COLUMNA

El sistema nacional de salud, un éxito subversivo

Se han cumplido 25 años de la Ley General de Sanidad y en una democracia conmemorativa como la nuestra, el aniversario ha tenido la correspondiente celebración en el Congreso de los Diputados. La Ley venía a sustituir otras de muy antigua data. La de 1942, mediante la que se constituía el Seguro Obligatorio de Enfermedad bajo el Instituto Nacional de Previsión, y la de 1944. Las razones que la avalaban provenían de nuestra Constitución. La primera, es el reconocimiento en el artículo 43 y en el 49 del derecho de todos los ciudadanos a la protección de la salud de manera efectiva. La segunda, el reconocimiento en los Estatutos de las comunidades autónomas de amplias competencias en materia de Sanidad.

La sala cedida por el Congreso para la solemnidad que se llamaba de Columnas acaba de ser rebautizada con el nombre de Ernest Lluch, ministro propulsor de la ley impulsora del Sistema Nacional de Salud. Un sistema que universalizaba la asistencia sanitaria y procedía a su modernización. Estamos hablando de un éxito que se considera impropio, subversivo. De ahí que se hable con frecuencia del sistema sanitario español como insostenible y necesitado de la contribución directa de los usuarios/enfermos para su mantenimiento mediante el recurso al copago.

Estos mensajes se acompañan con cifras seleccionadas ad hoc, pero los informes de la Agencia de Evaluación y Calidad de las Políticas Públicas permiten un análisis más riguroso. De ellas resulta que si se toma como indicador el gasto público destinado a sanidad en términos de porcentaje del PIB, España es uno de los países con cifras más bajas entre los miembros de la OCDE y también de la Unión Europea. Según datos proporcionados por la OCDE, la media del gasto sanitario público en los países de la UE-15 es de 7,4% del PIB, mientras en España es del 6,5%. Si se optara por la medida del gasto público en sanidad por persona, España se situaría también a la cola, junto con Grecia y Portugal. La media del gasto sanitario por persona en cifras de poder paritario de compra es de 2.676 dólares mientras que en España es de 2.105 dólares.

Hora es ya de decir la verdad, aunque duela. Debemos reconocer que los resultados del Sistema Nacional de Salud están entre los mejores del mundo, tanto si se utilizan como indicadores los índices de salud como si se prefieren los de equidad del sistema o los de percepción ciudadana. Por ejemplo, España es uno de los cuatro países del mundo con menor mortalidad infantil, ocupa el segundo puesto en términos de accesibilidad de personas con menos recursos y su sistema sanitario está calificado entre los de mayor rendimiento global por parte de la OMS. Al mismo tiempo que los datos del eurobarómetro confirman que los españoles están entre quienes mejor valoran sus centros de salud, hospitales y atención especializada, siempre por encima de la media de los ciudadanos de otros países europeos.

Explica la directora de la Agencia de Evaluación, María Luisa Carcedo, que existe la evidencia de una mayor calidad de asistencia sanitaria pública y un reconocimiento generalizado de los expertos de que la superioridad de la atención pública en relación con la privada. Además de que las empresas con afán de lucro en los servicios sanitarios tienen, por sus propias características, otros enfoques de gestión entre los que no figuran los efectos de la equidad tanto en la promoción de la cohesión social como del equilibrio territorial, pilares de nuestra Ley General de Sanidad. Otra cosa es que el volumen de recursos que gestiona el servicio de salud y las oportunidades de negocio que algunos atisban se vaya convirtiendo en una amenaza para el mantenimiento de la provisión pública del servicio conforme a las características actuales.

Estamos en momentos de crisis, de escasez de recursos. Por eso, también el Sistema Nacional de Salud deberá revisarse con rigor. La eficiencia y la equidad de un sistema están siempre sometidas a la erosión de los agentes de la intemperie, que tienden a degradarlas. Además de que los logros alcanzados tampoco se obtienen con carácter irreversible. Véase lo que ha quedado de la democracia en la Italia de Berlusconi o del British Railways y del National Health Service después de la señora Thatcher. Continuará.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista