EDITORIAL

Bajamos la nota de S&P a bono basura

Corría el mes de agosto de 2007 cuando los mayores bancos centrales del mundo decidieron inundar los mercados de liquidez en una intervención destinada, básicamente, a socorrer al sistema financiero estadounidense. Fue el primer aviso serio de la crisis que se nos venía encima. Hoy, más de cuatro años después, se han producido acontecimientos que ni el más intrépido escritor de ficción coetáneo se hubiera atrevido a dibujar en el más fantástico de sus relatos. De la quiebra de Lehman a la refundación de la Unión Europea que está en curso de la mano de Alemania y Francia, pasando por cambios de Gobiernos en Grecia o Italia sin encomendarse a las urnas. En definitiva, se ha vivido casi un lustro de tsunamis económicos y políticos continuos que han hecho tambalear muchos de los principios que parecían inamovibles e indiscutibles a principios de siglo.

A pesar de todo, algo se había mantenido en este periodo contra viento y marea, la ascendencia de las agencias de calificación y su capacidad de influencia a nivel mundial. No obstante, hasta este paradigma debe saltar por los aires tras la increíble irrupción de Standard & Poor's (S&P) -junto a Moody's y Fitch, el tridente de agencias de calificación- en el escenario de la crisis tan solo unas horas después de que Angela Merkel y Nicolas Sarkozy pusieran las bases de lo que pretenden sea la nueva Europa.

Al margen de la calidad de los análisis técnicos -sobre los que posiblemente también se podría debatir-, S&P ha demostrado reiteradamente a lo largo de la crisis un don de la inoportunidad altamente sospechoso, mezclado con errores de bulto. Pero lo realmente chocante es que cuando todos y cada uno de los países de la Unión Europea están sometidos a un esfuerzo tan titánico como doloroso para cuadrar sus cuentas y cuando los líderes europeos están renunciando a muchos principios para salvar el euro y refundar el Viejo Continente, una agencia de calificación venga a torpedear, o al menos esa impresión da, el proceso. Las reacciones en las cancillerías, empezando por la alemana, han sido tajantes. Incluso el BCE sacó la artillería pesada para poner en tela de juicio el valor de la decisión. Sin embargo, lo más notable es que lo que hace unos meses hubiera desencadenado un nuevo martes negro en los mercados, ayer pasara con más pena que gloria por los parqués.

Nadie pretende sumarse a la tesis de una conspiración antieuropea. Es absurdo. Ni tan siquiera a la de que las murallas chinas -los dueños de S&P son fondos de los más activos en los mercados financieros, al margen de que alguno sea accionista también de Moody's- no son más que pura parafernalia. Nada de eso. No obstante, y a la vista de su poco solvente trayectoria a lo largo y ancho de la crisis, nos permitimos la licencia periodística de calificar al calificador: bono basura con perspectiva negativa.