Anastasiadis, quien tuvo que aceptar la imposición de una tasa obligatoria a los depósitos del 6,75% para los inferiores a 100.000 euros y del 9,9% para los que superaran esa cifra, para lograr los 5.800 millones de euros que Europa se niega a aportar. “Era la única solución”, declaró el presidente. Visto lo visto, precisamente esa debió ser la última de las soluciones. Ahora, todas las partes se apresuran, y presionan, para que Chipre apruebe algún tipo de rescate mientras los bancos siguen cerrados, por el miedo a una fuga de capitales y a la histeria colectiva. Incluso la salida de Chipre del euro no parece descartable.

Este abogado de profesión, socio de un bufete que incluye su apellido, realizó sus estudios en la Universidad de Atenas y el posgrado en la Universidad de Londres. Sus inquietudes políticas comenzaron en la capital helena, donde se unió a la Unión de Centro, creada por Yorgos Papandreu, el abuelo del ex primer ministro griego. Su preocupación principal siempre fue la política económica, más que los problemas territoriales con Turquía, que han marcado la historia de la isla. Un ejemplo de ello fue su apoyo a la reducción del servicio militar obligatorio de 24 a 14 meses, y la reforma del ejército, para convertirlo en un cuerpo semiprofesional y así poder ahorrar costes en defensa. En este ámbito, apoyó la entrada del país en la OTAN y respaldó un plan de la ONU para la unificación de los territorios chipriota y turco para formar una federación de dos Estados. Pero si la tensión territorial en la isla no era una de sus prioridades para su legislatura, quizá ahora haya pasado definitivamente al último lugar de su lista de tareas pendientes.

Su misión única en este momento es encontrar una alternativa que contente a Europa, que le va a prestar 10.000 millones de euros, a Rusia, que es su principal vía de financiación ya sea por depósitos de clientes rusos en sus bancos o por financiación directa, y a la sociedad chipriota, que le eligió hace un mes con la mayor diferencia en décadas y que ahora ve cómo les pueden confiscar parte de lo único que parecía sagrado en la Europa de la crisis de deuda: sus ahorros. Una ciudadanía alarmada porque su presidente duda, cuando quizá no debería, por el temor a que una decisión pueda espantar a quienes se aprovechan de unas laxas condiciones fiscales. Pero esos no viven, votan ni sienten en Chipre.

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