Salida en falso en la presidencia del BCE
El plazo de Jean-Claude Trichet como presidente del Banco Central Europeo (BCE) expira en 2011, pero las maniobras sobre su sucesor ya han comenzado. Un funcionario alemán ha dado a entender que una figura de ese país -presumiblemente Axel Weber, el presidente del Bundesbank- sería el candidato idóneo para el empleo más importante de la eurozona.
El euro y el Banco Central Europeo fueron forjados sobre el compromiso franco-alemán. Fue necesario un toma y daca político para conseguir el tratado que creó la nueva moneda. Francia aceptó que el cuartel general del BCE estuviera en Fráncfort, como una concesión a la férrea política antiinflacionista alemana. Los alemanes acordaron con Jean-Claude Trichet, el gobernador del Banco de Francia y principal negociador del tratado, que a su debido tiempo llegaría a ser el presidente del BCE.
Con una clarividencia rara e inesperada, los líderes europeos establecieron un sistema de gobierno que garantizaba la estricta independencia del BCE. Pero todavía hay una pequeña ventana para la intromisión política. El presidente del BCE, que cumple un mandato de ocho años no renovables, y otros cinco miembros del comité ejecutivo de la institución son teóricamente elegidos de común acuerdo por los jefes de Estado o de Gobierno de los miembros de la eurozona -actualmente, 16 países-. Los Estados miembros tienen libertad para designar sus propios candidatos. Entonces, el toma y daca se podrá reanudar.
La independencia y autoridad del BCE, sin embargo, podrían debilitarse si los principales países consideran que les corresponde un turno de forma automática. Que el nombre de Axel Weber aparezca tan pronto en el proceso significa que ningún otro candidato, cualesquiera que sean sus méritos, corre el riesgo de parecer como una solución de compromiso y débil.
Experiencia, competencia e independencia serían los tres únicos criterios que deberían guiar la elección. Si se aplica estrictamente, los líderes europeos se darán cuenta de que no hay muchos candidatos que encajen. Pero hay ciertamente más de uno
Por Pierre Briançon