COLUMNA

Reino Unido, ¿el próximo?

Estamos asistiendo a un proceso en el que una gran parte de la economía occidental está completamente a la deriva. La actual crisis sistémica ha dejado sin referencias a buena parte de las autoridades públicas, a lo que hay que añadir el vaciado intelectual de la academia, que asiste perpleja al desmoronamiento de todo el paradigma neoclásico.

Con estos parámetros, tanto los Gobiernos como los bancos centrales intentan de forma desesperada mitigar los efectos de la crisis de deuda privada que asola a los países centrales, especialmente EE UU y Reino Unido, y que tiene ramificaciones y alumnos aventajados entre los países periféricos europeos, como España, Grecia o Portugal. Hasta ahora, todo el ruido mediático, y donde se han focalizado los lobbies financieros, ha sido en la grave situación de los periféricos, sin entrar a valorar que el riesgo de EE UU, Reino Unido o Alemania por contagio puede desencadenar una recesión sin precedentes.

El caso británico es digno de estudio. La economía de Reino Unido ha sido afectada de forma significativa por la crisis financiera y económica internacional. El PIB en 2010 fue un 4,5% más bajo que el pico alcanzado en la fase precrisis. El desempleo ha aumentado en más de 800.000 personas desde 2007 y las finanzas públicas se han deteriorado de forma abrupta, alcanzándose en el ejercicio 2010-2009 una cifra de déficit público del 10% del PIB, algo impensable en esta economía.

Existe evidencia de que parte de la caída del PIB sufrida, lejos de ser un shock transitorio, se va a convertir en permanente. Las estimaciones apuntan a que el coste de la crisis bancaria puede ser algo superior al 60% del PIB existente con anterioridad a la crisis. Esta situación se ha traducido en que más de un 80% del capital del Royal Bank of Scotland y más del 40% del Lloyds Bank Group son propiedad del Estado, después del proceso de rescate llevado a cabo por el Ejecutivo desde el estallido de la crisis financiera en 2008. Sin duda, este proceso ha deteriorado significativamente la competencia en el sistema bancario británico, con un proceso de desaparición, o absorción, de buena parte de los competidores de los dos grandes grupos. El proceso de bancarización británico, y sobre todo el peso de este sector en la economía, explican las serias consecuencias futuras de esta profunda crisis financiera. Reino Unido es el país con mayor porcentaje de activos bancarios domésticos sobre el PIB, casi el 500% del PIB.

Con esta situación, resulta muy útil analizar qué ha ocurrido en el pasado en diversos países para entender la magnitud del efecto que va a tener para Reino Unido esta crisis bancaria, cuyo origen es claramente sistémico. La evidencia empírica muestra que, salvo en los casos de Suecia y Corea, las crisis bancarias han tenido unos efectos permanentes para los países que las han sufrido, y en el caso de Reino Unido, las expectativas son claramente de una pérdida de PIB potencial considerable. Esto también tiene que ver con el modelo de solución de crisis bancarias, que en el caso de Suecia supuso un castigo muy severo a los gestores, también pérdidas para los acreedores y un grado de transparencia máximo.

Las necesidades de incrementar el capital y la liquidez del sistema bancario son claves para restaurar la confianza y el buen funcionamiento del sistema financiero. Sin embargo, en el caso de Reino Unido hay dos problemas fundamentales. La evidencia empírica revela que a menores ratios de capital y solvencia, como es el caso del Reino Unido, mayores pérdidas en el PIB con posterioridad a la crisis bancaria. En este sentido, Reino Unido tiene dos hándicaps muy graves. Uno es que la competencia bancaria prácticamente ha desaparecido, Reino Unido controla más del 60% del total del capital de los dos principales grupos bancarios. Y el segundo es que no puede inyectar más capital a sus entidades, pues la situación de las finanzas públicas no lo permite.

En resumen, la crisis financiera ha provocado un aumento de la probabilidad de suspensión de pagos por parte de entidades británicas, y también irlandesas, a partir de la crisis de Lehman. Sin embargo, a pesar de una cierta estabilización en 2009-2010, no podemos descartar una crisis de deuda soberana, pero también bancaria, lo cual hace de la economía británica una economía muy vulnerable. La severa consolidación fiscal ha elevado, aún más, la probabilidad de quiebra del sistema financiero, pues el nivel de desempleo y el empobrecimiento social harán que la pérdida de PIB potencial se convierta en estructural y así Reino Unido deje de ser una gran potencia, básicamente financiera, y pase a ser un país con serias dificultades para crecer al nivel de antaño.

Alejandro Inurrieta. Economista y colaborador de la Fundación Ideas