Un escenario asimétrico

Una economía que se mueve a tres velocidades

Tras esquivar la gran depresión, el mundo crecerá en 2010 a tres ritmos diferentes, liderado por los países emergentes. España no estará entre las economías más dinámicas

La primera semana de marzo afloraron a la superficie los temores que desde que estalló la crisis financiera, hacía ya casi dos años, estaban sumergidos en la mente de los agentes económicos. Y lo hicieron con tal virulencia que sometieron a las Bolsas a un descenso de sus cotizaciones desconocido, y que recordaba, una vez más, al miedo que sobrevoló la Tierra en 1929. La ingente cantidad de dinero público gastado en estimular las economías no parecía suficiente, y el fantasma de la gran depresión desbordaba la certeza de que el mundo que temblaba bajo nuestros pies únicamente estaba en una recesión clásica.

Además, la desconfianza en los mercados financieros persistía, marcando el paso de los acontecimientos, y un vertiginoso deterioro de los activos de la banca puso en cuestión la supervivencia misma de los bancos, afectados todavía por la herida no cauterizada de la quiebra de Lehman Brothers. Las cotizaciones de los bancos se derrumbaron hasta precios de saldo y sus emisiones deambulaban por los mercados como apestados bonos basura. Sólo la rápida reacción de los Gobiernos más afectados, el británico y el norteamericano sobre todo, con la recapitalización de las entidades con dinero público, devolvió la serenidad a los mercados y la respiración a la población.

Se había evitado la quiebra encadenada del sistema financiero y el fantasma de la gran depresión se alejaba poco a poco. Eso sí: el precio pagado era altísimo, con unos desembolsos de dinero de los contribuyentes desorbitados, que pasarán al cobro sus periódicas facturas en forma de crecimiento limitado a lo largo de los próximos años.

La crisis financiera desveló la situación de sobrecapacidad de unos cuantos sectores industriales en todo el mundo, que debían encaminarse a operaciones de cirugía gruesa para poder sobrevivir. Además del sector inmobiliario, el automovilístico, con gran trascendencia en los países ricos, acaparó los auxilios públicos para sobrevivir y limpiar de coches las abarrotadas campas de los cinturones industriales, aunque con dimensiones más razonables. Pero otras muchas actividades manufactureras recortaron su capacidad notablemente para ajustarse a una demanda paralizada, que sólo después se ha ido relajando a medida que la confianza se ha restablecido, aunque sea cogida con alfileres.

Este año y el que viene la economía global tendrá ya un desempeño razonable, aunque el saldo sobre el empleo será deprimente en casi todo el mundo. La capacidad de crecimiento de los países emergentes ha arrastrado la actividad en mundial, y hoy las economías avanzan a tres velocidades diferentes: la de los países emergentes de Asia y Latinoamérica, que mantienen buena parte de sus niveles de producción y tienen demanda creciente; la de las grandes economías maduras de Norteamérica, Asia y Europa, que ya registran tasas positivas trimestrales gracias a los impulsos a la demanda interna y a la recuperación del comercio internacional; y la de las economías maduras que han sobrepasado todos los límites de la ortodoxia en la fase de crecimiento y no han logrado purgar los excesos para recuperar un crecimiento no inflacionista y generador de empleo.

España es uno de los mejores ejemplos de esta tercera velocidad, junto con países como Japón, o todos aquellos cuya economía depende más de la demanda interna que de la actividad exportadora, y que están atenazados por el sobreendeudamiento de sus actores económicos.

España ha acumulado en los diez últimos años niveles de apalancamiento en su sector privado muy elevados, y los recursos han sido depositados de forma mayoritaria en la actividad residencial, con escaso recorrido productivo y muy poco resistente al cambio de ciclo de actividad. Pese a que las tasas de ahorro se han disparado en el último año, los niveles de deuda de empresas y familias siguen estando por encima de lo razonable como para volver a tasas de avance de la demanda abultadas. Todos los escenarios dibujados por los organismos internacionales divisan un paisaje pesimista para España, en el que la actividad se desenvolverá en un ciclo retrasado en los próximos ejercicios como consecuencia de la necesidad de purga de sus excesos.

