Ir al contenido
_
_
_
_
Tribuna

Cambios en el sistema monetario

La libre flotación de las monedas (Jamaica, 1973) pudo ser el remedio adecuado para resolver los problemas que aquejaban al sistema monetario internacional a principios de los años sesenta. Pero cada día que pasa este sistema parece menos compatible con la situación del dólar y con la creciente integración de los mercados que, por definición, requiere de una cierta estabilidad cambiaria.

Los países occidentales sospechan que los chinos mantienen un tipo de cambio artificialmente bajo para favorecer sus exportaciones. Los europeos sospechan que los americanos han hecho algunas veces lo mismo con el dólar. Todas estas sospechas y tensiones sólo se podrán disipar si se procede a una revisión a fondo del sistema monetario internacional y se diseña un sistema de cambios cuasi fijos que garantice una mayor estabilidad cambiaria y engrase los intercambios comerciales.

Las mismas razones que llevaron a los europeos a entronizar el euro como moneda única me llevan ahora a pensar que sería bueno establecer un nuevo orden monetario en el que las fluctuaciones entre las distintas divisas se moviesen dentro de una banda más o menos fija. Un sistema parecido a la serpiente monetaria que los europeos pusieron en marcha cuando Nixon decretó el fin del sistema de cambios fijos de la posguerra. Este cambio radical es tanto más urgente cuanto más evidentes son las distorsiones que los tipos de cambio producen en el comercio. En 2003, los economistas Dooley, Folkerts-Landau y Garber bautizaron el actual sistema de cambios con el nombre de Bretton Woods II. Nombre que responde al hecho de que los países recientemente industrializados ligan sus divisas al dólar sobre la base de un tipo de cambio artificialmente bajo para favorecer sus exportaciones. En contrapartida reinvierten sus reservas en Estados Unidos, comprando ingentes cantidades de valores norteamericanos. "Usted me compra mis productos y, en compensación, yo le devuelvo el dinero en forma de préstamo" (Wolfgang Münchau, Financial Times).

Este sistema recuerda la observación que De Gaulle hizo sobre el funcionamiento de Bretton Woods I a finales de los sesenta cuando Estados Unidos decidió financiar los déficits derivados de la guerra de Vietnam con masivas emisiones de dólares. El presidente de la República francesa comentó entonces que este proceso reducía el sistema monetario internacional a "una partida de canicas en que los ganadores hubieron acordado devolver las canicas ganadas a los perdedores".

El sistema de flotación funcionó razonablemente bien mientras las aguas se mantuvieron tranquilas pero empezó a hacer agua cuando a partir de la crisis financiera del año 2007, los inversores extranjeros dejaron de comprar valores estadounidenses. Las preguntas son: ¿qué vendrá después? ¿Cuál será el sistema que sustituya a Bretton Woods II? ¿Cuál es el régimen de cambios que la globalización necesita? Los escenarios posibles son dos.

En un primer escenario, el monopolio mundial del dólar daría paso a un oligopolio euro-dólar-yen-yuan; sistema más coherente con la visión multilateral que empieza a imponerse a partir de la llegada de Obama a la Casa Blanca. Este multilateralismo cambiario podría ser además una herramienta útil para corregir los desequilibrios mundiales que tanto han contribuido al estallido de la crisis financiera.

El segundo escenario se concretaría en la emergencia de sistemas regionales de cambio que se unirían a las monedas clásicas en el propósito de minimizar las fluctuaciones de las divisas según el modelo europeo después del colapso de Bretton Woods I. En Asia ha habido ya un montón de conversaciones sobre una unión monetaria asiática aunque en la práctica se haya avanzado poco. En América Latina también se habla de una unión monetaria bolivariana que mande al dólar al baúl de los recuerdos.

En cualquiera de los dos escenarios, es muy probable que los países que se divorcien del dólar para abrazar una nueva divisa tengan que reajustar también su cartera de reservas. Giro copernicano cuyas consecuencias son aún impredecibles.

Es difícil pronosticar ahora cuál de los dos modelos prevalecerá y en cuánto tiempo se materializará este cambio. Lo que es seguro es que nada será como ha sido hasta ahora y que la UE debe decidir si está dispuesta o no a participar con una voz fuerte en la definición de un Bretton Woods III. En definitiva, de lo que se trata es de poner en marcha una diplomacia del euro que nos permita extraer todos los beneficios derivados de una moneda común.

José Manuel García-Margallo Y Marfil. Vicepresidente de la Comisión de Asuntos Económicos del Parlamento Europeo y diputado del Partido Popular

Archivado En

_
_