La opinión del experto

El éxito se sube a la cabeza

Antonio Cancelo recuerda a los altos ejecutivos que no olviden que, aun dirigiendo la mayor y más brillante empresa del mundo, la humildad es siempre la mejor consejera.

Cada año, cuando vivimos las fiestas navideñas, algo se modifica en el comportamiento de las personas, como si una ola de proximidad y de afecto inundara la fibra más sensible del ser humano, dando lugar a manifestaciones, habladas o escritas, que se refieren a los buenos deseos que esperamos para los demás. Este hábito tiene incluso más arraigo dentro del mundo empresarial y entre los directivos, tanto en el interior de la empresa como con el exterior, con los que existe algún grado de contacto. Durante estos días se suavizan las formas, haciendo más grata una relación que los acontecimientos ordinarios despojan, a veces, de toda consideración, convirtiendo en tensa, dura, incómoda, una actuación que se plantea entre teóricos iguales. En esa hipotética igualdad existen relaciones de poder, aún no formalmente jerárquicas, que desequilibran la balanza a favor de una de las partes. Hay una componente personal que define el tipo de relación, en un amplio abanico que se mueve entre lo gratificante y lo insoportable.

Más allá de los componentes genéticos, que a buen seguro explican en un cierto porcentaje el tipo de comportamiento, me parece determinante el aprendizaje que cada directivo haya asimilado en la digestión de los éxitos alcanzados. La frase popular de que el éxito ' se le ha subido a la cabeza' resulta acertada para describir una situación en la que, en este caso el directivo, no ha sabido digerir adecuadamente algunos de los logros significativos que, por cierto, los demás no tienen empacho en reconocerles. Aupados a una cima, que no es más que el primer escollo de una inmensa cadena montañosa, se sienten como si hubieran alcanzado la cúspide más alta, solos y sin oxígeno, mientras los demás, pobres mortales, queman sus energías sin conseguir sobrepasar las vías de aproximación. La soberbia ha suplantado a los demás componentes de su personalidad, por lo que no les basta con valorar lo propio si ello no lleva implícito el desprecio de lo de los demás.

Si no se aprende a digerir, el éxito ciega, obnubila, impide cualquier capacidad de análisis y convierte el lenguaje en monótono, perdiendo riqueza, convirtiendo el discurso, cualquiera que sea el tema propuesto, en un obsesivo somos los mejores, en el caso de que no se atrevan con mayor sinceridad a afirmar 'soy el mejor' y vosotros, los demás, no podéis igualarnos, simplemente porque os mantenéis aferrados a viejos esquemas ahora inservibles. Estos mensajes se repiten cualquiera que sea la audiencia, entre la que puede encontrarse a directivos de empresas que, desde un análisis objetivo, superan con creces los logros del proyecto presentado, lo que demuestra la pérdida del sentido de la realidad que el envanecimiento suele llevar aparejado. Si alguien cree volar, los demás le parecerán pequeños escarabajos que pululan en el estercolero.

Todo directivo que no haya perdido la cordura sabe que los éxitos y la gloria personal son efímeros

Es perfectamente legítimo valorar lo propio, creer en lo que se hace, amar apasionadamente el proyecto en el que se participa, pero no es bueno, no resulta saludable, y, además, no es necesario, descalificar lo que hacen los demás. Cualquier directivo que no haya perdido la cordura sabe que los éxitos son efímeros y que la gloria personal tiene los días contados. Sabe también que todo logro tiene un valor relativo, no sólo por el efecto tiempo, también porque debe medirse en función de universos más amplios, con cuya sola medida todo se sitúa en sus justos términos, ya que siempre habrá alguien que crezca más, que tenga mayor dimensión, mejor rentabilidad y con quien los clientes y las personas se hallen más satisfechas.

Estrechar el marco de referencia es uno de los errores que cometen las mentes prendadas de sí mismas, alienadas de la realidad, que crean un mundo a su medida en el que nadie pueda arrebatarles un ápice de su brillo, despreciando incluso participar en competiciones en las que sea preciso compartir la gloria. En el fondo no deben estar muy seguros de sí mismos cuando necesitan tanto aplauso para seguir viviendo. Aunque los especímenes hasta ahora reflejados existen, estoy seguro de que constituyen una minoría y que la mayor parte de los directivos responden al perfil de los que son conscientes de sus limitaciones y obran de acuerdo con ese conocimiento. Como dice la letra pequeña de los fondos de inversión, 'rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras', también en la actuación directiva los éxitos pasados no garantizan éxitos en el futuro. El directivo de éxito, conocedor de la incertidumbre del futuro, asume el valor de la humildad y espera que sean los demás los que valoren sus actuaciones.

En lugar de despreciar, infravalorar, o desconocer los méritos de otros directivos, los observa con atención, los aprecia y aprende de ellos, consciente de que en su tarea siempre está todo por hacer y de que cualquier éxito es sólo una palanca de apoyo para proyectarse hacia el futuro. Esta convicción seguro que le ayudará a seguir progresando y modulará una forma de relacionarse con los demás directivos basada en la comprensión y las buenas formas, alejada por tanto de la descalificación, el cuestionamiento o el desprecio propios de los comportamientos soberbios y altaneros. Nunca se debería olvidar que, aun dirigiendo la mayor empresa del mundo y la más brillante, la humildad es la mejor consejera.

Antonio Cancelo. Ex presidente de Mondragón Corporación Cooperativa