COLUMNA

Población y economía

El atractivo del crecimiento con estabilidad monetaria ha sido crucial para atraer población inmigrante, deseada por sus positivos efectos en la economía, según el autor. Cuando hay cambios estructurales, sin embargo, resulta difícil reubicarla, con el riesgo, en su opinión, de provocar estallidos sociales.

La afirmación de que las personas son el activo más importante la ha hecho incluso Stalin. Al igual que él, muchos lo han proclamado, pero no lo han creído, de ahí las recomendaciones de control de natalidad que aparecen una y otra vez en la literatura sobre el desarrollo. Los altos índices de natalidad suelen asociarse con la pobreza, mientras que el crecimiento se acompaña de una natalidad más moderada que, en ocasiones, lleva al estancamiento o incluso declive de la población. Sin embargo, no siempre ocurre así.

En los años sesenta los países del cinturón de la UE (Irlanda, Portugal, España, Italia) eran los de mayor tasa de natalidad, lo que se atribuía a su común adhesión al catolicismo. También compartían una trayectoria prolongada de emigración intensa y las expectativas eran de continuidad. Sin embargo, la ralentización del crecimiento en los años noventa frenó la nupcialidad y la natalidad, que en España se situó en la menor cifra del mundo junto con Hong Kong. La causa fue el descenso del empleo que retrasó el matrimonio y el nacimiento de los hijos. Posteriormente, se vio que también se había reducido el número previsto de hijos.

Las predicciones demográficas de mediados de la década pasada auguraban cifras de población para España en 2005 que se situaban entre 40,5 o 39,7 millones, mientras que para 2025 estaban en una banda entre 40,7 y 39 millones. A finales de la década, con la entrada formal en la Unión Económica y Monetaria la tendencia cambió, sobre todo gracias a la inmigración. Así, incluyéndola, las previsiones de mayor prestigio anticipaban cifras de población de 40,2 millones en 2005 y 39,2 millones en 2025. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística, a partir del censo 2001, están en 44,1 millones en 2005 y su expectativa para 2025 es alcanzar los 49,9 millones.

El atractivo del crecimiento con estabilidad monetaria, combinada con una regulación inexistente o fácil de sortear, ha sido crucial para atraer población de todas las latitudes. Esas personas han contribuido decisivamente al crecimiento que, sin ellas, habría sido menor. La proporción de las personas emigradas en el total de ocupados pasó de ser el 2,3% de los 12,5 millones de personas ocupadas en 1995 al 2,7% de los 15,9 millones en 2000 y al 9,8% de los 18,7 millones en 2005.

Al igual que ha ocurrido en EE UU a lo largo de los dos últimos siglos, el flujo anual ininterrumpido de cientos de miles de personas dispuestas a abrirse camino sin regatear esfuerzos y pidiendo poco a cambio ha sido y es aún hoy un factor decisivo en la demanda de vivienda, en el inicio de actividades que sin esa aportación no se harían (las que los residentes no saben hacer, no quieren hacer o hacen de forma poco competitiva) y en la puesta en uso de tierras y equipamientos. Esta aportación es sustantiva porque la tasa de paro aún hoy rebasa el 8% de la población activa, afectando a casi dos millones de personas que tienen una tasa de cobertura neta (beneficiarios respecto al total de parados no industriales) situada entre el 77% y el 85% según se incluyan o no los expedientes retroactivos en trámite.

La inmigración es deseada cuando tiene los efectos positivos mencionados, pero cuando hay cambios estructurales es difícil reubicarla. El caso de las áreas textiles del Reino Unido se da también en barrios enteros de Francia, de algunas ciudades suecas y en buena parte del mundo. La integración es fácil cuando hay empleo y posibilidades de arraigo con buenas expectativas para el conjunto familiar. En caso contrario, y mediando la cobertura que ofrece el Estado del bienestar, es más probable el aislamiento, tanto más cuanto que so pretexto del igualitarismo multicultural, se frena la plena incorporación en la vida cultural, social y productiva en el país de acogida, con perjuicio para las expectativas de los emigrados y de la sociedad a la que se han incorporado parcialmente.

El aumento de la población impulsa el crecimiento si las personas pueden desplegar su potencial presente y futuro, esto es, si junto con ella actúan los motores centrales del crecimiento, la innovación, la mejora de productividad, la investigación aplicada y el crisol de culturas que funciona al calor del crecimiento, porque con él es posible conseguir mejoras generalizadas y, sin él, lo que se gane se saca a otros que se resisten a cederlo. Situaciones tensas como las de Francia pueden darse en España si se ralentiza el crecimiento, porque la emigración actual no se retirará volviendo a su país de origen, donde la posibilidad de hacer rendir sus ahorros está frenada por instituciones que prefieren que trabajen en el extranjero y envíen sus ahorros en lugar de volver para crear riqueza en el país de origen.

Joaquín Trigo. Director ejecutivo de Fomento del Trabajo Nacional