COLUMNA

Goldman y su ley del silencio

El mayor impacto que ha tenido Greg Smith en Goldman Sachs puede que haya sido la forma en la que se ha marchado. Ayer el vicepresidente de derivados de renta variable para EE UU y Europa, dijo adiós a la que fue su empresa durante una docena de años con una carta publicada en las páginas de opinión del New York Times, en la que acusa a Goldman de alejar sus intereses de los de sus clientes, quienes son descritos habitualmente, según él, como "marionetas".

Pese a que las denuncias de Greg Smith puede ser familiares, estas suelen resolverse en privado. La preocupación de Goldman es que algunos de sus empleados ya no tienen miedo a criticarla en público. No es difícil encontrar lagunas en la andanada de Smith. Su carrera en Goldman no parece que haya sido estelar. Después de más de una década continuaba siendo un director ejecutivo cuando la mayoría de los banqueros esperan llegar a director general o incluso socio. Cuando Smith se unió, Goldman, como el resto de Wall Street, vendía start-ups de internet a inversores locos por la tecnología. Y la descripción de Smith no será muy sorprendente para aquellos que estén familiarizados con el caso de la Comisión de Valores y Bolsa contra la firma, por sus instrumentos de deuda vinculados a hipotecas subprime.

En efecto, la queja de que Goldman antepone sus intereses puede ser escuchada normalmente de sus clientes o antiguos empleados. Si la carta de Smith es un reflejo fiel de la realidad, es solo otro recordatorio de hasta qué punto Goldman aún tiene que avanzar para redescubrir el mantra de su ex socio sénior Gus Levy de ser codiciosos a largo plazo.

Las posibilidades de que Smith continúe su carrera en las finanzas parece pequeña. La competencia se lo pensará dos veces antes de contratar a alguien dispuesto a ventilar sus trapos sucios. Pero para Goldman, que ha nombrado un nuevo jefe de comunicaciones, el reto será disuadir a otros de sus trabajadores de seguir los pasos de Smith.

Por Peter Thal Larsen