La opinión del experto

El valle de la Silicona

Tontxu Campos anima a innovar y a no temer el fracaso. E invita a todas las instituciones, desde empresas y universidades hasta fondos de inversión, a apostar por este modelo californiano

Confieso que me gustan las películas de James Bond. Con sus más y sus menos, puede pasarse un buen rato. Por algo James Bond lleva décadas en la gran pantalla sin desmerecer lo más mínimo, a pesar del paso de los años. En Panorama para matar, me produjo hilaridad saber que el malo de la película quería arruinar el Valle de la Silicona. Obviamente, se refería al Silicon Valley, y como se habrán dado cuenta los lectores, la confusión se debía a un error en la traducción al castellano del término Silicon. Lo perdonable a un principiante en el estudio de la lengua inglesa resultaba tremendamente extraño para una producción cinematográfica de tal éxito y presupuesto.

Traigo a colación la anécdota porque son muchos los actores que, a nivel internacional y también con presupuestos significativos, han intentado e intentan clonar en sus respectivos ámbitos geográficos dicho valle como expresión de sus esfuerzos en innovación; pero como demuestra la praxis, salvo en un par de casos, tales esfuerzos han resultado baldíos; lamentablemente, ni siquiera han conseguido construir un Valle de la Silicona.

En verdad es fascinante el Silicon Valley, pero hace tiempo que llegué a la conclusión de que es imposible clonarlo y que los esfuerzos en tal sentido debían y deben ser reconducidos a conformar nuestro propio valle de la innovación. La copia casi nunca produce efectos positivos a largo plazo. Pero, el aprendizaje vehiculado sabiamente a la acción puede hacerlo. Por eso, hay algunas lecciones que se extraen del éxito del admirado valle que no debieran ser obviadas si se desea avanzar en la dirección correcta.

La primera es que tras todos los éxitos conocidos en el deseado valle hay muchos fracasos desconocidos. Tras los míticos garajes, hay muchos más en los que se esconden historias de proyectos que no vieron la luz o que duraron muy poco. El término serial entrepreneur suele emplearse mucho en la zona, pero no tanto para indicar algo cuantitativo, cuanto cualitativo, es decir para referirse a la verdadera persona emprendedora (se da por supuesto que no ha tenido éxito en todas sus iniciativas, pero no por ello ha cejado en el empeño, y es eso lo que la sociedad le reconoce). En el Silicon Valley el fracaso no se estigmatiza, sino que es considerado el preludio del éxito. Mientras no cambiemos nuestra actitud al respecto, no habrá valle de la innovación.

La segunda lección, implícita en la anterior, es la asunción responsable del riesgo. Nadie quiere fracasar con su iniciativa, pero todo el mundo sabe que se corre el riesgo no solo de no ganar, sino de drenar del sistema algunos recursos generados en aventuras previas de éxito. Y eso no les frena. Consideran más dañino para el sistema estar parados, vivir de las rentas pasadas o copiar lo que otros hacen que afrontar el reto de intentar innovar, aunque ello suponga canibalizar sus propias iniciativas previas. Porque si ellos no lo intentan, alguien lo hará y entonces dejarán de ser Silicon Valley. Debemos aprender a no temer el riesgo y sí a gestionarlo responsablemente.

La tercera es que todos los actores: universidades, centros de investigación, personas emprendedoras, empresas consolidadas, fondos de inversión e instituciones públicas, cada una en su papel, están trabajando en la misma onda en el valle. Nadie espera que el otro haga lo que a él le corresponde. Es necesario que cada actor ajuste su aportación a la cadena de la innovación de manera armónica y coordinada y asuma sus responsabilidades.

La cuarta es que allí lo natural es emprender en el sentido más schumpeteriano del término; esto es, la persona emprendedora es la encargada de combinar las personas y los recursos económicos de manera innovadora en todos los ámbitos de la comunidad (no solo en el económico). Las personas emprendedoras no son ni genios ni bichos raros; hay que hacer del emprendimiento algo consustancial al ser humano y, para empezar a cambiar, podríamos convertir a las personas emprendedoras en campeonas de la sociedad.

Un apunte final, en el Silicon Valley cada vez hay más empresas ligadas a las ciencias de la vida o a los materiales inteligentes. La zona que identificamos con la industria vinculada a las tecnologías de la información y la comunicación se está abriendo a otros sectores. Por eso, cada territorio debe encontrar su propio camino en pos de esa ansiada y necesaria innovación. Es posible, es factible y, además, si lo pensamos detenidamente, es lógico. ¡Pongámonos pues manos a la obra! No hay tiempo que perder.

Tontxu Campos.