A fondo

Recetario liberal ante el colapso liberal

Es tiempo de discutir propuestas para salir de la crisis, sin dar por sentada ninguna.

La entrada en bancarrota de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, simbolizó para muchos el fin del gobierno neoliberal en las economías desarrolladas, que había campado por sus respetos durante tres décadas. En los meses siguientes, se viene hablando una y otra vez de la necesidad de reformar el sistema financiero global y del fin del capitalismo tal como lo conocíamos.

Según el nuevo consenso, el sistema había sido incapaz de autorregularse, llevando a su propia destrucción. Sin embargo, si se escarba en las propuestas de salida, puede concluirse que los ideólogos neoliberales no se han retirado a los cuarteles de invierno. A la hora de buscar soluciones a la mayor crisis en ocho décadas, muchos de los autores intelectuales del sistema recién derrumbado apuestan por las recetas más en boga durante los años ochenta, noventa y esta primera década del segundo milenio.

En España, y tras algunas semanas de desconcierto, abrió el fuego la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Fiel a su estilo 'sin complejos', la política neoliberal afirmó que la culpa del desplome financiero no la tuvo el mercado, cuyos adalides claman desde siempre por la autorregulación y la privatización. La tuvo, según ella, el Estado, porque no cumplió con su tarea de regular. No le falta razón: los Estados que menos regularon (fundamentalmente, Estados Unidos) no debieron escuchar a los profetas del neoliberalismo.

Salvada esa atribución de culpas, la clave para la recuperación, argumentan de nuevo los ideólogos, es eliminar barreras y restricciones. España es uno de los países que más está sufriendo el parón económico en términos de empleo. Por tanto, explican, es conveniente abaratar el despido para que las empresas puedan contratar sin temor a responsabilidades futuras. A tal punto, que desde CEOE sostienen que esa medida supondría crear un millón de empleos, incluso con la que está cayendo. En la jerga más habitual, se reclama flexibilidad.

Sin embargo, resulta aventurado calificar de rígido el mercado laboral español. Igual que ahora es el que más empleo destruye, también fue el que más creó en la época de bonanza: tres millones de puestos de trabajo sólo en la anterior legislatura. Parece, pues, que las decisiones de contratar o despedir se basan más en las condiciones de la demanda que en posibles costes anejos. Otra cosa, sin duda conveniente, sería recortar la fuerte dualidad de un mercado seccionado entre fijos y temporales, aunque la idea de no dejar al trabajador a la intemperie cuando arrecia la tormenta debería seguir sirviendo de guía. Algo de justicia: si se observa la distribución de las rentas en el periodo de bonanza y el fuerte aumento de la población, hay que concluir que los trabajadores se han beneficiado de los tiempos de gloria de forma mucho más modesta que las empresas.

También en el ámbito laboral, el recetario sugiere (como ya hacía antes de la crisis) recortar las cotizaciones sociales a cargo de la empresa. Una opción defendible y que sin duda mejoraría su competitividad. La traba está en que, dadas unas necesidades a garantizar por parte de los Estados, esa reducción de fondos debería ser compensada de alguna forma. La más popular, según claman los ideólogos, es un aumento del impuesto sobre el valor añadido. Esta medida tendría un impacto regresivo, al tratarse de un impuesto indirecto. En síntesis, grava con igual porcentaje a los que más y a los que menos tienen, a diferencia de lo que sucede con el IRPF (que, rezan los neoliberales, debería recortarse en sus tramos más altos). Si se aumenta la carga del IVA, el impacto relativo aumenta al disminuir la renta. Pero lo más llamativo de la medida en cuestión es que, en plena crisis de demanda, se propone encarecer el consumo elevando su imposición. Al margen de justicias sociales, que siempre son opinables, parece que el actual no sería el momento más adecuado para embarcarse en ese viaje.

En línea similar, también se reclama un recorte del impuesto de sociedades, que ya en la anterior legislatura se redujo en cinco puntos. Se explica que el tipo del 30% (25%, para pymes) sigue siendo elevado respecto a la media europea, pero lo cierto es que las deducciones llevan el tipo efectivo al entorno del 20%. Para construir el modelo productivo del futuro que sitúe a España en el nuevo marco competitivo, quizá sería más adecuado manejar esas deducciones, premiando a las empresas o sectores que mejor lo representen.

Recompensas por una gestión fallida

La reclamación de los postulados básicos de las políticas económicas neoliberales no impide a sus defensores acudir al rescate estatal en caso de necesidad. El socorro público se esgrime como indispensable para evitar la debacle absoluta: fue el neoliberal ex presidente de Estados Unidos George W. Bush quien lanzó el macro paquete de rescate del que algunas firmas se han servido con obscenidad. El último episodio al respecto se encuentra en el cobro de 128 millones de dólares por los directivos de la aseguradora AIG, a la que llevaron a la ruina. El presidente de EE UU, Barack Obama, lo ha tildado de 'ultraje', mientras el responsable de la Reserva Federal, Ben Bernanke, sostiene que el rescate, valorado en 130.000 millones de euros, era un mal necesario. Se dice que, cuando se intervino AIG, al ser preguntado por sus perspectivas económicas para la semana siguiente, Bernanke respondió con un alarmante 'el lunes no sé si habrá economía'.

La situación es suficientemente grave para reclamar esfuerzos y contención a todas las partes y no sólo a las empresas (con los precios estancados y la sangría del empleo reinante, tiene poco sentido la negativa de los sindicatos españoles a contener los salarios). No se trata, en absoluto, de avanzar hacia un Estado intervencionista ni hacia una economía dirigida. Se trata de asumir que algo ha fallado, reconociendo que las recetas para salir del embrollo no pueden ser las calcadas a las que nos metieron en él. Es tiempo de discutir propuestas y no dar por sentada ninguna.