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El poder de la política fiscal

José Carlos Díez

Para un país con una moneda compartida y que ha cedido su soberanía monetaria y cambiaria, la política fiscal es el principal instrumento para estabilizar el ciclo económico. En los tres últimos años ha sido sencillo el diseño del presupuesto desde un punto de vista estabilizador. Los socios europeos no acababan de recuperarse de la última recesión y el BCE mantenía una política monetaria extremadamente expansiva para España, lo cual aconsejaba un superávit fiscal que compensase los bajos tipos de interés. Así ha sido y ha ayudado a que la inflación subyacente y la aportación negativa del sector exterior hayan moderado significativamente desde 2004.

Con esos bajos tipos y el voraz apetito de los inversores internacionales, en España no hemos caído en la tentación de incurrir en déficit públicos abultados, como la mayoría de países de la OCDE. Hay que remontarse a 1994 para explicar la decidida apuesta de los sucesivos gobiernos por la estabilidad fiscal y, sin duda, es una de las variables que ayuda a explicar el fuerte crecimiento de nuestro purasangre en los últimos catorce años. No obstante, ahora que iniciamos una fase de desaceleración cíclica, empezaremos a valorar en su medida el esfuerzo realizado.

EE UU siempre es un buen país para compararse. Pues bien, en cuanto el ajuste residencial amenaza con contagiarse al resto de sectores, la Fed ha reaccionado con una bajada de los tipos para reactivar el crecimiento. Es muy poco probable que el BCE baje tipos, por lo que sólo queda la política fiscal para compensar los efectos contractivos del fin del boom residencial sobre el crecimiento de nuestra economía.

Ahora que iniciamos una fase de desaceleración cíclica empezaremos a valorar el esfuerzo de estabilidad fiscal

En este sentido, el Gobierno ha fijado el límite de incremento del gasto en el 6,7%, superior al crecimiento del PIB nominal, según nuestras previsiones, y además la elasticidad de ingresos fiscales sobre el PIB disminuirá. Por ambas razones, el presupuesto supondrá un impulso adicional al crecimiento en 2008, que ayudará a compensar el menor tirón de nuestra demanda interna. Nadie desea fases de desaceleración económica, pero nunca en nuestra historia reciente hemos afrontado una con tipos de interés próximos al 4%, estabilidad cambiaria y un amplio margen fiscal.

No obstante, no se trata de gastar por gastar. La prioridad son las infraestructuras para compensar la menor actividad residencial sobre el sector de la construcción. El Gobierno ha vuelto a hacer un gran esfuerzo con un crecimiento del 11.5% previsto para el próximo año y da una clara señal a ayuntamientos y comunidades autónomas para que mantengan el esfuerzo inversor de los últimos años. Los ingresos fiscales de ayuntamientos y comunidades se verán muy afectados por la menor actividad residencial y el riesgo es que frenen su esfuerzo inversor, acentuando el ajuste en la construcción. La innovación y la educación necesitan mejorar y el esfuerzo de gasto es bienvenido, aunque al igual que en el resto de partidas hay que ser extremadamente escrupuloso con la eficacia del mismo.

En gasto social, sigue habiendo focos de pobreza que hay que atacar, como las subidas de pensiones mínimas y la dependencia, pero algún día los españoles nos tendremos que plantear si tiene sentido que el Estado recaude impuestos para devolverle a los ciudadanos servicios que podrían financiarse ellos mismos. Que mejor momento que en plena campaña electoral.

José C. Díez es Economista Jefe de Intermoney

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