Directivos

Serenidad y silencio en Unicef

A Consuelo Crespo le gusta trabajar con tranquilidad y consensuar sus decisiones

Advierte que más que una ejecutiva al uso, su cargo de presidenta de Unicef es más bien representativo. Consuelo Crespo, nacida en Barcelona hace 52 años, es consciente de la importancia que tiene una buena imagen dentro de una ONG. Es alta, coqueta, va con la cara lavada, pero para las fotos se retoca ligeramente. Lleva toda su vida implicada en temas de voluntariado y su imagen para el desempeño de este cargo no puede ser más amable.

A Unicef llegó en 1993, ha sido presidenta del Comité del País Vasco y desde hace cerca de dos meses ocupa la presidencia nacional. Esto le lleva a repartir la jornada entre Madrid y Bilbao, donde reside habitualmente. 'Gracias a las tecnologías, hoy día se puede trabajar desde cualquier sitio, sólo es necesario un ordenador, un teléfono y tiempo para meditar'. Los viajes de trabajo se los toma con mucha naturalidad, 'es lo normal hoy día'. Estudió Biología, se casó con 21 años, dejó de estudiar, se trasladó a Bilbao y allí se involucró en Unicef y realizó un máster de Cooperación, Paz y Desarrollo en la Universidad del País Vasco.

A pesar de no considerarse una directiva, está orgullosa de haber montado la oficina de Unicef en Bilbao, donde comenzó con dos personas que hacían las labores administrativas (en estos momentos han llegado a 30). En este sentido, se enorgullece de representar a la organización habiendo tenido un conocimiento previo de ella. 'Creo que es mejor conocerla desde abajo, se entienden mejor todos los problemas y situaciones'.

'No soy una persona estresada, pero sí que siempre está pendiente de cómo puedo ayudar a otras personas'

Asegura que cada presidente intenta impregnar un estilo propio. Con mucha humildad por su parte, le lanza un piropo a su predecesor, Joaquín Ruiz-Giménez, 'él tenía un perfil mucho más alto que el mío'. Aunque aclara que 'son perfiles diferentes con objetivos compartidos'. Crespo intenta quitarse méritos y se los concede a su equipo, 'que tiene capacidades demostradas y son expertos en diversas áreas y, por tanto, complementan mis carencias'. Lo que sí puede asegurar es que ella aportará entusiasmo y se confiesa enamorada del proyecto de Unicef. Eso implica trabajar sin horarios, saber vender sueños y utopías y creer firmemente en lo que hace. Consuelo Crespo le dedica a Unicef voluntariamente ocho horas al día. 'Todo el tiempo me parece poco porque hay muchas cosas por hacer'.

El despacho que ocupa en Madrid lo ha heredado de su antecesor y lo único que ha incorporado han sido objetos relacionados con la institución. 'No necesito grandes cosas para trabajar. Me gusta consensuarlo todo con el equipo y tener tranquilidad y silencio para poder asimilar la información que recibo. El despacho lo utilizo para reflexionar y liderar el comité de dirección'. El resto de la jornada lo distribuye compartiendo información con las personas que trabajan en la institución. Si algo necesita es orden, sin caer en las manías, y tener cerca imágenes que le transmitan energía, como unos mapas de Nepal o fotografías de algunos niños con los que colabora Unicef.

Consuelo Crespo es madre de cuatro hijos a los que dedica los fines de semana, aunque en un trabajo como el suyo asegura que es muy difícil desconectar. 'No soy una persona estresada, pero sí que siempre está pendiente, sobre todo cuando hay noticias que te impactan, de cómo puedes ayudar a otros'. De su trayectoria en Unicef explica que ha aprendido también a ver las cosas desde otra perspectiva, 'cuando veo un telediario o leo un periódico lo haces de otra manera, lo haces de manera diferente, profundizas más y tienes una visión del mundo distinta'. Y añade que ahora tiene una percepción global de lo que sucede y profundiza sobre todo en las causas y en los efectos de todo.

La plantilla de Unicef la componen mil personas, de las cuales el 90% son voluntarios; ella pertenece a este grupo y el resto están en nómina.

Regalos de quien no tiene nada

Cerca de ella tiene varios ojos que la miran. Proceden de las fotografías de los niños y niñas que reciben una ayuda de los socios y colaboradores de Unicef. 'Es una manera de tener muy presente nuestra misión', afirma Consuelo Crespo, que tiene fotografías de una comunidad andina en Bolivia, varios mapas que explican la vida de algunos pueblos en Nepal y que sirven como herramienta de aprendizaje. O la reproducción de una casa de Ecuador.

'Son regalos de personas que materialmente no tienen nada y por ello son mucho más valiosos. Es lo que te hace ver todo lo que hemos dejado en el camino en nuestro avance hacia el progreso', asegura la presidenta de Unicef, que si ha algo aprendido es a valorar las pequeñas cosas y todo lo que se tiene. 'Hay que darle a todo su justo valor y aprender a priorizar sobre lo realmente importante en la vida'. También, por ello, le gusta compartir todos los logros que se consiguen.

Entre sus aficiones se encuentra todo lo que tiene que ver con la naturaleza y el deporte; se confiesa bastante deportista, además le gusta pasear por el monte y ver el mar. Tampoco desaprovecha ninguna tertulia con los amigos y la familia.