COLUMNA

La Europa necesaria

Está claro que sin Europa no hay salida, tampoco para la crisis económica. Ninguna duda de que si la Unión quedara abolida, si de la formación dificultosa en orden cerrado pasáramos al ¡rompan filas! y al ¡sálvese quien pueda!, los europeos quedaríamos enseguida arrumbados por el viento de la historia y por las desventajas de la demografía a la playa de la insignificancia, según certero diagnóstico de Julio Cerón. Conviene atender a los efectos y remontarse a las causas. Porque desde que estallaron las subprime en Estados Unidos y sus efectos derivados cruzaron el Atlántico, hemos pasado por dos fases bien contrastadas.

La primera, supuso un estallido de lucidez escarmentada. Se observaron con atención los abusos, se percibieron con nitidez las consecuencias desastrosas de las desregulaciones salvajes, se trazó una hoja de ruta con acuerdos muy precisos tomados en el G-20 para que nunca más entráramos en esa espiral. La segunda fase supuso pasar de la epilepsia a la parálisis. Porque de todas las medidas terapéuticas enunciadas ninguna se activó. Los causantes de la crisis siguieron impávidos recibiendo sus bonus multimillonarios.

Las agencias de rating, que hasta la víspera de quiebras como la de Lehman Brothers otorgaban a esos bancos y a sus productos tóxicos la máxima calificación, ni siquiera rogaban disculpas por las molestias causadas. Nada que ver esta impunidad con las consecuencias que se desencadenaron sobre la auditora Arthur Andersen cuando convalidó en falso las cuentas de Enron antes de que se vinieran abajo. Entonces de los arturos no quedaron ni las raspas, sus socios perdieron hasta la camiseta.

Ahora las tres hermanas -Standard and Poor's, Moody's y Fitch- siguen tan campantes, sin que nada les pase factura y pasando a su vez facturas, calificaciones y descalificaciones a todos los demás. Aquí como escribió Miguel de Cervantes en su poema al túmulo de Felipe II, cada uno de estos aprovechatéguis "caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada".

Washington sabe bien que con las cosas de comer no se juega, por eso ha tomado cartas en el asunto, dispuesto a impedir que se consumen las tendencias suicidas de sus socios de la otra orilla del Atlántico Norte. De ahí que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, haya decidido enviar al secretario del Tesoro, Timothy Geithner, para que se sume a la reunión del Ecofin, Consejo de Ministros de Economía y Finanzas de la Unión Europea, convocado hoy en la ciudad polaca de Wroclaw.

También los emergentes, que hemos dado en llamar por su acrónimo BRICS, es decir, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, se han lanzado al rescate del euro. O sea, que conforme aumenta la distancia a Bruselas crece el fervor europeísta y según disminuye cunde el escepticismo. Es lo que sucede con los paradigmas evangélicos, que se viven con tan grande entrega en las misiones remotas establecidas en las condiciones más precarias mientras en Roma, la capital del orbe católico, el ambiente de la curia cardenalicia se caracteriza por el descreimiento cínico y el desenfreno moral. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama prefiere una Europa competente, que compita activamente con su país. Sabe que la moneda común europea, el euro, es una compañera necesaria de la divisa estadounidense, el dólar. También para los chinos se trata de la pareja ideal para el yuan, que de otra forma tendría que habérselas en solitario con el billete verde.

De manera que la Reserva Federal americana y el banco central de Pekín se diría que apuestan por el euro con más convicción que lo hacen las autoridades de Berlín, dedicadas al cultivo irresponsable del rumor pensando hacer así méritos ante doña Angela Merkel. Así se hunden las Bolsas y se disparan las primas de riesgo de la deuda.

Pensemos cómo nos hubieran cubierto de vergüenza por todas partes si los comentarios descabellados que, en estas circunstancias extremas, han prodigado los colaboradores del entorno inmediato de la canciller de Alemania se los hubieran permitido, por ejemplo, los que acampan en La Moncloa junto al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Delenda est Merkel.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista