EDITORIAL

Suiza, el peor ejemplo del sálvese quien pueda

Todas las crisis económicas globales han desatado comportamientos proteccionistas, que en la mayoría de los casos en vez de salvaguardar privilegios han multiplicado los efectos de las recesiones, sacrificando víctimas en absoluto responsables de la pérdida de riqueza. Las barreras comerciales comenzaron a levantarse en 2008 en la mente que los gestores políticos independientemente del grado de apertura de las economía que gestionaban, y a punto estuvo de sepultarse la liberalización comercial que sin precedentes se había logrado en los últimos años del siglo pasado y que se había constituido en uno de los principales valedores del crecimiento y la redistribución de riqueza en el mundo. Pero únicamente China mantiene un protectorado sobre su propia producción manufacturera con herramientas cambiarias, y permitido porque tiene una contrapartida financiera de inestimable utilidad para EE UU: la compra de deuda emitida en dólares que tienen que mantener su valor.

Ahora, cuando las tenues luces que alumbraban la recuperación económica en el mundo se han apagado, y de súbito parece que es inevitable una recaída de dimensiones no calculadas, vuelven a aparecer iniciativas proteccionistas que ponen en riesgo la libertad económica, uno de los pocos activos que siempre han sumado más que restado. Ayer fue el Banco Nacional de Suiza quien rompió el consenso no escrito que rige la libertad de movimientos controlados de las divisas en el mercado mundial para frenar lo que considera una excesiva y peligrosa apreciación del franco suizo.

Las autoridades helvéticas estiman que el refugio en el que se ha convertido su moneda ante la incertidumbre generada en la zona euro y en otras áreas monetarias del mundo ha llevado al franco a una apreciación deflacionista y que encarece hasta límites no competitivos sus exportaciones. Por ello han intervenido en el mercado, como se hace habitualmente y de forma consensuada entre todos los bancos centrales en momentos de tensión; pero ahora han añadido su plena disposición a mantener un tipo de cambio mínimo del franco con el euro, a la manera que hasta ahora solo practica el régimen comunista de Pekín con el dólar. La operación de ayer, que repetirá cuantas veces sea necesaria con la compra masiva de otras divisas, depreció un 8% el franco, hasta traspasar el umbral de 1,2 unidades por euro.

Al BCE, la decisión no le gustó: en un tan diplomático como parco comunicado, imputó la decisión a la exclusiva responsabilidad suiza, y que Fráncfort se limitaba a "tomar nota". La trascendencia comercial de movimiento helvético es limitada, puesto que la economía suiza es eminentemente financiera; pero rompe un sistema de equilibrio consensuado en los mercados de divisas, que de paso respeta el sacrosanto secreto bancario que convierte al país de los Alpes en oasis y búnker financiero, y a los negocios en torno al dinero en su más selecta industria.

Pero el significado de la decisión de Zúrich esconde el temor cada vez más arraigado entre las manos fuertes del dinero de que la crisis se ha ido definitivamente de las manos, y que no están ya los responsables políticos en disposición de ofrecer una solución rápida. Las titubeantes medidas, primero negadas y luego confirmadas, de las autoridades europeas desde que arrancó la crisis de la deuda no envían sensaciones de credibilidad y confianza a los mercados, que han comenzado ya a descontar los peores escenarios antes de que se produzcan, y los actores que disponen de cierta autonomía para tomar sus decisiones empiezan a pensar en el odioso sálvese quien pueda.

Y esa es precisamente la peor de las soluciones, puesto que añade limitaciones al movimiento de la liquidez en un momento en el que esta tiene pocas vías solventes de escape, lo que sin duda redoblará la desconfianza, y paralizará operaciones de refinanciación que estaban en marcha, como las retrasadas esta misma semana por la banca española. Los inversores y la ciudadanía en general demandan una clarificación rápida de la situación a quienes tienen encomendada la gestión de la economía, tanto en Europa como en el mundo, porque la espiral destructiva en la que han entrado los mercados financieros, además de destruir riqueza, intensifica una desconfianza que empieza a ser de uso obligado.