TRIBUNA

Si yo fuera alemán

Cada día estoy más convencido. Los mercados financieros no es que no siempre acierten, sino que en ocasiones fallan, y de qué manera. No es recomendable, por tanto, extraer verdades absolutas a partir de las cotizaciones, tanto en momentos de euforia (burbuja puntocom) como de escepticismo (marzo de 2009, cuando el Ibex llegó a cotizar en 6.800 puntos). Estamos, en mi opinión, en uno de esos momentos de exuberancia irracional, esta vez caracterizada por el pesimismo y amplificada por la especulación. Hay ciertos tipos de inversores que no solo saben aprovechar movimientos bajistas, sino que parecen capaces de obtener de ellos mayores beneficios. La dificultad para implantar ciertas estrategias, el menor censo de este tipo de agentes y el pánico que suele acompañar los procesos correctivos (no, los rendimientos de los activos no se distribuyen según un función normal, ese es otro mito) condicionan el mayor éxito relativo de las apuestas bajistas. Pero sería irresponsable agachar la cabeza ante la evolución de las cotizaciones amparándose en la irracionalidad a corto plazo y en la especulación. Por un lado, porque la propia evolución de las cotizaciones tiene impacto sobre la economía, en una suerte de profecía autocumplida que se debe evitar a toda costa. Segundo, porque conviene saber qué es lo que justifica la acción de ciertos inversores que, en un claro comportamiento de manada, arrastra al resto. Y, tercero, porque aunque los mercados no siempre acierten, en ocasiones, lo hacen.

Aceptemos, por tanto, esta capacidad superior de análisis de los mercados. ¿Qué acontecimientos justificarían el repunte reciente de las primas por riesgo de los países de la UME, entre los que conviene incorporar ya a Francia, al haber alcanzado los 75 pb? Desgraciadamente, se han juntado varios, aunque, en el caso de España, más vinculados al entorno exterior que al doméstico, lo que dificultar justificar los 400 pb de riesgo país. El PIB ha continuado avanzado, de forma lenta, pero más sana. El déficit público se mantiene en la senda de la reducción y aunque desde las Comunidades Autónomas se ha generado un importante ruido, en términos cuantitativos no permite ocultar la mejora del Estado. El proceso de reestructuración y saneamiento del sistema financiero español ha dado nuevos pasos, con hitos tan relevantes como la salida a Bolsa de Bankia y Banca Cívica o la tercera intervención de una caja de ahorros. Desde la esfera política, la incertidumbre respecto a la fechas de las elecciones también se ha disipado. Sea como fuere, si atendemos a la evolución de la prima por riesgo española e italiana en las últimas semanas (prácticamente en paralelo) parece como si los aspectos domésticos no importasen. Y es posible. España tiene un problema de déficit público, mientras que Italia lo tiene de deuda pública. El elevado apalancamiento en España está asociado al sector privado, pero este será capaz de pagar sus deudas gracias al crecimiento de la actividad fuera de nuestras fronteras. Las empresas españolas han aumentado su cuota en las exportaciones mundiales, todo lo contrario que las italianas. Es cierto que la gran diferencia positiva de Italia respecto a España es que no tienen que hacer frente a una burbuja inmobiliaria y que su posición de la balanza por cuenta corriente es mejor que la nuestra. Pero no es mi intención comparar España e Italia, en un ejercicio que requeriría mucho más espacio, sino solo constatar que las diferencias son mayores de lo que parecen a partir de la evolución casi en paralelo de nuestras primas por riesgo país, lo que enlaza con lo comentado al inicio: los inversores internacionales han decidido reducir el riesgo de sus carteras y eso pasa por vender España e Italia.

¿Y por qué han decidido moderar el riesgo? Por la decepcionante actuación de los responsables políticos en Europa y en EE UU durante julio, que no ha hecho más que poner de manifiesto que en uno de los momentos más críticos de las últimas décadas, no contamos con estadistas a la altura de las circunstancias. Es decir, los políticos son el agente con el mayor poder de decisión y los que ejercen ahora el cargo no son capaces de responder a las exigencias, que son, caprichos de la Historia, máximas . Y ante esa combinación tan peligrosa, los gestores profesionales que cobran por, al menos, mantener el valor de las inversiones de sus clientes, optan, en un ejercicio de prudencia razonable, por vender los activos percibidos con más riesgo, abriendo el campo de juego a los especuladores que se encargan de amplificar los movimientos.

Lo reconozco, si yo fuera un gestor de un fondo de inversión, por ejemplo, de Alemania, exigiría una prima por riesgo a los bonos españoles (¡aunque no sé si de 400 pb!), asustado por la evolución de las cotizaciones y ante riesgo asimétrico de equivocarme; pero que yo, gestor alemán, actuase con excesiva prudencia, no implicaría que supiera más sobre la situación de la economía española, y mucho menos que estuviese apostando por problemas en España. Estaría, simplemente, alineado con los mercados, unos mercados que, precisamente, yo mismo conformaría.

¿Qué me llevaría a comprar? Ver que manos fuertes lo hacen. Y una de ellas, claramente, es el BCE a través del SMP. Y, otra, el EFSF, que tiene que actuar con rapidez para poner en práctica uno de los acuerdos tomados hace unas semanas.

David Cano Martínez. Director general de Afinet Global EAFI