Las empresas se apropian de la idea de Europa
El proyecto de integración europea ha emigrado de los pasillos parlamentarios a las salas de los consejos de administración. Las instituciones comunitarias, paralizadas tras el fiasco del referéndum en Francia sobre la Constitución europea, han cedido el protagonismo a los ejecutivos de las grandes empresas del viejo continente.
Mientras la clase política de los 25 socios necesita meses de negociaciones incluso para acordar el IVA de las peluquerías, las empresas, con inusitada rapidez, sellan acuerdos amistosos y cruzan opas para crear gigantes de dimensión europea.
Los ejecutivos ya no respetan feudos nacionales y ningún sector, ni siquiera los que son tan sensibles políticamente como la energía o el transporte aéreo, queda a salvo de sus planes de absorción.
'Los empresarios ya no están dispuestos a renunciar a una compra transfronteriza simplemente porque las autoridades nacionales hagan gestos de desaprobación', se regocijaba ayer en un artículo el antiguo comisario de Competencia, Mario Monti.
Esta insolencia empresarial alienta las esperanzas de quienes ven en los asaltos de un país a otro la plasmación del sueño de un mercado interior de 500 millones de personas.
Para otros, en cambio, supone la victoria de los intereses privados sobre las cenizas de un proyecto de integración política abortado por Francia.
Y no falta quien intérprete el activismo de los ejecutivos de las multinacionales europeas como un mero instrumento al servicio de los instintos proteccionistas (expansivos o defensivos) de los socios más veteranos de la UE.
'La parálisis actual está permitiendo a los Estados hacer de su capa un sayo', lamenta un abogado comunitario especializado en competencia. 'Y la Comisión Europea, encargada de vigilar, es un árbitro derribado e inconsciente en el suelo'.
El árbitro salió brevemente de su sopor esta semana, días después de que Madrid, Berlín, París y Roma protagonizasen agrios enfrentamientos por las incursiones empresariales en el sector energético. 'Es la integración económica y el respeto a las normas lo que da fuerza a la UE frente a la globalización', predicó el martes con poco éxito el presidente de la CE, José Manuel Barroso. Su plegaria sonaba más a impotencia que a la admonición propia de un organismo que dispone de los instrumentos legales para disciplinar a los países más proteccionistas.
Pero las capitales parecen hastiadas de la retórica comunitaria, una jerga ininteligible que reporta pocos dividendos electorales a escala nacional. La actual situación económica (con cuatro años consecutivos de estancamiento en los grandes países de la zona euro) tampoco anima a grandes declaraciones paneuropeas.
Y el relevo generacional en la clase política aún no ha encontrado líderes ni proyectos con los que sustituir a los que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial. Para colmo, el eje París-Berlín, tradicional motor de la UE, se ha descuajaringado tras la victoria del no a la constitución en Francia y la llegada de Angela Merkel a la cancillería alemana.
El vacío político lo cubren unos consejos de administración ansiosos por conquistar posiciones en unos mercados recientemente liberalizados y por presentar resultados a unos fondos de inversión cada vez más exigentes. La saturación de los mercados nacionales, con pocas posibilidades de crecer sin plantear problemas de competencia, también espolea las compras transfronterizas.
'En ciertos sectores, como el energético, no hay voluntad política para suprimir las barreras y las empresas deciden saltárselas', señala Juan Delgado, analista del instituto europeo de estudios Bruegel. Delgado advierte, sin embargo, que el proceso puede estar viciado 'porque tras la iniciativa de las empresas muchas veces están los gobiernos'.
Bruselas recuerda con pesar el papel del gobierno alemán en la creación de Eon, o el reciente anuncio de la fusión de Gaz de France y Suez por parte del primer ministro francés, Dominique de Villepin.
Pero la creciente frecuencia de operaciones transfronterizas hace que ningún gobierno esté a salvo. Incluso París, siempre el último grito en proteccionismo, ha tenido que recurrir a una operación empresarial, y no a un veto político, para impedir la entrada de la italiana Enel en su mercado energético.
La jugarreta francesa está siendo estudiada por Bruselas, que también mantiene el cerco contra las maniobras del Gobierno español para evitar la opa de Eon por Endesa.
Y es que las ínfulas europeístas se apagaron el pasado 29 de mayo en las urnas francesas y su rescoldo alumbra el rostro supuestamente patriótico de cada capital. 'Antes de caer en esa tentación deberían reflexionar sobre qué patrie están defendiendo', escribe Monti deliberadamente en francés. 'A menudo, resulta que es sólo la patrie de algunos patrons'.
'El proteccionismo obedece siempre a dos causas', valora un abogado. 'El miedo a la competencia o el corporativismo. Ninguna de las dos juega a favor del consumidor'.
El tiempo, sin embargo, juega en contra del proteccionismo. El avance de la globalización convierte enseguida en barro los pies de los supuestos gigantes nacionales. Y las empresas se rebelan contra las bridas políticas en un momento en que la fusta está en manos de los ejecutivos.