Crónica de Manhattan

Un (difícil) año sin China

Velas de cumpleaños, tostadoras, zapatillas de deporte, gafas de sol o una muñeca. Meter todo eso en el carrito no cuesta mucho. Eso sí, la compra se pone cuesta arriba si se eliminan de la lista los productos en cuya etiqueta se lea 'Made in China'.

Así se complicó la vida (y la de su familia) Sara Bongiorni en 2005. Esta periodista estadounidense decidió hacer el experimento de eliminar de su vida los productos de China por un año. Como ella misma admite no se trataba de protestar por la pérdida de puestos de trabajo americanos 'sino de ver si se podía hacer y cómo sería'. De aquel experimento nació un libro. 'Un año sin Made in China, la verdadera historia de una familia en la economía global'. Sin pretensiones económicas profundas, el libro tiene momentos surrealistas como la crisis familiar tras la ruptura de la batidora o el hecho de que su marido tuviera que ir con alpargatas viejas, cada pie de un color, en el verano porque las nuevas venían de China.

Bongiorni dice que la aventura fue dura y de su experiencia se deduce que no hay vuelta atrás. El Made in China ha llegado para quedarse y con mucha fuerza para preocupación de industriales, creadores, autoridades sanitarias de la competencia y muchos consumidores que en los últimos meses han visto como desde la pasta de dientes pasando por la comida y los juguetes, muchos productos chinos eran defectuosos o presentaban riesgos para la salud.

Si se añade a todo esto la piratería de productos protegidos por derechos de autor, la infravaloración del yuan y el hecho de que este año el déficit comercial estadounidense con este país sea de 300.000 millones (la mitad de la cifra total), la relación no hace más que enrarecerse.

Para que sea constructiva, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, lanzó en 2006 una iniciativa llamada 'diálogo económico estratégico' con la idea de abrir conversaciones sobre temas amplios que pudieran permitir avanzar sobre cuestiones más delicadas y específicas. En este marco, la semana pasada una delegación de alto nivel encabezada por Paulson viajó para reunirse con sus homólogos chinos. Los avances fueron tímidos y limitados en aspectos de seguridad alimentaria, energía y cooperación medioambiental según The New York Times. Los asuntos que verdaderamente preocupan, en un Congreso que tiene poca paciencia con China, apenas han experimentado avances. Nada sobre la apertura del país a los servicios financieros u otros mercados protegidos, ni un compromiso sobre el yuan. El diálogo estuvo marcado por varios desencuentros, entre ellos la suspensión por parte de Pekín del derecho de emitir películas de Hollywood como respuesta a la decisión de Washington de llevar a este país ante la OMC por piratería de películas y música.

Como consejero delegado de Goldman Sachs, Paulson, cultivó las relaciones con China, sin embargo ahora, la aproximación de los diálogos está lejos de dar frutos a corto plazo.

En estos casos lo que hay que preguntarse es cuál sería el resultado si estas conversaciones no existieran y los responsables de ambos países no se hubieran comprometido ni a verse regularmente.

Para EE UU es importante seguir por la vía lenta de las negociaciones, porque hasta Bongiorni disuade con su libro de los boicoteos a China, con los que amenazan muchos de quienes echan en cara a Paulson el escaso resultado de su misión.