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Columna
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'Obamismo'

Los gobernantes europeos parecen confiados en que la única salida a la crisis económica vendrá de un milagro de Barack Obama tras haber abrazado una suerte de nueva religión, el 'obamismo', asegura el autor. Esta actitud es, en su opinión, frustrante e inaceptable

Hace una semana, el planeta asistió a la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos. El poder de la televisión engrandeció una ceremonia que en sí misma ya era grande.

Ciertamente, el escenario que espera al nuevo presidente es cualquier cosa menos sencillo. En el ámbito internacional debe afrontar una situación harto complicada: su Ejército enganchado en Irak, el eterno problema de Oriente Próximo agudizado, el fundamentalismo islamista en expansión, el creciente neourssismo de Putin… Y en el ámbito interno se enfrenta a una economía maltrecha que atraviesa su mayor crisis de los últimos 80 años.

Sin duda, el estado de las finanzas del Tío Sam no es precisamente halagüeño. Con una deuda pública de 2.600 billones de dólares, un déficit presupuestario de 1.400 billones de dólares, una crisis financiera de considerable dimensión, una producción estancada y un acelerado aumento del desempleo -dos millones de nuevos parados en 2008-, la economía norteamericana se encuentra en estado de máxima alerta. Así las cosas, la propuesta del grupo de economistas y líderes sindicales que, encabezados por Galbraith, reclaman la inyección de 900.000 millones de dólares adicionales para reactivar la economía, ni parece fácil de implementar ni garantiza el efecto reactivador pretendido.

Es indudable que el currículum de Obama no incorpora reseñas que acrediten éxitos en gestiones pasadas. No tiene experiencia ni como gestor público -no ha sido alcalde, gobernador…- ni como directivo en corporaciones privadas. Sus proyectos económicos no incorporan demasiadas novedades, pues se basan en el espíritu asistencialista de corte neokeynesiano que ha caracterizado tradicionalmente al Partido Demócrata. Su discurso -humanamente atractivo- no es mucho más que una amalgama de simpatía, bonhomía, carisma, deseos, intenciones… que encaja perfectamente en el buenismo que ocurrentemente ha bautizado Gustavo Bueno.

Sin embargo, es evidente que su llegada a la Casa Blanca ha levantado un entusiasmo y un apoyo colectivos como es difícil recordar. Entusiasmo y apoyo que van acompañados de una inmensa esperanza depositada en el nuevo Papa negro que, posiblemente, sólo pueda explicarse por la inmensidad de la desesperanza que asuela a la sociedad norteamericana. Pero convengamos que una reacción como la habida resulta más propia de pueblos con menor nivel de desarrollo y civilización que los que atesora Estados Unidos.

En todo caso, la mayor sorpresa consiste en observar que la actitud de la sociedad norteamericana es miméticamente compartida por los gobernantes europeos, que han abrazado el obamismo con una pasión indescriptible. En realidad, parece que golpeados por una crisis económica cuyas causas últimas no acaban de identificar y respecto de las que todas sus medidas están fracasando, han decidido convertirse a la nueva religión. Y una vez convertidos, han adoptado una actitud providencialista, disponiéndose a esperar que el credo abrazado solucione los problemas de sus respectivos países. Es una actitud que invita escasamente al optimismo respecto al presente y futuro del proyecto europeo.

Es cierto que durante el siglo pasado Europa resultó salvada tres veces consecutivas por Estados Unidos -Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial y Guerra Fría-. Ahora bien, que después de los años, esfuerzos y recursos empleados en construir la Unión Europea, la única salida que los orgullosos líderes europeos nos ofrezcan ante la actual crisis económica sea esperar el milagro Obama resulta deprimente, frustrante e inaceptable.

El caso español, por sernos el más próximo y conocido, es el más evidente para nosotros. La evolución de nuestra producción, nuestro déficit y nuestro desempleo -por citar sólo tres variables- llevan un año entero desmintiendo metódica y periódicamente las afirmaciones y pronósticos de nuestros gobernantes, hasta haber alcanzado respectivamente el umbral técnico de la recesión, los números rojos en la liquidación del presupuesto y una tasa de desempleo del 14%.

Las medidas adoptadas hasta ahora por el Gobierno, por otra parte ciertamente escasas, no han tenido apenas impacto positivo alguno. Y las desalentadoras previsiones de nuestros responsables para el futuro de la economía española -años 2009 y 2010- han sido abiertamente rectificadas, empeorándolas aún más, por parte del comisario europeo del ramo.

Ante semejante decorado, y a falta de otras ideas y soluciones, los actores del drama -Zapatero y Solbes- han encontrado en las expectativas del efecto Obama su particular bálsamo de Fierabrás para oponerlo al conjunto de problemas que azotan a los españoles.

Quiera Dios -por cierto reiteradamente citado en la ceremonia de toma de posesión de Obama- que el mandato del nuevo presidente cumpla los deseos de todos, aunque ello suponga tener que rehacer los manuales de Hacienda Pública y de Economía para incluir la adoración a Obama como una nueva modalidad de política económica.

Ignacio Ruiz-Jarabo Colomer. Ex presidente de la SEPI, consejero de Copisa y presidente de EDG-Escuela de Negocios

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