Opinión

El triunfo del fallido proceso de paz

En la mañana del 30 de diciembre de 2006, un coche bomba destrozó el aparcamiento de la terminal T4 del aeropuerto de Barajas y, sobre todo, las vidas inocentes de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio. Además, el infernal artilugio significó, en la práctica, el divorcio definitivo entre la banda terrorista más anacrónica que ha campado por Europa en el último medio siglo y su brazo político.

El proceso de paz que se oficializó en la primavera de 2006 y que se venía fraguando desde años atrás le reportó al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, un sinfín de críticas encarnizadas por parte de los mismos medios de comunicación y políticos de la caverna que, solo ocho años antes, habían saludado la valentía y visión de Estado de su predecesor, José María Aznar. Como es sabido, el atentado de la T4 no hizo sino refrendar el "ya lo decíamos nosotros". Pero fueron muy cortos de miras.

Frente a las mentiras repetidas sobre hipotéticas rendiciones, Zapatero solo había apostado por el proceso que cabía dentro del marco jurídico español. Fue su negativa a ir más allá lo que llevó a ETA a realizar su última,y definitiva, escenificación de intransigencia. La T4 dio paso a la separación definitiva de Arnaldo Otegui y el resto de la izquierda abertzale de los enajenados terroristas. Y, sobre todo, llevó al conjunto de la sociedad vasca a la convicción definitiva de que no cabían componendas. La alternativa a la paz que no quisieron fue su aislamiento definitivo, internacinal y local. Las implacables detenciones ya nunca fueron acompañadas de protestas masivas. Desde entonces, fueron muy pocos los que alzaron la voz ante los encarcelamientos de las sucesivas mesas de Batasuna y sus marcas blancas.

A partir de entonces, la izquierda abertzale fue consciente de que, esta vez sí, debía apostar por la política para subsistir. Lo hizo. El debate interno iniciado a finales de 2009 se saldó con un apoyo casi unánime a la separación de Eta. Se estaba consiguiendo, por fin, lo que la democracia siempre había buscado, aunque la caverna siguiese mirando para otro lado, calificando cualquier avance de insuficiente o tramposo. El último paso lo dio Batasuna este mismo martes, pidiendo públicamente a ETA su disolución.

Ya está. ETA, acorralada policial y socialmente, ha dicho que cesa definitivamente su patética actividad armada. Por supuesto, ha incluido en su comunicado estupideces del género de que la "lucha" de sus patéticos "gudaris" ha merecido la pena. Consumo interno. La realidad es que la sociedad ha podido con ellos.

En estos tiempos en que Zapatero se despide del Gobierno con la valoración más baja entre los líderes políticos españoles, castigado por su fracaso en la gestión de la mayor crisis económica en 80 años, justo es reconocer que, en otro ámbito no menos importante, ha conseguido un triunfo. La apuesta por el proceso de paz, a la postre, fue un éxito: dejó a ETA definitivamente desnuda ante el conjunto de la sociedad vasca, incluso de la más intransigente.