Tribuna

Los accionistas toman el mando

Se imaginan a un 51% de los accionistas de Banco Santander o de Iberdrola, por poner dos ejemplos, tumbando la remuneración de Emilio Botín o de Ignacio Sánchez-Galán, presidentes de las dos sociedades? Supongo que no. Ni ustedes ni nadie, ya que hoy por hoy la legislación española determina que esta decisión corresponde a la propia dirección y administración de las empresas, aunque luego deba ser ratificada o no por sus accionistas en junta general.

Sin embargo, algo parece estar cambiando. Suiza aprobó este fin de semana en referéndum, por una abrumadora mayoría de casi el 70%, una reforma de la ley para establecer que sean los propios accionistas los que fijen la remuneración de los directivos. En España, el ministro de Economía, Luis de Guindos, ya ha dejado entrever que exigirá la aprobación por los accionistas del suelo de los primeros ejecutivos de la banca.

A ello hay que sumar otros casos, como los vividos el pasado año en el mercado anglosajón: el 50% de los accionistas de la aseguradora británica Aviva rechazó el plan de remuneraciones de la empresa el pasado año al entender que este no se correspondía con los resultados presentados por la sociedad. Una resolución que, aunque no fue vinculante, obligó a su consejero delegado a dimitir. Algo similar a lo ocurrido con UBS o Barclays.

Según los estudios, el 70% de los inversores institucionales delegan sus derechos de voto

Estos casos, denominados por la prensa anglosajona como la primavera del accionista (como ejemplo forzado de lo ocurrido con la primavera árabe), ponen de manifiesto, en mi opinión, la importancia que están adquiriendo las relaciones con accionistas/inversores en el seno de las compañías. ¿Conocen bien las organizaciones a todos los accionistas? ¿Saben qué piensan de la gestión de la sociedad con anterioridad a la junta general o se llevan la sorpresa como Aviva, UBS o Barclays?

Realmente, a día de hoy, las empresas cotizadas españolas no han necesitado prever con anterioridad qué es lo que iba a pasar en las votaciones de la junta de accionistas porque, de alguna manera, ya lo sabían de antemano: según diversos estudios, el 70% de los inversores institucionales delegan todavía sus derechos de voto en el consejo de administración de las sociedades.

La pregunta clave es: ¿estoy explicando bien lo que hago a mis accionistas?

Ahora bien, que no exista aún ese riesgo, no quiere decir que las empresas deban seguir olvidando a los que son sus verdaderos propietarios. Si no, basta con ver los cada vez más numerosos movimientos que, en este sentido, están apareciendo en las redes sociales (la plataforma de afectados por La Seda), foros o páginas web que por su tamaño y dimensión traspasan, en ocasiones, la esfera digital a la de los medios tradicionales.

Ello no solo supone que los accionistas minoritarios hagan ruido, sino que además puedan influir en los institucionales o viceversa gracias a los denominados proxy advisors (asesores de votos por delegación). Un ejemplo de presión pública reciente lo encontramos en Suiza, donde el presidente de Novartis, Daniel Vasella, se ha visto obligado a renunciar a la pensión de 58 millones de euros por la presión popular.

Más allá de si los accionistas llevan o no razón en sus reivindicaciones y de si es justa o no la remuneración de determinados directivos, la pregunta clave que toda empresa debería hacerse es: ¿estoy explicando bien lo que hago a mis accionistas?, ¿lo hago solo una vez al año y por la obligada junta general o mi cercanía y trato con ellos es frecuente?, ¿por qué tomo determinadas decisiones y más en un contexto tan complejo como el actual?

Hay quien podría ver en este creciente poder del accionista un riesgo o un problema, cuando en realidad debería tomarse como lo que es: una oportunidad para alinear y fortalecer intereses entre el equipo gestor y la propiedad de una manera más ágil y sencilla gracias a los nuevos canales de comunicación.

Al final, no hay que olvidar que los accionistas invierten en las compañías por algo, y ese algo es generalmente la solidez y potencial de crecimiento tanto de las compañías como de su valor. Pues bien, ahora que los accionistas empiezan a tomar –en toda su realidad– el mando, estrechemos el lazo que nos une a ellos en lugar de dejarlo morir por falta de información o desconfianza.

Pablo Zamorano es manager de Burson-Marsteller.

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