EDITORIAL

Esto también pasará

Abraham Lincoln relató en un discurso en septiembre de 1859 la curiosa historia de un rey oriental que había encargado a su equipo de sabios redactar una frase que fuese cierta y adecuada en todo momento y circunstancia, puesto que quería exponerla permanentemente al público. 'Esto también pasará', concluyeron los buenos señores. Ciertamente es un reconfortante consuelo para los tiempos difíciles, al igual que una encendida advertencia sobre la caducidad de los momentos de euforia. En los mercados financieros, los acontecimientos de los dos últimos años han transformado el comportamiento de todos los inversores, y han puesto en revisión todos los paradigmas del riesgo y de la rentabilidad esperada. Pero esto, también pasará.

La tormenta financiera desatada en 2007 se ha convertido en un tifón que amenaza con llevarse por delante a las instituciones que movilizan el ahorro para ponerlo a disposición de los emprendedores, y que ha provocado una huida generalizada hacia los instrumentos de ahorro más seguros; han convertido en conservadores todos los perfiles de riesgo, hasta el punto de que lo más apreciado es la mismísima liquidez, cuando hace unos años era el apalancamiento impulsado por el dinero barato. Pero esto, también pasará.

Los inversores institucionales y particulares han descartado las tomas de posición en la renta variable, o la han limitado a mínimos, y concentran sus esfuerzos en los bonos corporativos con remuneraciones aceptables, en simples depósitos a plazo o fondos monetarios, y de forma parcial en emisiones de papel de los tesoros públicos. No obstante, y pese a diseñar carteras de inversión con predominio del riesgo limitado, los asesores admiten que en función del perfil temporal de la apuesta, la renta variable debería ir ganando terreno, dado que en el largo plazo sigue siendo el activo financiero que más desempeño proporciona.

Los mercados suelen sobrerreaccionar siempre, tanto cuando suben como cuando bajan. Y pese a que ahora están guiados por un horizonte sin visibilidad, porque no hay una fecha cierta sobre la limpieza total del sistema financiero y un cálculo de hasta dónde pueden dañarse los activos de la economía real, los mercados ofrecen oportunidades muy atractivas en la renta variable. Decenas de empresas tradicionalmente sólidas cotizan en la Bolsa española y en otras con descuentos muy apreciables, ya se mida con unos PER (relación precio sobre beneficio) que están en continua revisión o con el criterio más estático del valor contable.

La sobrerreacción vendedora, intensificada por ser la Bolsa el mercado más líquido y por tanto el más apto para ejercitar el desapalancamiento financiero, ha desajustado la relación del precio y el valor de infinidad de compañías, ofreciendo márgenes de seguridad en las inversiones desconocidos hace años. Sociedades industriales, de servicios, de salud e incluso financieras tienen precios muy inferiores a su valor, por muy en cuestión que pueda estar esta variable en la vorágine de una recesión de caballo. Apostar hoy por ellas y por sus atractivos dividendos puede ser una de las decisiones más arriesgadas, pero a la vez más rentables, que pueden hacer los inversores con luces largas, con planteamientos estratégicos.