Los intentos acelerados por cambiar el modelo de crecimiento de su economía se han quedado hasta ahora en buenas intenciones, con una vasta norma que moviliza muchas iniciativas que las empresas han saludado de buen grado, pero que no resuelve los grandes defectos de la economía española. El modelo de crecimiento no se cambia de un día para otro. Pero nadie discute ya que se precisan una buena serie de reformas estructurales para amplificar el crecimiento potencial de la economía y recuperar lo antes posible tasas de crecimiento que absorban el creciente desempleo. En caso contrario, el colectivo de parados será muy voluminoso durante demasiado tiempo, lo que a su vez retrasará la estabilización de las cuentas públicas, con el consiguiente riesgo de pagar una factura financiera demasiado elevada y que reste capacidad de crecimiento a la economía.

La marcha de los mercados financieros, los bursátiles en concreto, descuenta un escenario más optimista que los organismos internacionales, con una revalorización de los activos muy rápida en los últimos diez meses de este año. Pero los temores a un estancamiento de los precios, o incluso un ajuste severo, han vuelto a surgir. En el caso de España, los índices envían una información engañosa, puesto que casi el 60% de las ventas y los beneficios de las empresas cotizadas provienen de fuera, y buena parte de economías ajenas al euro.

Ajuste bancario para financiar la salida

Dinero demasiado barato durante demasiado tiempo. Esa fue la causa general que, mezclada por una descuidada supervisión y profesionalidad de los agentes financieros, provocó la crisis financiera que ha devenido en una recesión económica global y que ha costado millones de empleos en el mundo. En España, con una sobreconcentración de la inversión en los activos inmobiliarios, el sistema financiero ha multiplicado por dos su tamaño durante los años transcurridos del siglo, y ahora tiene, además de una sobredimensión importante, un volumen nada despreciable de créditos de alto riesgo de impago, que pone en peligro su estabilidad y exige mayores niveles de capitalización para mantener su actividad crediticia. Los riesgos están más concentrados en las cajas de ahorros que en la banca comercial cotizada, y deben afrontar un proceso de ajuste de capacidad y recapitalización acelerado para conceder crédito sin riesgo y contribuir a la recuperación.

Ajuste de la oferta. El precio de un millón de casas se resiste a bajar

La vivienda es un bien de inversión en la mayoría de las economías desarrolladas, pero en España se ha desenvuelto como tal sólo en este ciclo reciente de crecimiento. La vivienda ha pasado de ser el depósito de ahorro tradicional de los hogares españoles a convertirse en un activo de especulación.

El abaratamiento extremo del dinero experimentado desde la entrada en el euro y las fuertes revalorizaciones que tradicionalmente registran las casas en España (la creencia popular de que el valor sólo está en ellas) ha convertido a los inmuebles en objeto de tráfico financiero, disparando su precio hasta tasas irracionales y maniatando, de paso, la capacidad de ahorro e inversión alternativa de millones de hogares durante varios años.

Así, con una deuda familiar cercana al PIB y mayoritariamente invertida en casas, la economía española observa cómo un estocaje de un millón de viviendas construidas, más otro número incalculable de casas en venta en el mercado de segunda mano, se resiste a bajar y retrasa el ajuste de la economía nacional. Hasta ahora, en el mejor de los casos los precios han descendido un 15%; pero el ajuste debería duplicarse en los próximos años.

Consumo e inversión. Desapalancamiento privado demasiado lento

El endeudamiento de los agentes privados en España supone prácticamente 2,5 veces el PIB, con un crecimiento descomunal en los años del siglo XXI. Tanto las empresas como las familias acumulan unos compromisos financieros que mediatizan las decisiones futuras de consumo e inversión. Sin una purga significativa del apalancamiento de los agentes privados la economía española difícilmente recuperará los crecimientos necesarios para recuperar las tasas de empleo que había alcanzado antes de la crisis. De hecho, hasta hace unos meses el crédito vivo a empresas y familias seguía creciendo en España, y el ajuste se ha concentrado más en los préstamos para el consumo que para la inversión inmobiliaria.

El único motor de la actividad económica está ahora en el gasto público, que se ha disparado con los incentivos a la actividad inversora municipal y la creciente cuantía de las prestaciones por desempleo generadas por la crisis. Pero las advertencias de las agencias de calificación sobre los riesgos de acumular deuda pública en exceso deben reconducir el gasto público en el futuro, dejando en manos exclusivamente privadas la recuperación de la demanda.

Saneamiento financiero

-Público, para que la prima de riesgo de España no se eleve y el endeudamiento sea financiable sin hurtar excesivos recursos privados a la actividad económica.

-Y privado, con la estabilización del sistema financiero, que tiene una cartera de activos inmobiliarios (crédito a promotores) que puede condicionar su política crediticia.