EDITORIAL

La inversión en tiempos difíciles

El terremoto financiero que, desde el epicentro de Estados Unidos, sacude la economía internacional ha cambiado el escenario de la inversión para mucho tiempo. Un año después de iniciadas las hostilidades entre los bancos de todo el mundo, con recelos mutuos y una desconocida desconfianza generalizada, nadie se atreve a pronosticar cuándo volverá la estabilidad a los mercados. Los augurios que daban un año de riesgos en julio de 2007 hablan ahora de otra tregua similar para que la banca haya absorbido en sus cuentas y balances todos los desatinos cometidos por muchos gestores, incumpliendo los más mínimos requerimientos de prudencia. Si han aflorado pérdidas y recapitalizaciones en la gran banca mundial de cerca de 300.000 millones de euros, bien podrían estar aún ocultos otros tantos, según las estimaciones más generosas. Por tanto, paciencia.

Mientras tanto, conviene recordar que las crisis no son eternas. Las corporaciones que resisten salen fortalecidas, pero determinadas fórmulas de riesgo y de obtención de retornos financieros habrán fenecido para siempre. La gravedad de la crisis es que afecta al sistema financiero y que, aunque sólo unas cuantas entidades han evitado el contagio -entre ellas parecen encontrarse las españolas-, la circulación de la financiación, la sangre misma del sistema productivo, se ha cortocircuitado, se ha secado, con grave riesgo para toda la actividad económica.

En tanto se recompone la situación, con un ejercicio de lenta autocirugía que modificará a buen seguro el escenario, el paisaje de la inversión ofrece las oportunidades tradicionales y más conservadoras. La necesidad imperiosa de liquidez en los bancos ha convertido a los depósitos en las auténticas estrellas del mercado. La escalada de los tipos de interés hace atractivos productos que desde mediados de los noventa habían desaparecido para dejar espacio a oportunidades más arriesgadas. Pero las ofertas cercanas al 6% de los depósitos a plazo anuales esconden su debilidad ante la purga obligada de una inflación desconocida desde hace años.

Los fondos de inversión, otrora refugio generalizado del dinero de los particulares, registran ahora reembolsos de cerca de 30.000 millones de euros desde el primero de enero, tras haberles retirado la confianza casi un millón y medio de partícipes. Sólo los que se atreven a invertir en países emergentes, los que buscan oportunidades en las divisas, o los más arriesgados de gestión dinámica están acaparando dinero. La Bolsa, por su parte, ha perdido la gracia que tuvo durante cinco años, con un descenso cercano al 25% en seis meses, y sólo como atractivo complemento de depósitos estructurados está en las preferencias de la gente.

Pero la renta variable guarda, como siempre, los mejores retornos financieros del largo plazo. Los castigos de los últimos meses han colocado a muchas compañías, muchas de ellas con sólidos fundamentales, en precios muy inferiores a su valor real. El margen de seguridad que siempre busca el inversor inteligente está a flor de piel en muchas empresas y, aunque en la inestabilidad del corto plazo puedan ser inversiones arriesgadas, el tiempo las convertirá en magníficas generadoras de plusvalías.