CincoSentidos

Dime cómo vives y te diré cómo cotiza tu compañía

Diversos estudios universitarios relacionan la vida privada de los grandes ejecutivos con el rendimiento de sus empresas

Dime cómo vives y te diré cómo cotiza tu compañía
Dime cómo vives y te diré cómo cotiza tu compañía

My home is my castle? El tamaño y el valor de la vivienda de los presidentes de las compañías son indicios excelentes para evaluar cómo evolucionará su futura cotización en Bolsa. El estilo de vida y los golpes de destino de los directivos tienen una influencia insospechada en los resultados de las empresas. Y evidencia también el precio del poder: los jefes de la economía se han convertido en estrellas transparentes cuya vida privada es relevante para la empresa, los accionistas y la opinión pública.

'En el futuro, los análisis sobre las grandes compañías se podrían expresar así: el presidente del consorcio es propietario en Mallorca de una casa de 400 metros cuadrados, dotada con piscina cubierta, pistas de tenis y driving-range. Se recomienda desprenderse de las acciones de la empresa. Cuanto más lujosa la residencia del máximo directivo, peor la cotización de su compañía en bolsa.' El periodista Norbert Häring, del diario económico alemán Handelsblatt, comenta así el estudio realizado por David Yermack, profesor de la Universidad de Nueva York, sobre la vida de los jefes de las empresas del índice bursátil estadounidense S&P 500. Tras la adquisición de una casa de más de 1.000 metros cuadrados de superficie o con un terreno superior a los 40.000 metros cuadrados, la cotización de las acciones de sus compañías se situaron en 25 puntos porcentuales por debajo del promedio del S&P 500.

'La vida privada de los jefes tiene una gran influencia en los resultados de sus compañías', afirma el Wall Street Journal. Sus nombres aparecen diariamente en la prensa. Es inevitable. Un chief executive officer (CEO) en EE UU gana 364 veces más que un trabajador. Hace 40 años, sólo 20 veces más. Las estructuras directivas están cortadas a su medida porque la concentración del poder responde a la lógica de la velocidad de la vida económica actual. Y es que hoy en día hay que tomar más decisiones trascendentales en poco tiempo.

El rotativo alemán Süddeutsche Zeitung informa también de un estudio realizado por tres profesores de EE UU y Dinamarca según el cual la rentabilidad de las empresas cae con los golpes de destino del presidente de la organización. Con la muerte de un hijo, un 21%; con la muerte de la pareja, un 15%. Los resultados de estos estudios son plausibles, opina el diario muniqués, porque la mayoría de las personas rinde menos en situaciones de crisis. 'O cuando deben dedicarse más de lo razonable a la administración de sus palacios'.

David Yermack, de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York, y Crocker Liu, de Arizona State University, han analizado el valor y el tamaño de los domicilios privados de los CEO de las 500 mayores empresas estadounidenses. El 15% de ellos poseen residencias de más de 920 metros cuadrados de superficie o casas con terrenos de más de cuatro hectáreas. La vivienda media del colectivo tiene una extensión de 500 metros cuadrados, 11 habitaciones, 4,5 baños y un terreno de 5.000 metros cuadrados.

Yermack y Liu concluyen que un directivo que caiga en tales delirios de grandeza es, probablemente, demasiado poderoso y no se le controla efectivamente. Y podría estar más ocupado con su ambición y vanagloria que en el incremento de los beneficios de sus accionistas. Otras indicadores son si el ejecutivo dispone de un jet de trabajo y si vende acciones de la propia empresa para financiar sus caprichos inmobiliarios. Es decir, si hace lo que quiere.

Que la modestia de los jefes beneficia a sus empresas lo demuestra Warren Buffet. El jefe de Berkshire Hathaway vive en una casa normalita en Omaha (Nebraska), que adquirió hace 50 años por 31.000 dólares. Buffet era uno de los hombres más ricos del mundo hasta que donó una gran parte de su patrimonio a la fundación benéfica de Bill Gates. El diario Handelsblatt ubica precisamente a Bill Gates, el cofundador de Microsoft, en el otro extremo. Se construyó una casa en Washington State de 6.600 metros cuadrados con un terreno valorado en 140 millones de dólares. Y cedió su cargo a Steve Ballmer, que posee una residencia más modesta, de 400 metros cuadrados.

