COLUMNA

¿Las Bolsas, en subasta?

æscaron;ltimamente no pasa una semana sin que surja alguna noticia relacionada con los intentos de fusión de las grandes Bolsas de valores europeas. Es sabido que la de Londres (LSE) ha sido una pieza muy cotizada, especialmente por la Bolsa alemana (DB) y ahora las apuestas están a favor de su fusión con uno de los dos grandes mercados americanos, Nasdaq. Euronext -resultado de la fusión de las Bolsas de París, Ámsterdam, Bruselas y Lisboa- está a punto de llegar a un acuerdo mediante el cual sería adquirida por la Bolsa de Nueva York (NYSE), creándose así un gran mercado a ambos lados del Atlántico. Para completar el panorama, Borsa Italiana podría anunciar pronto su integración en Euronext y todo ello con unas cantidades de dinero que superan los fichajes de los deportistas más cotizados.

¿Qué razones mueven estas ansias de fusión, amén de los pingües beneficios que obtendrían algunos de sus accionistas? En teoría, sus promotores mencionan nociones tan conocidas como ahorro de costes, economías a escala, puesta a punto de plataformas de negociación crecientemente sofisticadas y sistemas de información más rápidos y amplios. Las nuevas Bolsas globales dejarían atrás las fronteras -y los prejuicios nacionales- y responderían a las nuevas demandas de sus usuarios, especialmente los grandes bancos de inversiones y los hedge funds, que son quienes negocian en ellas los grandes paquetes de valores y que precisan libertad y bajos costes para unas estrategias que combinan activos diversos en muchos países.

Hasta aquí todo parece responder a una lógica impecable, pero a poco que uno reflexione comienzan a surgir las dudas respecto a si tan elevados precios están justificados y si las fusiones son el camino adecuado.

Para responder a esas preguntas conviene recordar cuáles son los cometidos esenciales de las Bolsas, que son dos: ofrecer información relativa a los precios de compra y de venta de los valores que en ellas se negocian y, en la medida que concentran órdenes, asegurar la mayor liquidez posible. Pues bien, esas características, que han definido a los centros oficiales de contratación desde mediados del siglo XVIII, están a punto de dejar de ser patrimonio de las Bolsas. En la medida en la cual las grandes instituciones financieras -especialmente los bancos- puedan casar las órdenes de sus clientes internamente y llevar únicamente al parqué los remates de esas operaciones -algún estudio cuantifica en torno al 70% el porcentaje de acciones que se negocian por fuera de las Bolsas alemana y inglesa-; es más, esa internalización de operaciones se realiza ya mediante sistemas de negociaciones electrónicos conocidos como ATSS y en el futuro lo lógico es que se conecten entre sí. En cuanto a la tarea de suministrar información, la tecnología permite actualmente que los clientes y los intermediarios puedan conocer instantáneamente las ofertas y las demandas y cerrar así sus operaciones.

Parece claro, en mi opinión, que el futuro se orientará hacia redes de mercados más pequeños y especializados electrónicamente conectados entre sí y con las grandes instituciones financieras formando un entramado que sí será capaz de asegurar la reducción de costes que ahora se esgrime como justificación, por ejemplo, de los 6.500 millones de euros que NYSE va a pagar, se dice, por Euronext.

No voy a mencionar los estudios de la Comisión Europea a propósito de los beneficios derivados de la consolidación de las Bolsas en Europa, un wishful thinking más en el historial de fracasos que estos ejercicios de predicción comunitarios han cosechado a lo largo de la historia. Me preocupan más otras dos cuestiones que deben ponderarse cuidadosamente antes de pronunciarse a favor de este tipo de operaciones: me refiero a sus efectos sobre la competencia y a quiénes serán los organismos reguladores. No hay que ser un lince para temer que estas súper-Bolsas globales difícilmente resistirán la tentación de actuar como monopolios y elevar sus precios a la menor oportunidad.

En lo que concierne a la regulación, si NYSE y Nasdaq se llevan el gato al agua es de temer que las Bolsas europeas queden bajo el pesado manto de la normativa Sarbanes-Oxley, una de las piezas legislativas más intervencionistas y avasalladoras que hayan conocido los mercados de valores, sin que quepa concebir muchas esperanzas en acuerdos razonables entre los organismos reguladores afectados por estas fusiones.

Mi conclusión es sencilla: no comparto las razones económicas, técnicas y regulatorias esgrimidas para justificar estas megalómanas operaciones de consolidación bursátil y pongo en duda sus beneficios reales, que podrían residir en otra parte: a saber, en la gestión de los mercados de derivados y en los sistemas de compensación y liquidación. Estamos, diría yo, ante un nuevo caso de la ejemplar moraleja del cuento de Cenicienta.