COLUMNA

Una historia italiana

Por fin se cierra el relanzamiento de la caótica aerolínea italiana. Alitalia se aprestó a despegar el jueves cuando Air France-KLM pagó una prima notable por el 25% del capital. Esta larga pantomima nacional ha arrojado muchos ganadores en la élite, empezando por el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Los grandes perdedores parecen ser los consumidores y los contribuyentes italianos.

Berlusconi ha anunciado que aprueba la compra por parte de Air France-KLM de una cuarta parte de la italiana por 320 millones de euros. Es una victoria para el magnate-político. La operación debería marcar una ruptura definitiva para el capital de la desastrosa aerolínea que ya ha diluido unos 3.000 millones de euros antes de que se conociese la oferta. Es una buena noticia para la endeudada economía italiana.

Roberto Colannino, ex ejecutivo de Telecom Italia, también gana con la operación. Lideró a un grupo de inversores italianos que compró la parte buena de Alitalia en diciembre de 2008 por 1.050 millones de euros. Un mes más tarde -y en un mercado funesto para las aerolíneas- están dispuestos a vender parte de su inversión a Air France-KLM con un 30% de prima. Intesa Sanpaolo se lleva sus comisiones, se gana el favor del Gobierno y obtiene la satisfacción de colocar Air One -una aerolínea menor y agobiada por las deudas- dentro de la nueva Alitalia.

Air France-KLM se mete en una operación tan áspera para hacerse con un pedazo del cuarto mercado europeo más grande de aviación. Cuando negoció la compra la pasada primavera estuvo a punto de hacerse con una bestia muy diferente. Alitalia tenía una deuda de 1.200 millones de euros y unas unidades de negocio que probablemente no le gustaban a la aerolínea franco-holandesa. La resurrección de Alitalia bajo la batuta de Berlusconi ha canalizado fuera estas piezas indeseables en la llamada la parte mala de la compañía sustentada con fondos públicos.

Los contribuyentes -y consumidores- italianos están pagando el precio de que Alitalia se haya convertido en una pantomima política. Han asumido un coste estimado en 2.000 millones de euros desde que los sindicatos vetaron la última oferta de Air France-KLM incitados por Berlusconi. La fusión de Alitalia con Air One supone que el mercado ha perdido competencia. Ahora, volar de Milán a Roma con Alitalia es más caro que de Roma a Londres con una low-cost. Se dice que los países tienen los líderes que se merecen. Italia quizá tenga ahora también la aerolínea que se merece.

Por Rachel Sanderson.

Marioneta del Gobierno

El Tío Sam parece que ha conseguido lo que los sufridos accionistas de Citigroup nunca pudieron: una ruptura del renqueante magabanco. Citi puede privatizar Smith Barney y puede también remplazar al presidente del banco por un hombre de Obama -ambas decisiones parecen ser el resultado de la presión de los reguladores y el Gobierno-. Es un trabajo rápido justo un par de meses después de invertir 45.000 millones de dólares del dinero de los contribuyentes en Citi y garantizar un 15% de sus activos. ¿Pero puede Estados Unidos ser de verdad un efectivo accionista activista?

Hasta ahora, hay pocas objeciones: ambos movimientos parecen alinearse con el interés del Gobierno con esos accionistas. La expansión de Citi se ha demostrado altamente ingobernable, por eso transferir el bróker Smith Barney a Morgan Stanley para dirigir una joint venture podría dar a los ejecutivos más tiempo para centrarse en llevar los negocios restantes. Con una participación del 49% Citi no podría perder demasiados ingresos. Y aunque la filial no es la de más uso intensivo de capital, Citi podría todavía liberar algo de éste cediendo el control.

Reemplazar a Wim Bischoff como presidente de Citigroup también parece una razonable decisión. El antiguo ejecutivo de Schroders no está visible en el papel. Y tras la renuncia de Bob Rubin de la semana pasada, podría eliminar el último vínculo con los errores de la vieja era del Citi.

Su sucesor podría ser el principal director Richard Parsons. El antiguo jefe del banco minorista también tiene el oído del presidente electo Barack Obama, lo que le convierte en un hombre hábil para tener en el cargo. También puede dar confianza a los reguladores de EE UU, al tener un hombre local presidiendo el banco.

Pero los intereses de EE UU no siempre encajarán tan limpiamente con los de los accionistas. Siempre existe el problema de que en su afán de proteger su inversión, el Tío Sam se sobrepase. Citi ya ha retrocedido en un tema que puede no ser del interés de los accionistas, al estar de acuerdo en apoyar un plan del Congreso para permitir que los jueces de los tribunales de quiebras puedan modificar las hipotecas.

Citi necesitaba realmente la ayuda del Gobierno, pero los accionistas públicos tendrían que ser cautelosos con el hecho de que tenga demasiado apoyo externo.

Por Antony Currie.