La opinión del experto

El engaño de las vacaciones

Antonio Cancelo critica a todos aquellos que creen que en los periodos de descanso acabarán con su estrés. Asegura que las situaciones de desajuste hay que abordarlas desde el mismo puesto de trabajo.

Existe en la sociedad una sensación ampliamente extendida respecto a la dificultad, a veces imposibilidad, de dar respuesta a la multitud de demandas que se plantean a los ciudadanos, vengan éstas originas por los diferentes entornos, de trabajo, familiares, culturales, de ocio, etc., a las que se ven obligados por exigencias sociales o bien por decisiones conscientes que asumen voluntariamente con objeto de alcanzar ciertos logros de los que esperan obtener recompensas gratificantes. Tal cúmulo de actividades tensan la vida diaria, presidida por una sensación de prisa que impide detenerse en ninguna de las acciones, porque la rueda sigue girando y hay otra que espera su turno impaciente.

El estrés encuentra así espacio para progresar en tareas que no encierran una gran complejidad, pero que se atropellan las unas a las otras en una pugna por reclamar atenciones imposibles en virtud del tiempo disponible y del número de acciones comprometidas. Una dinámica parecida aunque, al menos aparentemente, dotada de mayor entidad, tiene lugar en el mundo empresarial que, por lo que respecta al ámbito directivo, trasciende el espacio específico del tiempo de trabajo y contamina al resto de las actividades. Hay muchos directivos que afirman que el estrés es fruto de la gran cantidad de tareas complejas que tienen que realizar, que se suceden las unas a las otras con tal grado de frecuencia que resulta imposible dedicarles la atención necesaria, por lo que se abordan con precipitación, dejando la sensación de no haberles dedicado la reflexión precisa. Esta visión pondría el acento en el factor tiempo como el causante de la falta de respuesta adecuada y, ya que el tiempo no es elástico y no se desea delegar actividades, y menos responsabilidades, se acepta la situación como algo inherente a la tarea directiva y, por tanto, algo con lo que hay que aprender a convivir.

La observación constata, no obstante, que tareas similares, e incluso idénticas, que a unos les hacen consumir cantidades ingentes de energías, en un caminar acelerado y con una carga importante de precipitación, de provisionalidad, de agotamiento personal, de nerviosismo y puede que hasta de malos modos, otros los resuelven con solvencia, dominando los acontecimientos y disponiendo del tiempo necesario para evitar tener que recurrir a improvisaciones. Las situaciones estresantes no tendrían así su origen ni en la importancia, incluso trascendencia, de las tareas a realizar, ni en el tiempo disponible para afrontarlas, sino en algo mucho más personal que tiene que ver con la capacidad para desempeñar eficientemente el contenido del puesto de trabajo.

Si hay un desajuste entre el contenido de la tarea y la capacidad para desarrollarla adecuadamente, lo que se haga en términos de gestión del tiempo puede resultar bienvenido y hasta puede aliviar temporalmente el problema, pero no servirá en absoluto para corregir el origen de los desajustes. El desacuerdo entre contenido de la tarea y capacidad para responder adecuadamente tiene un componente evolutivo que conviene seguir con mucha atención y que explica el por qué muchos directivos que han desempeñado correctamente su trabajo, incluso han podido ser puestos como ejemplo, en un momento dado comienzan a manifestar incapacidades que pueden conducirles progresivamente a la ineficiencia.

Es doloroso contemplar a un directivo que mantiene intacto su entusiasmo y su deseo de hacer bien las cosas, corriendo de un lado para otro, realizando esfuerzos sobrehumanos, comprometiendo su estabilidad familiar y emocional, alargando incesantemente la jornada, mientras el fruto de su esfuerzo languidece y los resultados se alejan cada vez más de lo esperado.

La inadecuación se produce a veces insensiblemente, en razón a un discurrir divergente entre la progresiva complejidad de la tarea y el crecimiento personal del directivo. Inicialmente es posible compensar una inadecuación de carácter leve con un incremento de la dedicación y el esfuerzo, pero el recorrido de este mecanismo es corto, ya que actúa como un simple lenitivo y no corrige la causa originaria del desajuste.

Quien ha perdido la capacidad de respuesta se mueve mucho, siente la necesidad de estar permanentemente ocupado, pero resuelve poco, seguramente porque también se ve invadido por el pánico a tomar decisiones de las que se pueden esperar consecuencias conflictivas que le van a señalar como responsable, y prefiere prolongar la situación esperando no se sabe qué, quizá una especie de milagro. Se dice que el ser humano es capaz de generar situaciones estresantes sólo con imaginar las consecuencias de algo, aunque ese algo no haya llegado a producirse, pero basta con pensarlo para sentirse atenazado.

Cuando se aproximan las fechas vacacionales se crea la situación propicia para desconectar de todas aquellas situaciones estresantes, encontrando por fin una pausa en la que alejados de las responsabilidades poder encontrar una terapia reparadora. Nada más justo después de tanto esfuerzo, pero nada también más engañoso para los directivos que esperen encontrar en el olvido la solución a situaciones estresantes que les esperan de nuevo a la vuelta de la esquina.

Las situaciones de desajuste sólo pueden abordarse de manera solvente a través de dos vías, la cobertura del gap entre exigencias y capacidades o la simple renuncia al cargo desempeñado. Amar opciones duras está sólo al alcance de personas valientes y generosas, pero todo irá mejor para quien se atreva, ya que mantener un tipo de vida tensionada hasta lo patológico sólo puede generar infelicidad en nuestro entorno y en nosotros mismos.