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Eficiencia bajo sospecha

La apertura de un nuevo aeropuerto en Berlín, en construcción desde 2006, ha sido retrasada por cuarta vez. Los costes están también fuera de control. El proyecto, al 100% del gobierno, está un 50% sobre el precio planeado.

Es un problema universal. Nueve de cada diez infraestructuras públicas acaban costando más de lo planeado, una proporción que no ha cambiado mucho en siete décadas. Alemania, en cambio, tiene una deriva particular. En 2006, un sistema de peaje por satélite para camiones entró en funcionamiento tres años tarde. En 2009, la construcción fallida de una nueva línea de metro en Colonia causó el colapso del archivo histórico de la ciudad, que ha sobrevivido desde la Segunda Guerra Mundial, una catástrofe que retrasó indefinidamente el suburbano. Una nueva sala de conciertos en el medio del puerto de Hamburgo ha estado construyéndose desde 2007 y costará al menos siete veces más de lo planeado. Mientras que estos excesos son más comunes en el dominio público, las empresas privadas en Alemania también hacen el ridículo con complejos proyectos. ThyssenKrupp malgastó 9.000 millones de euros en inversiones en América. Y Siemens, el gigante tecnológico, sigue luchando para entregar sus trenes de alta velocidad a tiempo.

Hay algo más que mala suerte detrás de esta ineptitud alemana. En el lado político, la estructura federal nutre estos vanidosos proyectos. Los políticos locales, demasiado ambiciosos, podrían destinar gran parte de los costes a otras capas de sus gobiernos. La mala gobernanza, tanto política como corporativa, alimenta el amiguismo, que a su vez lleva a una pobre gestión y a una descuidada supervisión.

El problema principal en el aeropuerto de Berlín es un sistema de seguridad contra incendios totalmente automatizado. Es la tecnología más avanzada, pero no funciona. La eficiencia alemana es proverbial, pero exagerada con facilidad. En Alemania, como en todos sitios, la debilidad humana puede hundir los planes.