TRIBUNA

Las tres 'ces' de don Andrés

Escribió don Jorge Luis Borges, mi amigo literario, que los clásicos son esos libros que se leen con fervor previo. Una hermosa definición, llena de ingenio, que evoca otros tiempos y otra forma de hacer las cosas, y hasta una manera distinta de acercarse a la literatura, a la filosofía, al derecho, a la sociología o a la antropología, saberes previos y colindantes que han sido las coordenadas que han cartografiado al hombre a lo largo de su historia. Y, lejos de sentimientos religiosos, el fervor es, sobre todo, devoción, pero también entusiasmo, ardor, admiración y adoración por alguien o por algo. En este caso, por mi amigo Andrés. Verán ustedes, amables lectores, por qué.

Después de 46 años trabajando ininterrumpidamente en la misma empresa, y con 61 años recién cumplidos, Andrés ha decidido dejar sus altísimas responsabilidades ejecutivas en una gran multinacional española, de la que era vicepresidente primero, y dedicarse a disfrutar de su vida, de su familia (Pilar, Andrés y Eva), de sus amigos, sus aficiones y, sobre todo, de su hasta ahora escaso tiempo. En el futuro no le faltarán tareas en algunos consejos y en otros ámbitos empresariales e institucionales, pero a partir de ya será dueño de si mismo y de su recuerdos, como cuando se inició en el laboro con solo 15 años -se dice pronto- o, más tarde, cuando quiso completar su formación en la universidad. A lo largo de tantos años de esfuerzo, aprendió inglés, se especializó en materias y áreas que tradicionalmente solo dominaban los anglosajones y viajó por todo el mundo sin pausa y casi sin descanso. Se formó como directivo y creció como persona y como mandamás al tiempo que lo hacia su empresa, a la que convirtió en referencia internacional, y mantuvo siempre a sus amigos, incluso a aquellos que en la empresa comenzaron con él y se fueron quedando en el camino, en los distintos escalones o niveles que llevan a la cima, que él supo alcanzar con humildad y decencia.

Don Andrés, un atlético acostumbrado a sufrir, supo siempre que los cargos nos obligan, por muy altos que sean (y más cuanto más arriba estén), al trabajo, a la disciplina, al ejemplo, a la austeridad y al compromiso responsable. Y supo también que ostentar un cargo, el que sea, es aceptar un honor, pero también disfrutar de ventajas y glorias que, en consecuencia, suponen aceptar sin reparos trabajos complejos, y obligarte a deberes inexcusables y a un importante esfuerzo, sabiendo que -cuando lleguen- hay que afrontar los peligros y los problemas que de ellos se deriven. Y dar soluciones. Andrés sabe que los directivos se deben a la empresa para la que trabajan; no son más que ella ni están -aunque en estos tiempos algunos lo crean y lo practiquen- por encima de la institución. Todos, todos sin excepción, tienen la sagrada obligación, y a todos les cabe la responsabilidad, de velar por el porvenir de la empresa y por los que son o puedan ser accionistas, clientes, empleados o colaboradores. Asentar esas bases es lo que ahora se llama sostenibilidad.

Don Andrés, que llamándose así podría dar nombre a un tequila o a un ron excepcionales, siempre ha sido un hombre capaz de tomar decisiones y de dirigir en el sentido esencial de la historia, que es el del provenir; ha creado equipos de verdad, rodeándose de los mejores y dejando atrás las urgencias diarias que nos hacen confundir el rábano con las hojas y no nos permiten distinguir lo importante de lo accesorio. Andrés sabe que la persona es el centro del universo y, con esa certeza, se esforzó en su empresa para cumplir, según la famosa fórmula de Kant, con los tres principios del progreso: cultivarse, civilizarse y moralizarse. Cuando yo le pregunté a este hombre honesto qué reglas guiaban su actuar en la vida y en el mundo de la empresa, me dijo que las tres ces: compromiso, convencimiento y cumplimiento de la norma, una especie de triple salto mortal sin red que define a los hombres que, como Andrés, son coherentes y cabales. Tres conceptos para la reflexión, tres argumentos que resumen el arte de dirigir y tres ces que, al declinarse, encierran en su interior una indestructible fe en los valores y en el papel central que el hombre debe protagonizar en las organizaciones.

Desde el compromiso, desde el proyecto en común con otros, don Andrés supo que en la empresa no hay buen gobierno sin transparencia y sin comportamiento ético, y tampoco cabe un proceder recto si en primer lugar no se obedece la ley, y si la ley a la que se obedece no esta fundada en la razón. Esta es una reflexión escrita con el deber ético de los afectos, al que los seres humanos deberíamos aplicarnos con generosidad y fruición. Pero, como cantara don Antonio Machado, querido Andrés, adjetivos y nombres son solo accidentes del verbo, de tu hermoso y futuro vivir, "del Hoy que será Mañana/ del Ayer que es Todavía".

Juan José Almagro. Doctor en Ciencias del Trabajo. Abogado