Una de las residencias privadas más caras de un ejecutivo es la adquirida recientemente en Londres por Lashkmi Mittal, el fundador del consorcio indio de acero Mittal. Su precio es de 128 millones de dólares. El domicilio, próximo al Kensington Palace, dispone de 28 garajes.

Pero para Norbert Häring, del Handelsblatt, la residencia más conocida es la del empresario mediático William Randolfph Hearst. Su Hearst Castle, construido en California entre 1919 y 1947, incluye una residencia con 165 habitaciones, jardines de 127 hectáreas, un cine y el mayor zoo privado del mundo.

Otro ejemplo de megalomanía es la mansión Carnegie del barón del acero Andrew Carnegie en Manhattan, hoy convertida en museo. Para calentar su casa en un habitual día de invierno, Carnegie precisaba dos toneladas de carbón.

Bienvenidos a la mansión de oro

La mansión de Bill Gates en el estado de Washington es todo un símbolo de lo que puede conseguirse con dinero. De ella se dice que cuenta con un comedor para invitados que no tiene nada que envidiar al comedor de gala de la Casa Blanca y que puede albergar a 100 comensales. Dispone también de una piscina decorada con mármol de Carrara, donde los invitados pueden bucear al ritmo de la música gracias a un hilo musical subacuático. Los más de veinte coches antiguos de que dispone el fundador de Microsoft se alinean en un garaje construido especialmente para albergarlos.

Como no podía ser de otra forma, se trata de una vivienda inteligente controlada por 100 microprocesadores que se encargan de controlar hasta el último detalle. Lo mismo se puede decir de los más de 30 monitores de televisión que forman una gran pared de información y rompen cualquier tentación de aislamiento.

La mansión, construida entre los árboles al pie del lago de Washington, tiene una superficie de 6.600 metros cuadrados.

¿Salario merecido o desorbitado?

Por mucho empeño que ponga uno en su trabajo, ¿se merece alguien una remuneración de 20 millones de euros anuales? Eso es lo que gana el ejecutivo mejor pagado de Alemania: Josef Ackermann, el jefe de Deutsche Bank. Y esa es una de las preguntas más frecuentes que se hace la opinión pública germana. Entre los afortunados están también el presidente de Daimler, Dieter Zetsche; y el máximo responsable de SAP, Henning Kagermann. 'Los sueldos de los directivos se nos han escapado de las manos', afirma Uwe Foullong, de la cúpula del sindicato Verdi (sector servicios), quien exige fijar por ley la remuneración máxima a los consejeros, 'que resultaría de multiplicar por 20 el ingreso medio tarifario pagado por la empresa que se dirige'. Situándose el sueldo medio del sector bancario en 32.500 euros anuales, un miembro de la junta directiva de una entidad bancaria no podría cobrar más de 650.000 euros al año.

Desde el proceso Mannesmann, en el que estuvo involucrado Ackermann por consentir pagos e indemnizaciones por 60 millones de euros a seis ejecutivos de la operadora cuando ésta fue objeto de un opa hostil por parte de su rival británico Vodafone en el 2000, Alemania no deja de preguntarse cuánto deberían cobrar los directivos. El debate se enmarca en la situación ambivalente de los grandes consorcios que, por un lado están presentando unos resultados económicos récord, y por otro, se deben enfrentar a cada vez mayores retos (globalización, reestructuraciones, etc.); lo que implica a su vez un incremento de la presión a sus cúpulas directivas.

¿Se debe entonces remunerar a los altos ejecutivos en función de sus resultados? Sí, afirma el 71% de los directivos alemanes en una encuesta del diario Handelsblatt y de la consultora Droege & Comp. Los consejeros delegados de las 30 empresas del Dax ganan un promedio de tres millones de euros anuales. Poco, en relación al valor de sus empresas. Los altos ejecutivos estadounidenses ganan más.

Según la consultora Kienbaum, el 30% de los sueldos ofrecidos a los altos ejecutivos alemanes se establecen según criterios que dependen del éxito de sus resultados. Si se toman sólo las grandes empresas, este porcentaje alcanza el 70%. Hace diez años, el sueldo variable se aplicaba sólo al 20% de los ejecutivos.