Secretos de despacho

El revolucionario del Teatro Real

A los 72 años, Miguel Muñiz dirige la transformación del centro operístico

Tiene 72 años y una misión: revolucionar la ópera en Madrid. Está en ello. Sabe que el mundo mira hacia la renovación del Teatro Real y él no piensa bajarse de este barco que acaba de zarpar. Miguel Muñiz (Orense, 1939) fue nombrado director general en 2004, pero desde 2010 dirige un proyecto muy distinto.

El fichaje de Gerard Mortier, anterior director de la âpera de París y del Festival de Salzburgo, ha puesto a Madrid en la primera división de la lírica. No hay que olvidar que el belga renunció a Nueva York y recaló en la capital de España. Como un Cristiano Ronaldo que deja el Manchester para jugar en un Bernabéu de los sueños. "El Teatro Real está a primer nivel en Europa. Ahora se mira lo que se hace en Madrid. La prensa internacional está pendiente de nosotros", explica Muñiz. Si Mortier es el verdadero revolucionario, Muñiz es quien controla los resortes, el hombre necesario en el partido.

El nuevo proyecto "es un cambio radical, una apuesta por la ópera contemporánea, por la visión política y como instrumento para transformar la sociedad", asegura. Ríe Muñiz al darse cuenta de lo utópico que suena lo de "transformar la sociedad" a través del canto. "Es una frase que utiliza Mortier. Es una herramienta más, una forma de entender el arte".

"No ligaré mi cargo al nuevo Gobierno que venga. Me iré algún día, pero me apetece estar un tiempo más"

Nunca había sido gestor cultural. Anteriormente ocupó altos cargos en organismos públicos (ICO, SEPI, Argentaria), siempre bajo la Administración socialista, y estuvo de consejero en Caja Madrid hasta 2005. Incluso fue el 16 de los socios que fundaron la revista Cambio 16. El Ejecutivo de Zapatero pensó en él para ocupar este cargo en 2004. Su vínculo con la música, aparte de familiar, era el de ser miembro de la Asociación de Amigos de la âpera. Y no tiene intención de marcharse ocurra lo que ocurra en las elecciones del 20-N.

"Yo no ligaré mi cargo al nuevo Gobierno que venga. Lo digo como un principio institucional. Me iré algún día, que tal vez esté muy próximo, pero me apetece estar un tiempo más porque hay un nuevo proyecto que es muy interesante para la ópera y para el Teatro Real. Quiero consolidar el proyecto". Aunque es consciente de que no todo depende de sus deseos: "Otra cosa es que me cesen".

Entre sus logros de estos años destaca "la autonomía" otorgada al equipo artístico. También, los nuevos abonos de temporada. "Esto era un coto cerrado que dificultaba la entrada de nuevos espectadores", asegura. Y haber reducido los precios. Se lanzaron abonos populares y descuentos del 90% para los menores de 30 años. "El teatro es caro, muy caro", reconoce. Aunque descarta que el Real sea elitista. "Aquí no hay visones. ¿Qué cuesta un partido de fútbol? ¿Y un concierto? Ofrecemos teatro de grandísima calidad, sin reposiciones".

Reconoce que esta etapa de su vida es muy diferente. "Nada se parece a la gestión de este teatro. Ha sido una aventura. En una empresa todo es más ordenado. Aquí el producto es más aleatorio. A un artista no se le puede exigir el mismo determinismo que a un directivo". A su edad, se le nota que disfruta como un niño en plena faena. "Veo mi retiro a los 78 años. ¡Extender la jubilación solo hasta los 70 lo veo fatal!", bromea.

Sin duda, lo más difícil de estos años ha sido la crisis. Asume y comparte los recortes públicos, de un 30% en las cuentas, por responsabilidad. "Lo hemos pasado mal. Ha sido un ajuste duro. Hemos bajado los sueldos a la plantilla y reducido contratas". Pero cierto alivio ha llegado a través de la parte privada del presupuesto, que ya supone el 56%, en parte gracias a patrocinios. "El Teatro Real es ya una marca. Es otro de los logros. Todo el mundo quiere estar aquí y eso influye en las empresas. Es muy atractivo para ellas. Además hay muchos empresarios aficionados a la ópera", que han querido echar una mano.

El viernes abrió la temporada con Elektra, de Richard Strauss, una obra del siglo XX. El abono de 2012 incluye un espectáculo no operístico, de la artista Marina Abramovic. Espera, de nuevo, abucheos. Sabe que la apuesta revolucionaria no va a gustar al sector tradicional. "Hay una parte del público muy enfadada. Pero no vamos a renunciar al proyecto por una minoría. No queremos que el Real se convierta en un museo donde ver obras geniales, pero siempre las mismas".

Un 'gran hermano' en el despacho

"No cambié nada del despacho cuando llegué", cuenta Muñiz. Incluso cosas que no le gustaban las dejó. Le rodean en su día a día muchos libros, un panel donde pinchar lo que necesita tener a mano, un ordenador, un teléfono que descuelga durante la entrevista para aclarar dudas y un televisor. Relata que acude a tres o cuatro representaciones de cada obra, pero utiliza el monitor para seguir las demás funciones en directo, mientras trabaja. Y para observar cómo se desarrollan los ensayos. "Lo tengo todo vigilado", como un gran hermano.

Encima de su mesa, una foto antigua de su hija, que ahora tiene 17 años, y el manual de consulta Mil y una óperas, de Piotr Kaminski. Cuenta también con un equipo de música, aunque reconoce que no puede trabajar escuchando canciones, no se concentra. Su día a día pasa por comenzar revisando los números de la institución y la venta de entradas y "tomar las decisiones necesarias, por ejemplo, de promoción".

Está muy encima de la actividad del departamento audiovisual. Entre las novedades que avanza se encuentra el palco digital en directo y una biblioteca online, que se sumarán a la iniciativa de los DVD o las pantallas gigantes en la plaza de Oriente.