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Iberia, más que un gesto de Ana Pastor a la galería

La ministra de Fomento, Ana Pastor, conversa con el mediador en el conflicto de Iberia, Gregorio Tudela, tras firma del acuerdo que puso fin a la huelga.
La ministra de Fomento, Ana Pastor, conversa con el mediador en el conflicto de Iberia, Gregorio Tudela, tras firma del acuerdo que puso fin a la huelga.

Ejercicio de responsabilidad, injerencia en asuntos privados o simple búsqueda de réditos políticos? La ministra de Fomento, Ana Pastor, improvisó la semana pasada y se llevó a su terreno, las propias dependencias ministeriales, la firma del acuerdo de mediación entre Iberia y los sindicatos. El pacificador, Gregorio Tudela, tenía convocadas a ambas partes el miércoles en la Universidad Autónoma de Madrid. La cita estaba fijada a las 12 del mediodía. No hacía falta madrugar porque había visos de que la cuestión se resolvía con una simple firma y a comer. Pero Pastor intervino una vez más: “Venid todos a la una al ministerio”, debió ordenar.

 La foto que escenifica la tregua en Iberia, por la que se ha evitado un ERE de 3.807 empleados y han quedado aparcadas las huelgas que amenazaban la Semana Santa, es todo un mensaje con distintos destinatarios. Muchos han leído en la iniciativa de la ministra lo que en la clase política suele ser habitual, la búsqueda de puntos en términos de imagen. Y algo habrá de esto. Frenar una batalla como la que han mantenido la dirección y los empleados de Iberia, con diez días de paro secundados por más del 80% de la plantilla de 20.000 trabajadores, suma en la cuenta corriente de la popularidad de Pastor. ¿Quién hubiera renunciado?

Pero una segunda lectura de lo que se ha tachado como un exceso de protagonismo de un ministro en los asuntos de una empresa privada es precisamente que Iberia, como tantas otras compañías que cotizan en el Ibex, no escapa de la atención del Gobierno. Ana Pastor impuso una mediación en el conflicto de la aerolínea –“el regulador es Fomento”, recordó en distintas ocasiones-, ha tenido acceso directo y permanente a la evolución de las negociaciones, e incluso ha marcado la agenda de sindicatos y empresa. Faltaba supervisar personalmente que el acuerdo fuera sellado. Todo un modus operandi del que habrán tomado nota en IAG, holding en el que se integran Iberia y British Airways.

Si Willie Walsh, consejero delegado del conglomerado anglo-español, decía desde Londres que a él nadie le daba indicaciones –“ni siquiera mi madre”, llegó a declarar- sobre cómo debía realizar una reestructuración, la ministra de Empleo, Fátima Báñez, le recordaba que la reforma laboral no solo servía para destruir empleo sino que aportaba fórmulas para flexibilizarlo. Si IAG advertía que Iberia no tiene futuro con su actual estructura de costes laborales, el ministro de Industria, José Manuel Soria, replicaba que British se está beneficiando más que la española del matrimonio. Y si en Londres se quejaban de que volar a muchos destinos de Latinoamérica es deficitario, salía Ana Pastor y aseveraba que a Iberia se le ha hecho un traje a medida en la Terminal 4 de Barajas para que potencie la conectividad de España especialmente con América.

Esta semana se inicia un nuevo plazo de 30 días en los que los 16.000 empleados que serguirán en nómina se juegan el futuro.

El Gobierno ha venido asegurando desde noviembre, mes en que fue presentado el Plan de Transformación de la aerolínea, que no iba a intervenir, que no podía mezclarse en los asuntos de una compañía privada y cotizada. Pero a renglón seguido recordaba que Iberia es estratégica para España, como punta de lanza para el turismo y para la tan traída y llevada marca España. Cualquier cosa que ocurriera en la compañía era desfavorable para el Ejecutivo de Mariano Rajoy: miles de despidos, malísimo; los aeropuertos paralizados por las huelgas, igual o peor. No había otra salida que meterse entre dirección y trabajadores evitando el debate nacionalista para no desairar a Reino Unido y sin dar la sensación de que un Gobierno interfiere en decisiones empresariales.

Gustará más o gustará menos, pero el hecho es que la presencia de la ministra de Fomento el miércoles, junto al mediador, los sindicatos y los jefes de Recursos Humanos de la compañía, es una clara advertencia: el Gobierno, que además es primer accionista a través de la posición de Bankia en el capital, no renuncia a una Iberia al servicio del país. Preguntado por el estrecho seguimiento realizado por el Ejecutivo al proceso de negociación del ajuste, el consejero delegado de Iberia, Rafael Sánchez Lozano, dijo la semana pasada que “entra dentro de lo normal que se preocupe y demande información”. Finalmente, la diplomacia se ha abierto paso.

Los sindicatos se han visto fortalecidos en todo este proceso por el apoyo abrumador de la plantilla a las movilizaciones, por la entrada de Fomento e Industria en el partido, y por la mayoritaria comprensión de la opinión pública respecto a las huelgas. Cerca de 4.000 despidos con la que está cayendo en España convierte a quienes los sufren en poco menos que mártires.

Sin embargo, Fomento también dejó un recado el miércoles. “Venid al ministerio y firmad de una vez”, debió pedirles Pastor. Las 3.141 prejubilaciones no son ni mucho menos los 3.807 despidos, a 20 días por año de servicio que estaba a punto de ejecutar la empresa. La negativa sindical a firmar habría supuesto mucha gente a la calle, movilizaciones perpetuas hasta que el asunto se resolviera en los tribunales, pérdidas para Iberia, caos en los aeropuertos y un largo etcétera. Las centrales se llevaron el acuerdo a sus asambleas y las votaciones se movieron entre la unanimidad y la mayoría incontestable a favor de la propuesta del mediador a pesar del tremendo esfuerzo salarial que deberán hacer los empleados durante los próximos tres años. El sindicato de pilotos Sepla está aún por someter el acuerdo a sus afiliados y Stavla, con un 32% de representación entre los tripulantes de cabina de pasajeros, no se ha sumado pero ha renunciado a la huelga a la vista del resultado de la mediación.

A partir de aquí, comienza esta semana un nuevo plazo de 30 días en los que Iberia y los más de 16.000 trabajadores que permanecerán en nómina se juegan su futuro. Pastor, Tudela, la dirección y los propios sindicatos coinciden en que la aerolínea debe ser más competitiva para aguantar el pulso propuesto por las low cost. Dicen los expertos que el aéreo es un negocio en el que impera la competencia más feroz. Donde una empresa levanta un pie, vienen de inmediato dos o tres rivales a pisar lo más fuerte posible. No hay tregua e Iberia está cediendo terreno. La compañía va a renunciar este año a un 15% de su producción, pero Sánchez Lozano ya asegura que igual que se dejará de volar a Cuba o República Dominicana, destinos exclusivamente turísticos en los que se veía abocada a competir en precios sin obtener valor añadido alguno, se reforzará en otros mercados americanos. No cabe duda de que el Gobierno va a estar detrás para comprobarlo.

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